Cómo sobrevivir a una pareja celosa


No siempre resulta fácil descubrir a una pareja celosa. Lo que al principio parecen muestras de cariño o de obsequiosidad son en realidad manifestaciones de posesión, pero cuesta reconocer que es así. Nuestra propia mente nos pone trampas, porque no está preparada para admitir que alguien pueda comportarse de esta manera.

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En las primeras etapas del enamoramiento, lo que esperamos es que la otra persona esté pendiente de nosotros, nos mande mensajes intempestivos, nos haga regalos inesperados, quiera saber qué hacemos en cada momento. Simplificando: que se desviva.

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Nosotros solemos hacer lo mismo, estar expectantes ante cualquier señal que nos pueda confirmar que esa persona nos desea, en la acepción sexual del término, pero también nos quiere, pretende estrechar los lazos afectivos y, quién sabe, echar raíces.

Dicho todo esto, si lo que buscamos es eso, que también podemos optar por encuentros lúdicos sin trascendencia como manera de vivir. En ese caso, cualquier gesto que busque una mayor intimidad que la de un rato de alegría para los cuerpos nos molestará muchísimo, pero ese no es el asunto que nos ocupa en este artículo.

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En los primeros meses de acercamiento es normal que nos parezcan bien todas estas manifestaciones, a veces, incluso sobreactuadas, también por nuestra parte. El problema viene después, cuando ya tenemos más o menos la certeza de que hemos formado una pareja y que estamos construyendo algo sólido.

Individuos controladores

Es entonces cuando nos tiene que preocupar que nuestro ‘partenaire’ nos llame por teléfono constantemente, que fiscalice todo lo que hacemos o que pretenda estar presente también en nuestros momentos de ocio, por ejemplo, con nuestros amigos o compañeros de trabajo.

De hecho, otra de las estrategias de este tipo de individuos es tratar de aislarte de tu entorno afectivo para evitar ser identificado como ‘celoso’. Utilizará sus recursos de persuasión para desprestigiarlos, si se viera en la necesidad, buscar sus puntos débiles e intentarte hacer ver que no te convienen. Una estrategia también del maltratador psicológico, una tipología aún más complicada.

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Si estás viviendo una situación así, huye. Esa persona es un peligro para ti, porque sin que te des cuenta estará construyendo una cárcel con rejas invisibles de la que cada vez te costará más salir.

Un caso real

Yo mismo tuve una experiencia de este tipo y me costó mucho darme cuenta de que habían tejido a mi alrededor una telaraña de la que solamente había una manera de escapar: cortar de raíz. Cuando vi que la situación era irreversible y me encontré con fuerzas, al igual que en la canción «No More Tears (Enough is Enough)» de Barbra Streisand y Donna Summer, dije, mucho más castizo: «Hasta aquí hemos llegado».

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El celoso nunca cambia, cederá terreno cuando se sienta entre la espada y la pared, pero esperará a que te relajes para, como cantaba Rocío Jurado, volver al punto de partida. Por desgracia para este tipo de individuos, no pueden evitarlo, está en su naturaleza.

Una fábula popular

En ‘Juego de lágrimas’ (Neil Jordan, 1992), una película que marcó mucho mi juventud, se cuenta la fábula de la rana y el escorpión (atribuida a Esopo, aunque su origen es desconocido), en la que el artrópodo, tras mucho insistir, consigue que el anfibio le cruce a la otra orilla. A mitad de camino le clava su aguijón y, con una lógica aplastante, le dice antes de morir: «Está en mi naturaleza».

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Esa es la realidad, quien es celoso, salvo que se someta a una intensa terapia y acepte con humildad su condición para que sea efectiva, acabará sus días así.

En ocasiones sin sufrimiento y otras torturadísimo, como muy bien ejemplifica Luis Buñuel en ‘Èl’, una de sus películas más brillantes de su etapa mexicana, en la que Francisco, un joven de buena posición arruina su vida y la de Gloria, la novia de un amigo suyo, que acaba conquistando, por su irracional afán de posesión.

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Como todo en la vida, habrá quién esté encantado con este perfil de pareja, que no se sienta atrapado y no le importe carecer de libertad. Si es por decisión propia y nadie resulta dañado en esa dinámica, nada que objetar.

Si no, mejor buscar a alguien que respete tus espacios, que te de tiempo a que le eches de menos, que no trate de convertirte en alguien acorde a sus expectativas, sino que fomente las tuyas. Solo así lograrás un equilibrio necesario para que el afecto crezca sano y sin taras.