Los amigos que perdí

Como la Penélope de Serrat, sentada en el andén esperando a un amor de juventud y se acabó encontrando décadas más tarde a un señor mayor que no reconocía, algunas de nuestras amistades acaban mutando en extraños con los que hemos dejado de identificarnos. Igual que nosotros, en muchos casos, no acabamos respondiendo a lo que esperaban de nosotros. Con quince, con veinte años, he querido a gente de la que ahora saldría huyendo, y ahora me atraen unas cualidades que en esa época me habrían pasado inadvertidas.

Quizás un buen ejercicio para determinar si seguimos considerando a alguien amigo o no es si antes de levantar el teléfono o de concertar un encuentro pensamos un instante si lo estamos haciendo por inercia o porque nos apetece. Si la respuesta es la primera, se me ocurren dos opciones, dejar de hacerlo, que sería la más honesta, pero no necesariamente la más práctica, o quedar igualmente porque quizás se trate de un sentimiento pasajero de desidia o pereza. Todos tenemos esos días que no nos aguantamos a nosotros mismos, o épocas en las que estamos menos sociables y la otra parte no se merece nuestra indiferencia o desapego.

Otro escenario distinto se produce cuando uno de los dos es quien alimenta la relación y la otra se deja querer. ¿No os ha pasado que si dejáis de llamar vuestro teléfono no suena? Tengo al menos tres ejemplos en los últimos dos años, pero no deja de ser liberador cuando decides dejar que las cosas caigan por su propio peso en lugar de propiciarlas. Es entonces cuando te das cuenta de que esa persona no era en realidad tu amiga o, desde luego, no de tanta calidad como creías.

No me gusta dividir el mundo en buenos y malos, inocentes y culpables, porque las cosas se terminan. Sin más. Y es esa aceptación y no la ira lo que encuentro reconfortante. Liberadora, incluso. Porque igual que Marie Kondo pondría orden en tu armario y se desharía de casi todo hasta dejarlo convertido en un erial, tú también haces hueco para otras personas que estarían encantadas en estar ahí. Porque, ya me gustaría a mí que no fuera así, el tiempo y la capacidad de amar son limitadas. Si das tu afecto o tus horas libres a alguien que no lo merece te estás quedando sin recursos para otros que, además, los valorarían muchísimo

Yo tenía una amiga (hablo en pasado porque creo que hay situaciones de no retorno) que era casi una presencia constante en mi día a día, con la que viví momentos muy felices y otros no tanto. En mis prioridades estaba de las primeras porque ella, además, es madre separada y no tiene familia en Madrid. Cuando me presentaba a gente de su entorno era común que dijera que ‘Juanra es como familia’. Era ese ‘como’ la clave de la situación, al igual que cuando te dicen que algo es ‘como no nuevo’ no lo es en absoluto. Bien, pues ya no soy ni el ‘como’. No la culpo, faltaría más, de que haya decidido que ya no tengamos ninguna relación, y estoy convencido de que ella a mí tampoco. Simplemente, se nos rompió el amor de tanto usarlo.

La maravilla de las relaciones afectivas es que nacen, mueren y se reproducen. Nunca te quedas seco ni muerto por dentro, porque el corazón es un terreno fértil y a poco que lo cultives tendrás una mano que te ayude a levantarte si te caes, incluso hay que confiar en la bondad de los desconocidos. La vida es una puerta giratoria y, por suerte, en la mía entra gente nueva, regresan otros que por circunstancias dejé de tratar temporalmente y los retomo en el punto de partida, y otros llevan conmigo décadas. La clave está al final en no aferrarse a lo imposible, a lo que no tiene remedio, y, como la cornisa de mi edificio sobre la que oigo repiquetear la lluvia de esta mañana de enero, estar ahí para lo que quiera llegar, aguacero o sol. Un consejo: mendigar cariño te hace vulnerable y es pésimo para la autoestima.

La persona que nunca seremos

Hace un par de años tuve una pequeña crisis de identidad. No me reconocía en el cuerpo de señor que se me estaba poniendo y me entristecía constatar que el tiempo es inexorable. Era como cuando mi perro Dylan se tiraba a la yugular de cualquier macho que se le cruzaba por la calle, porque él se sentía un rotweiller aunque era un yorkshire. Por suerte, me tenía ahí a mí para tirar de la correa si la cosa se podía poner fea y, en la mayoría de los casos, sus rivales le desestimaban al parecerles insignificante.

A veces, cuando me miro en el espejo, trato de encontrar signos de una juventud que se me escapa día a día, pero cada vez lo hago con menos frecuencia. Ya ha dejado de molestarme también que me llamen ‘señor’ o de usted y he asumido que con 46 años me encuentro en lo que antes se llamaba ‘mediana edad’. Un segmento de población que ni es joven ni viejo y que se mueve entre los dos mundos en el que empiezo a sentirme muy cómodo, porque me veo capacitado y autorizado para ser menos diplomático, procrastinador e indulgente conmigo mismo.

Es en esta edad cuando de alguna manera tirar la toalla es muy liberador. No eres la persona que te habías imaginado o la que te hubiera gustado ser, pero, quizás, has superado muchas de tus expectativas y no eres consciente de ello. Es en ese momento cuando te das cuenta que estás a gusto en tu piel, cuando dejan de quitarte el sueño objetivos que incluso ahora te parecen ridículos y hace algunos años imprescindibles.

Cada persona es un mundo, pero creo que muchos tenemos en común haber vivido un proceso similar sin tener que pasar por experiencias traumáticas para valorar lo que es esencial y saber purgar lo superfluo. Aunque pueda parecer lo contrario, no hay en mí ni pizca de estoicismo ni resignación. Sino de aceptación, de no oponer resistencia a lo que me ocurre y a lo que está por venir. Y aún así aspiro a vivir cada vez mejor y a superarme en todas las facetas, también la profesional.

En unas circunstancias tan complejas como las actuales, se ha convertido en un lujo una vivienda en propiedad o llenar la nevera, tener un trabajo y que te alcance para pagar todas las facturas. En paralelo, la libertad sexual es infinitamente mayor a la que disfrutábamos en mi adolescencia y los avances tecnológicos nos permiten superar obstáculos que antes parecían ciencia ficción. Por eso es tan importante no ser muy severo con uno mismo y ser consciente de tus logros, tengas la edad que tengas. Y hacer un diagnóstico adecuado de lo que te rodea para jugar tus cartas lo mejor posible.

Lo que he perdido en frescura, lo he ganado en madurez y serenidad, en paciencia y en mesura. Sin embargo, se me ilumina la mirada cuando veo a jóvenes comerse a besos en las calles, pasear lozanía, hacer las locuras que nunca me atreví, escuchar su sabiduría natural, su espontaneidad. Sé que ellos también sueñan con ser una persona que seguramente no acabarán siendo y sufrirán frustraciones muy similares a las mías cuando tenía su edad. Porque no somos tan únicos como nos creíamos ni tan especiales. Nuestra esencia es muy similar y es muy enriquecedor hacer el ejercicio de verte en ellos y mirarte en los que son mayores que tú porque es en lo que te acabarás convirtiendo.

Anoche soñé con mi perro

Si según me levantara escribiera lo que recuerdo de mis sueños tendría para llenar la biblioteca de Alejandría. Anoche fue una de esas noches en las que las imágenes son tan vívidas que tienes la sensación de que incluso intervienes en ellas. Que eres un personaje en tu propia película. A veces ocurre que son tan intensos que me levanto agotado, como si hubiera estado trabajando mil horas, y otras tan emotivos que me pongo a llorar sin que hayan terminado.

Esta madrugada me visitó mi perro Dylan, que murió este verano. Estaba joven, con todos los dientes en su sitio, el pelo brillante y su olor era intenso y delicioso. Olía a infancia infinita, a la vida como un juego, a alegría y bondad. Una paleta olfativa que me lleva a hierba recién cortada, a la espuma del mar, a mariposas en busca de su flor.

Dylan me quería chupetear toda la cara, trepaba por mi torso y yo hacía como que no quería, le esquivaba fingiendo incomodidad y él ponía más ímpetu en alcanzar mi nariz, mis ojos con la lengua. Después fuimos a fundido en negro y cuando desperté él seguía ahí. Bajo mis párpados. Y sonreí.

El recuerdo y los sueños tienen la capacidad de resucitar, de dar vida. Nos hacen un poco dioses, porque elegimos quiénes siguen con nosotros y quiénes merecen acabar sepultados en el olvido, que es más demoledor que una lápida en un mausoleo. Nuestra mente se va liberando de spam con el paso de los años y conforme vamos envejeciendo (o al menos ese es mi caso) vamos más ligeros de equipaje.

Y hoy, anoche, se obró el milagro. Por un rato y ahora que lo estoy escribiendo he vuelto a un lugar en el que me gustaba estar. Con mi perro, que fue uno de los mejores seres que me crucé y me cruzaré. Siento su cuerpo caliente hecho un ovillo durmiendo apoyado en mi cadera. Su mirada fija cuando quería que le sacaran a la calle. Su actitud soberbia cuando se cruzaba con otro macho. Sus ladridos agudos cuando tocaban al timbre y se ponía contento porque eso significaba que había visita. No siento ni nostalgia ni pena, porque él sigue aquí y al mismo tiempo en el cielo de los perros. La ubicuidad es uno de los dones de la muerte física.

La soportable levedad del ser

Amanezco y Twitter, que es como la vieja del visillo, me dice que Omar, el que pudo haber sido yerno de Isabel Pantoja, ha ganado ‘Supervivientes’. Y circula un vídeo de Carmen Calvo y Esperanza Aguirre, que parece un doblaje de ‘Muchachada Nui’ que se hace viral al son de ‘Praga y Budapest’, la misma mierda es.

He dormido regular, por si a alguien le interesa, que yo creo que no. Anoche, mientras me tomaba unos calamares al borde del Atlántico, estuve hablando de cosas de gran calado, como el patriotismo de Nati Mistral o el registro vocal de Paulina Rubio. Pequeñas levedades que te hacen la vida más llevadera, pero que mal enfocadas pueden acabar peor que aquella vez que el escritor Manuel Puig y el director de fotografía Néstor Almendros se enzarzaron porque uno de ellos, no recuerdo bien, había osado decir que Lana Turner no era buena actriz. Rompieron una amistad milenaria y se fueron al más allá sin cerrar esa herida.

No concibo mi día a día sin las trivialidades en las que dejo llevar un tiempo que podía emplear en cuestiones de más enjundia como atreverme de una vez por todas con Marcel Proust o revisitar Igmar Bergman, por quien no he tenido nunca una gran devoción. Soy mucho más Mediterráneo y superficial que el cineasta sueco que se apartó del mundo y de todo en una isla remota en la que jugaría partidas de ajedrez imaginarias con Max Von Sydow.

Sin embargo, ayer por la mañana sí que me puse sobre los hombros, como una toquilla de encaje para una procesión de Semana Santa, la causa LGTBI. Acudí a la Convención Social del Isla Bonita Love Festival, en la que departieron Topacio Fresh, Valeria Vegas, épitomes de mujeres transexuales que han logrado triunfar en sus profesiones y demostrar que ‘sí, se puede’, Fernando Armenteros, que lucha para dar visibilidad y una realidad ‘más humana, menos rara’ a la tercera edad del colectivo, y el jugador de waterpolo Víctor Gutiérrez, que abrió de par en par las puertas de la taquilla de su vestuario para demostrar que se puede ser deportista de élite y gay sin nadar contracorriente. Como invitado especial y fuera de programa, Stefano Sanino, embajador de Italia en España, quien con su labor en nuestro país ha demostrado que bajo el manto de la diplomacia también caben las transexuales que luchan por escapar de la exclusión social.

Como llevo unos días muy sensible, en los que por nada lloro canales, ríos de pena y remordimiento, como cantaba Lola flores, me emocioné mientras hacía un ‘hormigas blancas’ de mi propia vida y pensaba que el mundo está lleno de pequeños héroes que contribuyen con su ejemplo para que tengamos un entorno más saludable y humano. Porque a veces se nos olvida que despreciando, haciendo daño, señalando y tirando piedras a los tejados de nuestra sociedad lo único que se consigue es ser un trasunto de ‘El retrato de Dorian Grey’, ser aparentemente bellos por fuera, como los Instagramers que convierten el ‘fake’ en opción vital, pero podridos por dentro. Y, amigas, el algodón no engaña.

Elena Furiase, a la mentira se responde con verdad

Foto Elena Furiase

Estos días leía con cierto estupor y pena cómo algún medio publicaba que Elena Furiase no tenía trabajo y que estaba ‘desesperada’, como una gran amiga de la familia, Marta Sánchez. Y al igual que escribía aquí hace unos días sobre los artículos que se escriben sobre Amaia Romero, en los que parece que se desea que le vayan mal las cosas, me pregunto qué nos lleva a elaborar ese tipo de informaciones que no solo pueden causar dolor a las personas afectadas sino que también pueden convertirse en profecías que se cumplen a sí mismas.

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En el caso de Elena Furiase, es evidente que no está trabajando con Steven Spielberg ni con Pedro Almodóvar, pero es una mujer que se está abriendo camino como puede y con honestidad. Su propia madre confesaba en su programa de televisión ‘Lolita tiene un plan’ que se presentaba a muchos castings pero que no resultaban muy fructíferos. Sin embargo, señalar a alguien como si tuviera la letra escarlata por no estar en la cresta de la ola no es responsable ni ético.

¿Cómo medir el éxito?

Elena Furiase sí tiene trabajo, como ha demostrado ella misma en sus redes sociales. Y no todos tienen por qué ser Penélope Cruz o Javier Bardem. Hay muchas maneras dignas de ganarse la vida, pero si nos ponen palos en las ruedas es muy probable que nos resulte aún más difícil, porque pueden hacer creer a nuestros hipotéticos contratadores que no merecemos la pena o forjarnos una reputación que no se corresponda con la realidad.

El daño de las habladurías

Sufrir las habladurías no es algo que solo sufra la nieta de Lola Flores, pero la he elegido como ejemplo, porque quizás nos sirva para entender que nuestras opiniones o nuestras calumnias pueden hacer mucho daño. Siempre he desconfiado de las personas que no hacen otra cosa que criticar a los demás porque es bastante probable que lo que encierren sus afirmaciones sean la envidia, la propia frustración o simplemente una maldad que va buscando maneras de propagarse como un virus que necesita la sangre para replicarse. Por eso, en la era de las ‘fake news’ es muy relevante saber separar el grano de la paja, no contribuir a que la maldad gane y dar la espalda a la mala praxis profesional.

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Me encanta ver a Elena Furiase feliz, convertida en madre, disfrutando de su hijo y respondiendo con naturalidad a este tipo de comentarios que más allá de buscar la rentabilidad de un ‘clickbait’ que se desmonta con hechos consumados.

Menos mal que hay feministas

Foto feminismo Virginia Wolf

Aunque no me gusta hablar de mi edad, porque es también una etiqueta, nací en 1973, en los estertores de una dictadura que algunos se dedican a blanquear y de la que son nostálgicos muchos que ni la conocieron ni la sufrieron.

Como es lógico, apenas tengo recuerdos de un país sin libertad, porque tuve la suerte de que se instauró la imperfecta democracia en la que ahora vivimos y que, con la ayuda de muchos, se está deteriorando hasta el punto de encontrarnos al borde de la fractura social. Sin embargo, mis padres y mis abuelos sí sufrieron sus consecuencias, por lo que me siento moralmente autorizado para afirmar que cualquier tiempo pasado fue mucho peor. Aún así no estamos en la mejor de las circunstancias, no solo en España sino también en el mundo, por lo que no considero que se trate de un fenómeno local sino más bien de un movimiento global de involución que aún no sabemos cómo terminará.

Aunque el propósito de estas líneas no es hacer un diagnóstico de nuestra situación, porque tampoco me siento capacitado para ello, he querido empezar con estos argumentos para recordar a todos aquellos que demonizan y denostan el término ‘feminista’ que muchos de los derechos que damos por hecho, y otros muchos que aún no se han conseguido, no se habrían logrado sin las personas que, generación tras generación, han abrazado esta bandera que parte de una premisa muy simple: buscar la igualdad entre hombres y mujeres.

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Hace ya unos meses que Paula Echevarría dijo que ella no era ni feminista ni machista, como si ambos términos fueran equidistantes de un término medio en el que estaría la virtud aristotélica. Poco después, su exmarido, David Bustamante, incurrió en el mismo error porque creía, tal vez, que se estaba ubicando en el lugar adecuado. Y como no me corresponde a mí instruir a nadie y menos a dos ‘celebrities’ que tienen que dar la cara día a día, no voy a profundizar más en estos dos ejemplos concretos.

La semana pasada, Tita Cervera, en ‘Salvados’ dijo que ella no era feminista sino femenina. Al día siguiente Isabel Rábago hizo suyo este planteamiento y colgó una fotografía en sus redes sociales con pose de ‘influencer’ con un argumentario similar por el que le llovieron críticas como en el diluvio universal. Y con razón.

Vivimos en una época de tanta indigencia intelectual que nos atrevemos a decir frases como sentencias de muerte sin conocer no nuestra propia historia, que a veces no nos da el ancho para tanto, sino nuestra identidad. Quizás aquellos que denostan el feminismo deberían saber que pueden hacerlo porque otros y otras se dejaron la piel para que así fuera. Incluso la vida.

Por eso más que nunca, ahora que nos manejamos en el ruido, los gritos y los insultos, todos debemos apoyar la causa feminista. Porque los que dividen, enfrentan y pisotean los principios más básicos de la convivencia son los que dicen luchar por tu libertad, por tus derechos, por la igualdad. Y te están mintiendo.

Leer cura la incultura y los extremismos

Novela María Gainza

Cuando soy capaz de leerme varias novelas del tirón significa que tengo paz. Que mi mente funciona apacible como un reloj de pulso en la muñeca de un monje budista. Ayer acabé ‘La luz negra’ de la escritora argentina María Gaínza (ed. Anagrama). Un libro que recomienda Enrique Vila-Matas, quizás porque podría haberlo escrito él mismo.

Sin entrar en pormenores, diré que trata sobre el mundo del arte y las falsificaciones. Sobre la verdad que esconden las grandes mentiras y la impostura como manera de acercarse a lo que realmente merece la pena. Un juego de espejos que muestran el revés del calcetín, la otra cara de la moneda. Un libro breve e intenso, que terminaba de devorar mientras caminaba los cinco minutos que separaban la parada del autobús de mi puesto de trabajo. Como ya estoy más que acostumbrado a caerme por las calles y volar por los aires, he pensado que si esta vez era por culpa de la literatura habría merecido la pena magullarme un poco.

Anoche empecé otro, ‘Perro de ojos negros’ de la peruana María José Caro (ed. Alfaguara). Una narración también corta, de unas cien páginas, que tiende puentes afectivos entre Lima y mi propio barrio, Lavapiés. Un viaje de madurez y desengaños de una estudiante que busca su lugar en el mundo, como Federico Luppi y José Sacristán en aquella película Alfonso Aristarain que tanto me gustó cuando yo mismo era estudiante, allá por los 90 e imaginaba mundos mucho mejores del que nos está quedando últimamente.

Como he pasado el día trabajando y escribiendo sobre cuestiones que no tienen nada que ver con las banderas, no me he enterado mucho de lo que ha ocurrido en la manifestación que hoy mismo ha tenido lugar en el centro de Madrid, pero he visto imágenes de miles de banderas de España desplegadas como un corta pega de photoshop. Y ahora, agotado porque para mí las noches de los domingos son como las de los viernes para mucha gente, me volveré a meter en la cama con un libro entre los dedos, porque, como digo en el titular, leer cura la cultura y los extremismos.

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Y para concluir, recupero un tuit que puse esta mañana que sintetiza mi pensamiento sobre todo lo que está pasando en los últimos años: «Ahí tenéis las calles de MADRID para protestar contra la precariedad salarial, la exclusión social, los niños que no tienen tres comidas al día, las mujeres maltratadas, las listas de espera de la Sanidad, la homofobia, la corrupción, el coste de la electricidad, la brecha salarial, las pensiones. Ya que sacáis las banderas que sea por algo que merezca la pena».

Lolita Flores tiene más dinero que Rihanna: una de ‘fake news’…

Foto Mariah Carey

Y vas un día y te levantas con 250 millones de dólares de repente. Eso es lo que le ha pasado a Lolita Flores, que han publicado una ‘fake news’ delirante sobre su patrimonio.  Según el autor del texto, la artista había ganado más que Rihanna o que Charlize Theron y ríete tú de Penélope Cruz.

Si no fuera porque es patético me produciría risa, pero que se dé salida a patrañas como estas es mucho más serio de lo que a primera vista pudiera parecer. Estamos dando por válidas y veraces tantas cosas que cada vez es más complicado discernir entre la realidad y la imaginación.  Por eso la gente se forja ideas erróneas, desarrolla odios basados en mentiras interesadas e incluso decide su voto bajo premisas manipuladas.

Mala literatura

Podría decirse que el periodismo se está convirtiendo en literatura, pero de la mala. No como García Márquez, que era capaz de hacer un gran reportaje periodístico como ‘Relato de un náufrago‘ y convertirlo en arte. Nunca he creído en la objetividad en la profesión a la que me dedico, porque siempre se narran las cosas desde una perspectiva personal, por lo que es inevitable ser subjetivo. La elección de los hechos que contamos, los datos que aportamos y los que nos guardamos, los adjetivos que escatimamos o regalamos cuando escribimos un texto hacen que la visión de los hechos sea siempre, en parte, interesada, pero debe ser también honrada.

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Creo en la honestidad profesional y en la diligencia para elaborar una información, en el pundonor y el amor por el trabajo bien hecho. Si alguien es capaz de publicar una calumnia así sobre una mujer que tuvo que deshacerse de su casa en La Moraleja para irse a vivir de alquiler, a mucha honra, como ella dice, qué no serán capaces de perpetrar con tal de manipularnos o de escamotearnos la verdad para mantenernos callados y sumisos.

El rigor profesional

Soy periodista por vocación y llevo más de veinte años ganándome la vida con mi profesión. La mayor parte de ellos dedicados a un género denostado por muchos, el corazón, pero también he sido crítico de cine, he escrito columnas de opinión o he hecho reportajes sobre cuestiones de gran calado social. A todos ellos les he puesto el mismo rigor y empeño. La misma voluntad de dar a los lectores lo que se merecen. Y aunque a veces me han puerto cortapisas, he peleado directa o indirectamente por no traicionarme a mí mismo. 

Tengo la suerte de dedicarme a un oficio que amo, por la que me formo cada día, escribo incluso en tardes como hoy en los que estoy destruido tras una noche de cena de empresa, porque creo en el poder de la palabra, en el enriquecimiento de la sociedad a través de las ideas y mis dedos buscan el teclado del ordenador como las polillas a la luz. Por eso me gustaría saber qué se le pasaba por la cabeza a quien escribía esa desinformación de Lolita Flores y qué se traerán entre manos los que mienten a sabiendas y los que pervierten una profesión imprescindible para el buen funcionamiento de la democracia.

Marta Sánchez, la Isabel Pantoja del pop: siempre metida en líos

No sé si de bueno me paso a tonto o es que soy de los que pienso que la maldad engendra maldad. Ayer, que no suelo, me tragué la gala de ‘Operación Triunfo’, sobre todo porque quería ver a Marta Sánchez, en su ‘come-back’ con Carlos Baute, después de diez años con sus desencuentros. Y salvo que mis conexiones neuronales no funcionaran adecuadamente, vi una actuación correcta. No fue la Superbowl de Madonna, pero no se merecía la tomatina digital que han recibido.

Así que, una vez que acabó, entré en Twitter y puse que Martísima canta como los ángeles de Charlie (porque es así). Se ve que o no estoy bien de oído o mi hipermetropía me impide no solo ver sino también pensar sin claridad, pero resulta que no, que la mencionada red social ardía pero por lo contrario.

Hay vídeos en Youtube diciendo que la actuación fue bochornosa, artículos que se empeñan en que Carlos Baute le hizo un zasca, que si se veía tensión entre ellos… El apocalipsis pop. Después de ver a la mayoría de los concursantes, a los que no sigo (ya digo que vi el programa por casualidad), la ex solista de Olé Olé es María Callas a su lado y  Carlos Baute, Frank Sinatra.

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Marta se ha convertido en una especie de Isabel Pantoja, a quien miran con lupa porque parece que hablar mal de ella es ‘cool’ y da ‘clicks’. Como siempre me gusta buscar una explicación a lo que pasa, he llegado a la conclusión de que es una incomprendida, que sus intenciones no acaban de ser entendidas por el público o que ella, tal vez, no expresa adecuadamente lo que piensa.

El himno de España

Me pasó con lo del himno de España. Un gesto que a mí me dio sarpullidos (eso es cosa mía), pero no podemos reclamar libertad de expresión para unos y para otros no. Faltaría más que Martísima no pueda ponerse, porque le sale de su melena rubia, en plan Pemán y venirse arriba de patriotismo. Como Madonna (segunda vez que la cito, juro que sin mala intención), que se envolvía a su bandera y mandaba a los estadounidenses a votar, o como Marujita Díaz sacando pecho por las esencias caducas de nuestro país.

Momentazos televisivos

Le pasó también en ‘Tu cara me suena’, donde no acabó de encajar con el sentido del humor de Ángel Llàcer, y en Argentina en ‘Bailando por un sueño’ (una especie de ‘Mira quién baila’), donde protagonizó una ‘espantá’ muy a lo Curro Romero que supuso su expulsión del concurso. Que algo de culpa tendría, no diré yo que no, pero una mala tarde (o unas cuantas) la tiene cualquiera.

Marta, le pese a quien le pese, es nuestra reina del pop (que no se ofendan las demás)  y ha sobrevivido a terremotos artísticos que para otras hubiera supuesto el fin de su carrera. Tiene además ese punto de vida antigua, que también comparte con Mónica Naranjo, que es de agradecer. Tanta corrección política es aburridísima. Y sigue siendo personaje. No necesita un disco nuevo para sobrevivir. Ni vive entre los escombros de su realidad, como cantaba la pantera de Figueras.

Un reportaje complicado

Tengo que admitir que hace unos años cuando trabajaba para una  revista del corazón fui a hacerle un posado a su casa y resultó complicadísimo: discrepaba con los criterios del fotógrafo, se empeñó en un estilismo que emulaba a Victoria Beckham que no resultaba apropiado para las circunstancias de la entrevista y conseguir un buen titular fue como ir a picar a la mina. Pero yo, como Antonio Molina, siempre he sido un minero, del periodismo.

Marta no es un billete de 500 euros, por lo tanto, no tiene que gustarle a todo el mundo. Sin embargo, nadie le puede negar su tesón, la constante lucha contra el estereotipo y los prejuicios, y su virtuosismo vocal. Por eso, siempre la tendré en buena estima como artista. Aunque pienso que su repertorio, como le pasaba a Rocío Jurado, está muy por debajo de su talento. Aunque algún día, tal vez, lo remedie, y se descuelgue con un discazo.

Respeto por los artistas

Ojalá viviéramos en un país como México, donde a sus artistas, por muy endiosados que estuvieran. como María Félix o Juan Gabriel, les tenían y les tienen devoción. Tengo muy claro que a Sara Montiel no se la respetó lo suficiente ni se tuvo en cuenta su legado en los últimos años de su vida, que Fernando Rey, un actor universal, se fue por la puerta de atrás, pese a ser una figura clave de Buñuel y haber intervenido, entre otras películas, en la emblemática ‘The French Connection’, y Ángela Molina, su coprotagonista en ‘Ese obscuro objeto del deseo’, debería tener el estatus de una Catherine Deneuve, pero no es así.

Así que hago un llamamiento (y si hace falta abro un change.org): dejemos a Marta Sánchez en paz. Desde aquí, como decía María Teresa Campos (otra grande) en ‘¡Qué tiempo tan feliz!’, un aplauso de cariño…