Amaia Romero, sí


La vida no admite guiones. Ni fórmulas. Sí así fuera, todos nos bañaríamos en una infinity-pool de champán, nos traerían a casa la ropa de todas las tiendas de la Rue Saint Honoré de París y no nos acordaríamos de todo el santoral de la A a la Z cada mañana cuando suena el despertador. Sobre todo si tenemos esa suerte de que contamos con un motivo para despertarnos cada mañana y disponemos de medios para llenar nuestras neveras y llevar una vida si no de primerísimo mundo, de algo que se le parezca.

Por eso siempre he defendido la actitud de Amaia Romero de no plegarse a lo que otros esperaban de ella. Porque si hubiera hecho eso, ya habría publicado un disco hace unos meses, posiblemente con algún productor de moda, que dentro de un tiempo estaría arrumbado en el rincón de las canciones inservibles. Sin embargo, ella ha ido a su rollo, al tran-tran, y no se ha puesto a contar billetes de quinientos euros imaginarios antes de irse a dormir.

Se cometen tantos errores por aplicar fórmulas de éxito, por meterse en negocios que sobre el papel no entrañan ningún riesgo o simplemente por dejarnos guiar por lo que otros creen que puede ser bueno para nosotros, que me atrevo a afirmar que el cementerio está lleno de fracasados que se creyeron que un día iban a triunfar. Porque alguien se lo hizo creer o porque apostó a caballo ganador. Y a veces hay que hacerlo a perdedor, porque los milagros existen.

No pondré ejemplos de concursantes que pasaron por el mismo formato que a ella le convirtió en estrella. Tampoco de eurivisivos y wannabes que defendieron canciones de usar a tirar con la convicción del que cree tejer filigranas en los pentagramas y estaban cantando literalmente mierdas. Todos sabemos de quiénes hablamos y a poco que nos paremos a pensar caeremos en la cuenta que algunos llegaron, pero que otros solo asomaron la patita y después cayeron en el abismo del olvido y la indiferencia.

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Tras escuchar ‘El relámpago’ de Amaia Romero solo diré lo que ya manifesté en Twitter hace unos días, suena a ella. Mucho más de lo que se puede decir de otros artistas que llevan años siendo fotocopias desvaídas de otros ídolos que también han caído por querer ser a su vez sucedáneos de otras estrellas emergentes.

Y qué mejor que acabar con la más emblemática frase de la Agrado de ‘Todo sobre mi madre’: «Una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma». Pero se puede. Aquí tenemos un ejemplo. Enhorabuena.