Anoche soñé con mi perro


Si según me levantara escribiera lo que recuerdo de mis sueños tendría para llenar la biblioteca de Alejandría. Anoche fue una de esas noches en las que las imágenes son tan vívidas que tienes la sensación de que incluso intervienes en ellas. Que eres un personaje en tu propia película. A veces ocurre que son tan intensos que me levanto agotado, como si hubiera estado trabajando mil horas, y otras tan emotivos que me pongo a llorar sin que hayan terminado.

Esta madrugada me visitó mi perro Dylan, que murió este verano. Estaba joven, con todos los dientes en su sitio, el pelo brillante y su olor era intenso y delicioso. Olía a infancia infinita, a la vida como un juego, a alegría y bondad. Una paleta olfativa que me lleva a hierba recién cortada, a la espuma del mar, a mariposas en busca de su flor.

Dylan me quería chupetear toda la cara, trepaba por mi torso y yo hacía como que no quería, le esquivaba fingiendo incomodidad y él ponía más ímpetu en alcanzar mi nariz, mis ojos con la lengua. Después fuimos a fundido en negro y cuando desperté él seguía ahí. Bajo mis párpados. Y sonreí.

El recuerdo y los sueños tienen la capacidad de resucitar, de dar vida. Nos hacen un poco dioses, porque elegimos quiénes siguen con nosotros y quiénes merecen acabar sepultados en el olvido, que es más demoledor que una lápida en un mausoleo. Nuestra mente se va liberando de spam con el paso de los años y conforme vamos envejeciendo (o al menos ese es mi caso) vamos más ligeros de equipaje.

Y hoy, anoche, se obró el milagro. Por un rato y ahora que lo estoy escribiendo he vuelto a un lugar en el que me gustaba estar. Con mi perro, que fue uno de los mejores seres que me crucé y me cruzaré. Siento su cuerpo caliente hecho un ovillo durmiendo apoyado en mi cadera. Su mirada fija cuando quería que le sacaran a la calle. Su actitud soberbia cuando se cruzaba con otro macho. Sus ladridos agudos cuando tocaban al timbre y se ponía contento porque eso significaba que había visita. No siento ni nostalgia ni pena, porque él sigue aquí y al mismo tiempo en el cielo de los perros. La ubicuidad es uno de los dones de la muerte física.