‘Dolor y gloria’: Pedro, España entera te debe la gloria del arte de España

Dolor y Gloria Almodóvar

Hoy se estrena por fin ‘Dolor y gloria’. No la he visto aún, pero ya estoy nervioso. Como novia que se casa, como desempleado que tiene una entrevista de trabajo. Me encanta sentir esa emoción, ese cosquilleo que tan pocas cosas me provocan como un estreno de Pedro Almodóvar. Lo bueno y lo malo es que en unas horas se me habrá pasado esta desazón, aunque seguiré dándole vueltas a lo que he visto y a los detalles que se me habrán pasado por alto, lo que me obligará a repetir.

Porque sí, amigas, seré ‘pedrista’ hasta que me muera (y no me refiero a Sánchez). No me importa si sus películas son mejores, peores, maravillosas, mediocres o disruptivas. Lo que sé es que siempre salgo del cine más feliz que entré. A veces por todo el metraje, otras por un fogonazo, por un detalle, por una frase que se convierte en ‘sampling’. Por lo que sea, Almodóvar hace que mi vida sea mucho mejor.

Las críticas de Carlos Boyero

Esta mañana escuchaba una crítica de Carlos Boyero que achacaba el fenómeno Almodóvar a sus innegables cualidades para el marketing. Una actitud despreciativa que viene mostrando desde hace muchos años y que, allá él, porque su influencia sobre el espectador es posiblemente mucho menor de lo que se cree. A veces ocurre como en las películas de terror, que si acumulas los sustos dejan de surtir efecto. Por eso sus palabras son anestesia para mis sentidos, dormidina para mis noches de insomnio. Nada.

Ya digo que aún no he visto ‘Dolor y gloria’ y he intentado leer lo menos posible sobre la pelicula. Para llegar virgen y mártir a la sala. Mis expectativas no son ni altas ni bajas, porque no me planteo nada. Soy como un eurofan ante Eurovisón, ya estoy convencido de antemano, porque sea lo que sea no voy a salir defraudado. Como nunca lo hicieron Buñuel o García Lorca o Truman Capote. Genios que tuvieron días mejores o peores, pero que solo les parieron una vez para dejarnos un mundo mejor y más inteligente. Otros, por el contrario, parecen clonados, se mueven en la medianía, en la osadía de la mediocridad y su impronta es fugaz como hoja de calendario.

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Por mi devoción hacia Pedro Almodóvar, a quien nunca he tenido la oportunidad de entrevistar o conocer, aunque me encantaría, voy a parafrasear a Rocío Jurado, cuando en un homenaje a Lola Flores le dijo lo que ahora le voy a aplicar al hijo de doña Francisca Caballero: «Yo no sé si esto servirá de algo, pero esto tiene que ser el comienzo del homenaje que te tiene que dar España. Porque España entera te debe la gloria del arte de España. Y ya no digo más nada».

Penélope Cruz juega en otra liga

Foto Penélope Cruz Chanel

Por suerte desde mi niñez he tenido la imaginación trabajando a ‘full’. Con cuatro o cinco años ya me visualizaba en lugares en los que nunca he estado y dedicándome a cosas que nada más lejos. Quizás me faltó determinación, capacidad para fijar esos objetivos y perseguirlos o se trataban solo de quimeras sin mayor recorridos. Jamás le he dado un segundo pensamiento a esas ensoñaciones prematuras, que no eran nada más que eso.

Vaya por delante que me gusta la persona en la que me he convertido y que si en mi adolescencia me hubieran hecho firmar por solo el diez por ciento de las vivencias que he atesorado, no hubiera dudado un segundo. De nuevo, sin quererme poner en el mismo plano que ella, a Penélope Cruz le pasó algo parecido. Vio ‘Átame’ de Pedro Almodóvar en el cine y decidió que quería ser actriz. Ella si lo consiguió y de qué manera.

La fuerza del destino

Ayer precisamente le descubría a un amigo el videoclip de ‘La fuerza del destino’ de Mecano, porque él creía que había empezado su carrera en ‘Jamón jamón’ y redescubrimos a una Penélope que, salvo la evolución propia del tiempo, que siempre trae goteras, no ha cambiado demasiado físicamente respecto a la joven de apenas 16 años que paseaba su melenón junto al de Nacho Cano en esas imágenes. La prueba evidente que la precisión del bisturí de un cirujano plástico, como cantaba Fabio McNamara (y ahora versionan, malamente Fangoria), no había sido necesaria. Era un escándalo de belleza y lo sigue siendo.

Todo un ‘Chanelazo’

También ayer desfilaba Penélope en homenaje a Karl Lagerfeld con un modelazo de Chanel como si fuera una metáfora involuntaria de la carrera. Son tantos los logros de la actriz de Alcobendas que en cualquier país tendría, como en la copla, un trono en la tierra y un barco en el mar. Sin embargo, hay una legión de ‘haters’, a los que habría que ver detrás de sus perfiles de Twitter o en sus vidas cotidianas rancias y mediocres, que le lanzan cuchillos verbales como faquires. Periodistas que escriben ‘fake news’ sobre ella y su marido solo porque no les caen bien o piensan distintos.

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España es un país cainita, de individuos mediocres que se hurgan los dientes con un palillo acodados en la barra de un bar, mientras se toman un carajillo y arreglan los problemas de España, de gañanes de tertulia televisiva que no les importa denigrar a niños con síndrome de Down, de adoradores de Belén Esteban, de dopados de telebasura.

La política y la mentira

Pero de repente surge alguien con un Oscar y dos nominaciones más, con fama global basada en su trabajo y no por estar colgada del brazo de un hombre, que se ha ganado su patrimonio pateándose rodajes, y se la mira con recelo, sus logros se ponen en tela de juicio y se le niega el pan y la sal solo porque lo digo yo. Como ocurre en política, que se puede mentir descaradamente y maniobrar en contra de los ciudadanos y a favor de uno mismo sin que se te caiga la cara por la vergüenza ni que tu parroquia te expulse en las urnas.

Seguir soñando

Una y mil veces seguiré defendiendo a Penélope. Por los sueños imaginados que no cumplí y por los que espero lograr. Por aquellos que han alcanzado lo que se han propuesto y han superado sus propios límites. Y por los que también pelean, aunque sin suerte, porque puede que algún día consigan lo que tanto anhelan. O algo que se le parezca.

Los Premios Yago, hasta donde los Goya no llegan

Premios Yago 2019 foto

Anoche salí de fiesta. No mucho, porque soy de horario infantil. Tenía una cita en la sala El Sol de Madrid, que no pisaba desde hace siglos, cuando fui a un concierto de un grupo en el que tocaba un hijo de Juan Luis Cebrián, porque una amiga mía les iba a hacerles unas fotos. Fijaos la precisión de los recuerdos, cuando la experiencia ha tenido la relevancia de una gota de lluvia en un aguacero. Lo de ayer fue muy distinto…

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A lo que iba. Que anoche me fui de fiesta con un gran amigo, el periodista Rafael de Rojas, para asistir a los premios Yago de los que soy jurado desde hace unas cuantas ediciones. Como hubiera dicho El dúo Sacapuntas, la sala estaba abarrotada, así que ir a la barra a por un gin tonic de Hendrick’s, que son los patrocinadores, era una romería en la que te ibas encontrando con compañeros con los que te tenías que parar a ponerte al día. Interrupciones, por cierto, que venían muy bien como control de alcoholemia.

Bárbara Rey, galardonada

Ya digo que la noche, que no es para mí, fue un éxito porque la gente disfrutó de una gala mucho más divertida que la de los Goya cuyos errores tratan de paliar estos premios, que reconocen a los olvidados de estos galardones. Luis Fabra, una vez más, maestro de ceremonias, regaló ingenio, rapidez de reflejos y dio el lugar de estrella que se merece a Bárbara Rey, reconocida por una carrera mucho más extensa y pródiga en éxito que muchos recuerdan.

Me encontré con Bárbara en las escaleras, cuando nos marchábamos y le recordé que nos habíamos conocido hacía unos veinte años, cuando fui a entrevistarla a su casa, porque había sido víctima de un robo más propio de ‘Ocean’s Twelve’ que de delincuentes aficionados. Un suceso que dio para grandes titulares y muchas exégesis que propició un encuentro del que la actriz decía acordarse, aunque no estoy demasiado seguro de que así fuera. Aún así, sirvió para que constatara una vez más que el pasado siempre vuelve y que la vida es circular.

Bárbara Rey, con su galardón, y una botella de Hendrick’s, patrocinadores.

Para que la noche hubiera sido perfecta nos faltó otra de las galardonadas, Bárbara Lennie, que no pudo asistir, pero sí dejó su impronta el cineasta Isaki Lacuesta, quien sin hacer ruido está tejiendo una de las filmografías más sorprendentes del cine español, y El Coleta, intérprete del tema principal de la banda sonora de ‘Quinqui Stars’, que nos recordó que hay una larga vida más allá de Los Chichos y Los Chunguitos.

La fiesta se disolvió y nos quedamos con el deseo/promesa de que la gala del año que viene se celebre en un barco, como manifestó ‘el dueño del cortijo’, Santi Alverú, a quien muchos conoceréis por la película ‘Selfie’ por la que él sí estuvo nominado al Goya. Y si no es así, pues ya estáis tardando en verla.

Concha Velasco, el discreto encanto de ser una leyenda

Concha Velasco en Velvet

Hay ciertas persona que son un paradoja temporal viviente. Concha Velasco, frisando casi los 80, está más en el presente y en el futuro, que en su brillante pasado profesional, convertida en una Norma Desmond del nuevo milenio. Más en activo que nunca, porque, aunque algo hayan tenido que ver las deudas, su pasión por el trabajo la hubiera impedido retirarse, piensa ya en un monólogo que le ha escrito su hijo. Y en lo que le echen.

Con lo que voy a afirmar a continuación me siento un poco Javier Marías, ese sobrevalorado escritor y columnista que te ayudará a deprimirte con sus artículos si no lo estás ya bastante: Concha es un ejemplo para todos esos jóvenes que parecen estar ya cansados de vivir, desalentados e invadidos por un ‘alien’ que les incita a pensar que lo peor está por llegar Sin perder yo de vista que muchos otros pelean contra molinos de vientos que son gigantes porque no vivimos en el país de las oportunidades ni aquí se cumple el sueño americano. La actriz vallisoletana es el antídoto de esos sentimientos paralizadores y hasta cuando la salud se le ha ido por la puerta ella ha encontrado las energías abriendo una ventana.

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GRAN HOTEL (2011-2013) Personaje: Doña Ángela.

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En el rodaje de ‘Herederos’

Me he encontrado con Concha en unas cuantas ocasiones, y si hay algo que me gusta de ella es que se permite ser contradictoria, se perdona, se castiga, se libera y se encarcela ella sola. Cuando rodaba ‘Herderos’ fui a entrevistarla al rodaje. Teñida de rubia y sin salirse del todo su personaje, me pidió que la entrevista se ciñera lo más posible a lo profesional, pues seguían supurando las heridas de su separación de Paco Marsó. Disciplinado, como ella para lo suyo, me ceñí al guión que me había marcado, pero llegado un punto de la conversación, me agarró del brazo y me dijo: «Por el cariño que le tengo a tu revista, te tengo que contar esto…»

Lo que siguió fueron unos minutos abriéndose en canal. Cada frase un titular. Cada mirada una confesión. Fue una liturgia de generosidad, de remar a favor de obra, de solidaridad hacia alguien que podría haberse vuelto a la redacción con unas declaraciones anodinas y regresó con material casi para escribir unas memorias. Y casi no volví a intervenir hasta el momento de despedirnos. No hizo falta. Ya me había hecho ella mi trabajo, preguntarse y responderse.

Toda una diva

Concha Velasco es una de las personas más generosas que me he cruzado en mi periplo profesional y también, junto a Sara Montiel, de las más ingeniosas, ocurrentes y divonas en el buen sentido de la palabra. Estamos faltos de genios de la palabra, de relatores de sí mismo, de mujeres que como le escribió José Luis Perales a Lola Flores podrían haber dicho: «Hemos amado, dejándonos el alma en un suspiro, hemos luchado, dejándonos la piel en el camino, hemos llorado un adiós con sabor a despedida y hemos probado el sabor agridulce de la vida».

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VELVET (2016) Personaje: Petra Alcalde Vargas

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Trabajadora infatigable

Años más tarde me encontré a Concha en el hotel Barceló Formentor, donde solía veranear con su adorado Paco Valladares.  Me la encontré en el ‘lobby’, muy concentrada y con la mirada fija en unos folios que sostenía en un ángulo de 45 grados . Cuando la saludé, como en aquella entrevista de hacía unos años, me dio todo lujo de explicaciones que yo no merecía: que estaba pasando unos días de descanso con su hija y su nuera y que preparaba un ‘Cine de barrio’ que tenía que grabar esa semana con Arévalo y Bertín Osborne.

Lo hacía con la misma disciplina que si fuera a sentarse con Lawrence Olivier y Vivien Leigh, escamoteando minutos a su ocio para dar lo mejor de sí misma cuando tuviera que grabar. Una prueba más de su ética del trabajo y de su entrega a cualquier proyecto, esté por encima o por debajo de su talento.

A Concha se le adora desde hace siglos y recordar su trayectoria aquí sería como reescribir su entrada en Wikipedia, pero, a mi entender, carece quizás del reconocimiento de cierta intelectualidad que ha creado mitos con pies de barro y ha levantado carreras que luego se han defenestrado solas. Quizás no se le haya perdonado cierto pecado original de presentar programas de entretenimiento intrascendentes para pagar las facturas. Aún así, cuando esos que la puedan haber ninguneado dejen de estar en los medios o en los estamentos que les dan soporte, no serán nadie. Ella será siempre Concha Velasco.

‘El blues de Beale Street’, la mejor película para San Valentín (o cualquier otro día)

Foto El Blues de Beale Street

Me gustan los dramones. No lo puedo evitar. Solo en la ficción, eso sí. Que para la vida solo quiero comedias entretenidas. No solo por eso me ha entusiasmado ‘El blues de Beale Street’, lo nuevo de Barry Jenkins, quien, con toda justicia, arrebató con ‘Moonlight’ el Oscar a la mejor película a la mediocre ‘La La Land’, una triste fotocopia desvaída de los musicales de la era dorada de Hollywood. Tiene tantas virtudes y tan pocos defectos (quizás alguna secuencia alargada innecesariamente), que 24 horas después de haberla visto sigo pensándola.

Entiendo que Pedro Almodóvar se resista a rodar para plataformas en ‘streaming’ como ha hecho Alfonso Cuarón, cuya ‘Roma’ solo ha tenido un estreno técnico en los cines, por lo que la hemos tenido que visionar en nuestras casas con lo que eso supone: déficit de atención, menor concentración, pantalla más pequeña… De hecho, creo que debería darle una segunda oportunidad porque la primera la vi tumbado en mi sofá y estuve a punto de quedarme dormido varias veces.

Por eso ‘El blues de Beale Street’ es para pantallón. Cada plano está pensado como los impresionistas concebían sus cuadros, estampas minuciosas y exquisitas para degustar de a poquitos, sin prisa, con las pestañas fijas y apuntando al Norte. Por eso, limitarla a un formato menor, aunque no va a aniquilar su magia, sí proporciona un recorrido mucho menor como experiencia.

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Como los melodramas de Douglas Sirk

La historia, una yuxtaposición de tiempos narrativos, es suave como la voz de Nina Simone, delicada como alas de mariposa, y se desliza como la prosa escrita por un calígrafo, sin que te des cuenta de que estás subido a una montaña rusa emocional. Sientes la piel joven y refulgente de los personajes, las miradas penetrantes de los enamorados, sus miedos, su dolor, su esperanza, su arrebato. Es una historia de amor como las de Douglas Sirk con una fotografía y una música atmosférica que irremediablemente me transportó a ‘In the Mood For Love’ de Wong Kar Wai. Por eso es idónea para un día como en el que estoy escribiendo, 14 de febrero. Y para otro cualquiera.

El estoicismo, una magnífica opción

El 14 de febrero es una fecha muy marcada en mi calendario no solo porque es el día de la celebración del amor, que no se me ocurre una excusa mejor, sino también porque fue el día de un cambio laboral radical que ha redundado en una vida mejor, más feliz, sana y en paz, igual que esa tranquilidad interior que emanan los protagonistas de ‘El blues de Beale Street’, que son la encarnación del estoicismo, no exento de espíritu de lucha, la mejor manera de encarar las puñaladas traperas del día a día y la injusticia sin caretas. Y las clara demostración de que las rejas físicas son siempre una menor barrera frente a nuestras metas que las mentales.

Olivia Colman: el triunfo del esfuerzo frente al nepotismo del ‘star system’ español

Olivia Colman La Favorita foto

Me alegra mucho que Olivia Colman ganara ayer el Bafta y ojalá se lleve el Oscar por su papel en ‘La favorita’ de Yorgos Lanthimos. Hacía años que no veía un portento en pantalla grande como a esta actriz británica dando vida a una Ana Estuardo que se debate entre sus complejos, la tortura física y un hedonismo ansioso que la mantiene viva.

Ayer mismo escribía otro artículo contando cómo las había pasado canutas para salir adelante como actriz, incluso frisando la exclusión social, por lo que aplaudo que a veces la vida haga justicia. No poética, que esa suele llegar tarde. De la que te permite llenar la nevera, encender la calefacción y no acabar convertido en un personaje de Charles Dickens.

Actrices superlativas

El Reino Unido es un país en el que se toman muy en serio esta profesión y desarrollan sus habilidades como el neurocirujano se entrega al aprendizaje durante años para intervenir algo tan delicado como una cabeza y no precisamente para ponerle tiaras. Es este mimo por su trabajo el que les lleva a interpretaciones tan exquisitas y precisas como la de Olivia Colman o las de sus compañeras de reparto, Rachel Weisz y Emma Stone (esta última, estadounidense)..

Actores en busca de audiencia

En España, por el contrario, proliferan los actores que aprenden su oficio en el carnet de identidad, donde figuran sus apellidos de un linaje que les permite llegar solo por ser hijos, hermanos o nietos de. Hay excepciones muy notables, que son las que están protagonizando en los últimos años el cine que permanecerá en nuestra memoria dentro de unas décadas. Y no me refiero al que producen los grandes grupos audiovisuales de nuestro país, que en muchos casos están pensados para rentabilizarlos en sus pasos televisivos y los casting parecen guiados por las cajas de abdominales, las curvas de esa chica, a las que cantaba Mecano, o al tirón mediático más que a la competencia profesional.

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Las series de televisión en España están llenas de individuos que sirven para forrar las carpetas de los adolescentes o porque alguien les ha puesto ahí a dedo. De tal forma que a veces hay un abismo entre actores que comparten secuencia y que redundan en un efecto ‘amateur’ que me lleva a inclinarme por producciones extranjeras a las que dedicar mi escaso tiempo de ocio. Ha habido excepciones como ‘Fariña’ o ‘La casa de papel’, pero otras como ‘Elite’ o ‘Los nuestros 2’ parecen funciones de colegio.

Un ejemplo ‘de libro’

En una ocasión le pregunté a una actriz que no ha llegado demasiado lejos si ella se consideraba intuitiva como su madre o iba a ser de método. Su respuesta fue que mientras pudiera apañarse con los recursos que tenía no iba a ponerse a estudiar. Y lo cierto es que en aquel entonces, sin experiencia previa de ningún tipo ni haber pasado por una escuela de Interpretación, estaba en una serie de ‘prime time’ sin otro mérito, supongo, que haberse puesto delante de una cámara y no haber dado mal del todo. Además de su apellido, no lo perdamos de vista.

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Los años han pasado y esta actriz encadena proyectos muy menores, cuando los tiene, y está destinada a acabar en el olvido, como tantos otros que tuvieron arranques fulgurantes, pero no se dedicaron a pulir un oficio que requiere la delicadeza del artesano más esmerado. Los golpes de suerte llevan muy ocasionalmente y el público tiene demasiados pájaros volando como para quedarse con el que tiene en mano…

La genialidad de Marilyn Monroe

Amigos, las cámaras no engañan. Decía Billy Wilder que trabajar con Marilyn Monroe podía ser agotador, porque llegaba tarde a los rodajes o no se presentaba y había que repetir mil veces las tomas, pero que cuando salía la buena, no había nadie que pudiera conseguir esa magia. Aún así, la protagonista de con ‘Faldas y a lo loco’ se tomó muy en serio de lo formarse para ser una grande. En su caso dio un poco lo mismo, porque lo que la convirtió en mito era una genialidad innata que no necesitaba ni cultivar. Era un diamante en un estercolero, la lotería que nunca toca, la arbitrariedad del azar.

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#TheFavourite 2018 #NYFF Opening Night Film Photo Credit: Yorgos Lanthimos

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El triunfo de Olivia Colman es el de la hormiga sobre la cigarra, el de los de estudiosos frente a los que se tumban en el césped a tomar el sol mientras otros toman apuntes, el de los que aman lo que hacen y demuestran que el esfuerzo sirve para algo. Cuando hay talento, claro. Si no para qué, mejor seguir tumbado en el sofá…

Sara Montiel: cuando sus mentiras las convertía en verdad

Foto Sara Montiel James Dean

En abril se cumplirán seis años de la muerte de Sara Montiel, quien tuvo tan mala suerte que después de toda una vida cultivando el divismo también falleció ese día Margaret Thatcher, con lo que las noticias a cinco columnas de los periódicos españoles y la apertura de los principales informativos se los llevó la exmandataria británica. Le ocurrió lo mismo a Farrah Fawcett con Michael Jackson. A veces el ‘timing’ juega estas malas pasadas, lo que tiene también su lado bueno, porque mucha gente no se entera y sigue creyendo que estás viva. Lo contrario de lo que le sucedió a Imperio Argentina en una entrevista con Alicia Senovilla, que le preguntaba por personas que ella creía que ya habían doblado la servilleta y estaban vivos como adolescentes en plena eclosión hormonal.

Sara Montiel era una mujer que no la pintan los pintores, como cantaba Junco. Una belleza superlativa que aguantaba el tirón, en Tokio, en Pekín o en Londón (sic), a Elizabeth Taylor o a María Félix, a Carmen Sevilla o a Sophia Loren. La actriz manchega tenía una fotogenia que no se la he visto a ninguna actriz de los tiempos actuales y que me perdone Penélope Cruz, que es lo que más se le puede acercar, pero bastante de lejos.

Una auténtica diosa

Cuando se dispone de una belleza tan estratosférica el mundo debe de verse de otra manera, en un permanente plano picado. Ser una diosa de esa magnitud, tener a hombres y a mujeres a tus pies, ser consciente de que una palabra tuya es un abracadabra, podía convertirte en alguien banal y desconsiderado, pero Saritísima era todo lo contrario: cercana, graciosa y jamás le oí decir una mala palabra de una compañera. Porque no lo necesitaba. Los superlativos no padecen el mal de la envidia.

Estos días que veía ‘El vicio del poder’, una espléndida película sobre Dick Cheney, exvicepresidente de Estados Unidos durante la administración de George Bush hijo, me acordaba de que uno de los momentos que reproduce, la caída de las Torres Gemelas. Lo compartí con la protagonista de ‘El último cuplé’, en el hotel Miguel Ángel de Madrid, donde almorzamos ese 11-S con ella un grupo de periodistas. En aquel entonces no teníamos internet en los móviles y en el salón en el que nos encontrábamos casi no había cobertura, así que nos enteramos de refilón, sin ser conscientes de la magnitud de la tragedia, que iba a cambiar el curso de la historia.

Mis encuentros con Sara

Sara, que emanaba un intenso perfume floral, llevaba el pelo suelto y rizado, había prescindido de su moño con raya al medio que tan de moda se ha puesto en los últimos años, y rezumaba juventud, aunque ya tenía 73 años. Su motivo para reunirse con nosotros era contarnos que le habían robado en casa y desvelarnos que había sido alguien árabe y mitómano, ya que al irrumpir en el salón de su casa, donde se encontraba con su hermana Elpidia (creo que también su último marido, Tony), afirmó: «Sara, alhajas». Y la desvalijó.

En otro almuerzo en el mismo hotel, la actriz nos dijo que después de que aquel spot de los MTV de Barcelona para el que acuñó aquel irrepetible ‘mar-ve-lous’, había rodado una campaña para la misma cadena en la que promocionaba, entre otras cosas, la gastronomía española. Al día siguiente, cuando llamé al gabinete de prensa me dijeron que ellos no estaban ahí para desmentir ese tipo de ocurrencias.

Dos proyectos que no vieron la luz

Sara seguía aquella premisa de Lola Flores que en una entrevista con Lauren Postigo le dijo: «Yo mis mentiras las convierto en verdad». La intérprete de ‘La violetera’ tenía una imaginación portentosa y, en otra ocasión que coincidimos en una fiesta de ‘Cine de barrio’ me dijo que tenía dos proyectos, pero que no los iba a aceptar. Uno de ellos, la adaptación de ‘Doña Bárbara’, la célebre novela de Rómulo Gallegos, para la cadena de televisión brasileña Globo. Un centenar de capítulos o más, pero ella no estaba dispuesta a separarse de sus hijos tanto tiempo. Ni por este papel ni por una biografía de los Reyes Católicos que hubiera podido rodar con Marlon Brando en Hawai, pero le suponía estar seis meses fuera de casa.

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#jamesdean y la legendaria actriz española #saramontiel

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Da igual de dónde se sacara Sara estas ideas, qué había de verdad o de falso. Era tan maravilloso escucharla con aquella prosodia tan sensual y ese acento manchego que seguía manteniendo, que por mí como si me hubiera dicho que ‘Madame Bovary’ lo había escrito Corín Tellado. Musa de intelectuales, rompecorazones, porque estaba en su naturaleza, no por voluntad, adelantada a su tiempo, emprendedora, valiente, generosa. Los adjetivos se me quedan cortos porque no hay palabras para sintetizar la esencia de una mujer que pudo haber sido estrella de Hollywood, pero prefirió ser mito en España.

Victoria Abril: vuelve una estrella ‘comme il faut’

Foto Victoria Abril

Llevo una temporada que he ma ha dado por tirar por el hilo emocional de mis recuerdos para configurar un mapa de las personas que más me han influido en todos los sentidos. No solo anónimas, que esas las tengo más claras, porque algunas van, otras vienen, se marcharon o aparecen de nuevo, sino públicas. Si hace unos días afirmaba aquí que gracias a Pedro Almodóvar mi universo es mucho más ancho, hoy quiero dedicarle unas líneas a Victoria Abril, una actriz superlativa que me ha hecho muy feliz desde la gran pantalla.

En el festival de San Sebastián

Nuestros caminos se han cruzado en diversas ocasiones. La primera de ellas en el festival de San Sebastián, un acontecimiento en el que hice grandes amigos y viví cosas que ni en mis fabulaciones de infancia parecían a mi alcance. Nos tenemos que remontar a mediados de los 90, cuando Victoria era lo máximo en Francia y también Josiane Balasko, la actriz y directora a cuyas órdenes se puso en ‘Felpudo maldito’, una comedia sobre una relación lésbica que si la viera ahora seguramente me parecería que ha envejecido muy mal, pero que en ese momento me divirtió muchísimo.

Aunque no tuve la oportunidad de entrevistar a Victoria, sí a Josiane Balasko y a Alain Chabat, otro compañero de reparto, que interpretaba a su marido. Tendría que buscar en mis archivos para recuperar lo que hablamos, porque ya no lo recuerdo, pero en mi memoria sí se quedó grabada Victoria Abril bailando en la discoteca Bataplan de la ciudad vasca, graciosa, entregada y sin cortapisas. Como siempre ha sido, una mujer que ha escupido titulares como perdigones y que ha sabido acuñar frases con tanta fuerza como los hierros candentes que marcan las reses.

Con Javier Bardem y Carmelo Gómez

Años más tarde sí pude sentarme a hablar con ella en Madrid en plena promoción del inicio de rodaje de ‘Entre las piernas’ de Manuel Gómez Pereira, que dejaba la comedia para pasarse al thriller. Victoria Abril llevaba un vestido que llevaba plasmada un dibujo de John Wayne empuñando una pistola. La actriz estaba pletórica ante un proyecto que no acabó de salir tan bien como parecía y sobre el que Javier Bardem, en aquel entonces emergente, dijo que lo importante era que todos se dejaran los egos en casa para ensamblar tres personalidades tan fuertes (el otro era Carmelo Gómez) en una misma película.

Victoria, muy ocurrente, llegó al photocall cuando sus compañeros estaban dispuestos ante las cámaras como si fueran los personajes de un cuadro de Goya. Sin pensarlo, se puso de rodillas y fingió ponerse a nadar para que la dejaran pasar. Un gesto que duró apenas unos segundos pero que evidenciaba el sentido lúdico de la vida de una mujer que ha convertido sus apariciones públicas en espectáculo. Con su actitud ha escapado de la medianía, de la mediocridad, de ser alguien estándar o de caer en manos de estilistas que van al mismo ‘showroom’ a buscar prendas para vestir a las estrellas y convertirlas en una percha de tendencias.

Una filmografía espectacular

Son tantos los títulos de su filmografía que me han hecho amarla en la gran pantalla, que enumerarlos sería reproducir casi su ficha completa de IMDB o Wikipedia, pero nunca me olvidaré de ‘El Lute’, ‘Amantes’ o ‘Átame‘, donde compuso con Antonio Banderas la pareja con más química del cine español de todos los tiempos. Como Elizabeth Taylor y Paul Newman en ‘La gata sobre el tejado de zinc caliente». Solo por esos tres trabajos merecería unos reconocimientos que en España somos poco dados a hacer. Quizás porque nos encontramos un país cainita y envidioso que no parece soportar el éxito de los artistas. Sobre todo si este llega del exterior, como es el caso de Almodóvar o Penélope Cruz.

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En route pour le festival !

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Victoria Abril ha estado los últimos años trabajando en la serie ‘Clem’, que ha arrasado durante casi una década en Francia, y aunque volvió al cine español con ‘Bernarda’, un subproducto que no la merecía, es la protagonista junto a Ángela Molina y Charo López de ‘Días de Navidad’ una miniserie que va a rodar para Netflix y que dirige Pau Freixas, en la que también intervienen Nerea Barros, Verónica Echegui y Elena Anaya, entre otros. Un reparto espectacular para lo que espero, como dijo Rocío Jurado a Lola Flores, «sea el comienzo de todo el homenaje que te tiene que dar España, porque España entera te debe la gloria del arte». O algo así.

‘Dolor y gloria’: vamos a amar a Almodóvar de nuevo

Foto Pedro Almodóvar

Para mí Pedro Almodóvar es como Eurovisión para los eurofans. Cuento las horas para que llegue el estreno de cada una de sus películas. Y salvo cataclismo, estoy en una sala de cine el día del estreno, porque no soy de los suertudos a los que invitan a los pases de prensa previos. No me importa, porque el momento acaba por llegar y siempre lo disfruto.

Mi biografía está tan marcada por las películas de Almodóvar que no puedo sino darle las gracias por haber hecho mi vida mucho más feliz y más ancha. Porque gracias a Pedro, además, he descubierto escritores, cantantes, pintores…. Mi ansia por saber (y también la de experimentar) se la debo en parte a él. Solo voy a poner un ejemplo, cuando yo era poco más que un ‘cateto a babor’ vi ‘La ley del deseo’ y a ratos quise ser Eusebio Poncela y a ratos Antonio Banderas. En aquel entonces era un adolescente al que le aterraba salir del armario y que deseaba experimentar algún día una pasión tan arrebatada como la que se mostraba en la película, aunque con final feliz. Eso sí.

Películas inolvidables

Poco a poco fueron llegando películas que me planteaban conflictos morales, me abrían la mente, me hacían reír hasta las lágrimas y, sobre todo, me hacían creer que cualquier cosa era posible. Almodóvar es un alquimista de la realidad, escribe ciencia ficción que es neorrealismo (y viceversa) y es también un analista de la sociedad mucho más profundo que los charlatanes que proliferan en las radios o las televisiones a las que tantos años lleva parodiando. O incluso adelantándose a los tiempos, como en ‘Volver’ o ‘Kika’, donde describía situaciones tan premonitorias que ahora parecen de Walt Disney al lado de los códigos en los que ciertos medios de comunicación se manejan a la hora de narrar lo que se denomina ‘sucesos’ y para mí son tragedias humanas que se convierten en pornografía emocional.

Hoy he visto el trailer de ‘Dolor y gloria’ y muero ya de ganas por disfrutar la película en pantalla grande. Da igual que sea buena, mala o regular. Almodóvar es una experiencia religiosa. Es un sentimiento. Como el forofo de un equipo de fútbol, no puedo aplicar la racionalidad a ninguna de sus películas. Soy como la madre de un hijo echado a perder, para ella es el mejor que hubiera podido tener. Me dan igual sus detractores, los Carlos Boyero que le denostan en críticas llenas de vitriolo. Igual que Woody Allen, que Luis Buñuel, que Billy Wilder, solo por disfrutar de su trabajo ha merecido la pena vivir.

Elsa Pataky: ella sí es una triunfadora, pero de verdad

Foto Elsa Pataky y marido

Elsa Pataky es una estrella global. Lo mismo te sale en People que en Daily Mail que en el TP. La actriz pasea del bíceps de su marido, Chris Hemsworth por las alfombras rojas de todo el mundo y lleva una vida que para sí quisieran millonarias como Carmen Lomana, quien la semana pasada pasó totalmente inadvertida en el reciente desfile de Pedro del Hierro, donde se encontró con Isabel Preysler, la mujer que mejor maneja la indiferencia como actitud vital.

Su trayectoria en Hollywood

La que fuera novia de Adrien Brody, quien supuestamente había comprado en su día un castillo para que lo habitaran juntos, vive como una estrella de Hollywood, sin serlo ella en como consecuencia de su filmografía. Aunque no podemos olvidar que ha intervenido en varias películas de la taquillera saga ‘Fast & Furious’ y ‘Serpientes en el avión’, entre otros productos ‘made in Hollywood’. Y lo que es más importante, tener una vitrina o el baño de premios no significa que uno sea feliz o esté triunfando de verdad. Los parámetros que al menos yo utilizo para medir esa sensación son otros bien distintos. Por eso este artículo se titula ‘ella sí es una triunfadora, pero de verdad».

Conoci a Elsa hace muchísimos años cuando participó en un desfile organizado por la recordada relaciones públicas Conchita Vilella en Barcelona. Creo que era de ropa deportiva y también formó parte del evento uno de los hijos de Naty Abascal, situación que aprovechó la estilista para dejarse ver y soltar algunas de sus desconcertantes y siempre encantadoras declaraciones.

Su abuela rumana

Elsa volvió con los periodistas en el mismo avión rumbo a Madrid, me dio su teléfono por si necesitaba cualquier cosa y me pidió encarecidamente que su apellido lo escribiera con ‘i’, porque era de origen rumano y lo quería así en homenaje a su abuela. Supongo que sus asesores o ella misma cambiarían con el tiempo de opinión por alguna razón que desconozco. Doy este pequeño dato para contextualizar un encuentro en el que no pudo ser más amable, como me consta que lo es cada vez que viene a España.

La actriz también trabajó con un amigo mío que la trajo desde Londres para reemplazar a Tamara Falcó en un evento de una marca de bebidas. Había muy poco margen, pues la hija del marqués de Griñón había tenido una de esas indisposiciones que te impiden hacer declaraciones en el momento menos adecuado y tuvo que quedarse en casa sin poder salir por recomendación de su médico (por suerte, su dolencia no revistió mayor importancia y se recuperó pronto), pero Elsa no puso ninguna pega y en menos que canta un gallo de Manel Navarro estaba en Madrid, perfecta, dispuesta y con la mejor de las actitudes.

Saber sacarse partido

No conozco a nadie que no hable maravillas de Elsa Pataky, quien siempre ha sabido tener un plan b y reinventarse. Ojalá todo el mundo fuera consciente de sus posibilidades y cómo explotarlas, que es lo que ha hecho ella. No he leído jamás una entrevista en la que rezume resentimiento, en la que muestre frustración por no recibir ofertas laborales de mayor enjundia o por no tener las capacidades interpretativas de Meryl Streep.

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Como experiencia relajante, sobre todo cuando lo que me rodea es gris, me gusta darme un paseo visual por su perfil de Instagram, porque siempre transmite alegría, felicidad y belleza. Para empaparse de cosas lúgubres ya están los magazines matinales de television. Para todo lo demás, Elsa Pataky.