El miedo a vivir


Gran parte de nuestra vida la pasamos haciendo lo que creemos que los demás esperan de nosotros. No son años perdidos del todo, porque siempre se sigue aprendiendo, aunque a veces en lugar de ir por una autopista circulemos por una carretera comarcal. Por eso es esencial que perdamos el miedo a vivir.

Desde niños nos acostumbramos a cumplir órdenes, primero de nuestros padres, después de los profesores y en última instancia de los jefes.  Y, ya en otra categoría más genérica y difusa, de las autoridades y de nuestro ordenamiento jurídico. De tal forma que nuestra capacidad de maniobra no siempre es grande. No es lo mismo vivir en España, pese a las deficiencias de nuestra democracia, que en Arabia Saudí.

Por eso, vivimos en un eterno conflicto entre lo que debemos hacer y lo que nos gustaría. O como afirmaba Luis Cernuda, hay un gran abismo entre la realidad y el deseo. No siempre podemos resolverlo a nuestro favor, porque, aunque nuestra razón y nuestros instintos nos digan que debemos obrar de una determinada manera, acabamos doblegándonos a la voluntad ajena o a la obligación que no podemos soslayar.

Las reglas del juego

Por mucho que nos guste el dinero no podemos robar un banco (o unas cremas de Olay) o por más que deseáramos no ir a trabajar si queremos cobrar a final de mes no hay otra opción que cumplir con lo pactado. De igual forma, si has acordado con tu pareja la exclusividad no puedes tener decenas de amantes. De lo contrario, acabarás perdiéndola. A no ser que cambies las reglas del juego y prefieras optar por una actividad sexual en la que haya cabida para más personas.

Hay, sin embargo, muchas situaciones que podemos vivir de manera diferente. ¿Cuántas veces nos hemos visto con alguien por no quedar mal? ¿Por qué hemos dicho no cuando queríamos decir sí o viceversa? Por el temor a ser juzgado, a que te retiren el cariño, a quedarnos solos.

El miedo al rechazo es lo que nos atenaza, lo que nos impide hacer lo que, casi siempre, es mejor para nosotros. Porque nadie sabe mejor que uno mismo lo que le conviene (hay excepciones). Aunque nunca está de más escuchar un consejo, sobre todo en materias para los que otros están mejor preparados que nosotros, es nuestro criterio el que debe prevalecer.

Una vez que se ha vencido esa resistencia inicial nos damos cuenta de que si obramos más en función de nuestras apetencias nos irá mejor. Procrastinar en su justa media. Será a partir de entonces cuando sintamos el implacable poder de la libertad, el subidón que da saber que llevas las riendas, que no son otros los que deciden por ti.

Mi propia experiencia

Pasé muchos años en un trabajo en el que no quería estar, tenía pánico a las consecuencias si hacía frente a decisiones arbitrarias, a la falta de consideración por mis conocimientos, a acciones que eran más propias del acoso laboral que del trato profesional entre trabajadores con distintas jerarquías.

No me arrepiento, porque durante esas más de dos décadas también tuve experiencias excelentes, unos compañeros que a día de hoy siguen siendo amigos, y, gracias a mi perseverancia (o debería decir ‘resilencia’), tengo estabilidad económica y siempre llena la nevera (entiéndase como metáfora, soy mal amo de casa y voy al súper menos de lo que debería).

Era un círculo vicioso, porque con mi ‘docilidad’ estaba contribuyendo a que esa dinámica se perpetuara. Sin embargo, llegó un día en el que decidí vencer el miedo y señalar los comportamientos que consideraba injustos, a responder a las palabras necias, a los comentarios destinados a socavar mi autoestima y mi seguridad. Fue entonces cuando me empecé a sentir mejor y más fuerte. Una sensación a día de hoy duradera y afianzada.

¿Qué ocurrió? Me despidieron y de esta forma me dieron la oportunidad de reinventarme, de crear una casa vital con unos cimientos más sólidos. Dejé de tener ansiedad cada vez que sonaba el teléfono, ya no acumulaba ira ni el resto de las parcelas de mi existencia estaban contaminadas por un malestar insidioso que crecía exponencialmente.

En mi cabeza senté un precedente: habrá cosas por las que no volverá a pasar. Ahora dependo mucho más de mí mismo que de los demás y me permito el lujo de escribir un artículo como este, sin rencor, entre recuerdos cada vez más difusos sobre situaciones desagradables, en paz conmigo mismo. Incluso, aunque no soy creyente, arropado por la fuerza redentora del perdón, que es muy terapéutico. Y comienzo este blog con la intención de compartir con los demás conclusiones a las que he llegado  a punto de cumplir los 45, que, quizás, sirvan para coger atajos en lugar de dar vueltas a caminos que solo tienen una salida.

Evalúa tu situación

Sé que no todo el mundo puede permitirse el lujo de perder un trabajo, por eso hay que medir bien las fuerzas y ser consciente de las posibilidades y necesidades de cada uno. En mi caso pude hacerlo, no tengo hijos ni hipoteca, y soy muy afortunado por no depender de grandes lujos ni vicios costosos. Soy feliz como perdiz con un libro y un refresco, dando un paso o yendo a un museo. No necesito ropas de grandes firmas (llevo un polo de Primark como si fuera de Prada) ni muero por ir en yate, aunque no por eso dejo de ser hedonista ni ambicioso. La pasta (en las dos acepciones de la palabra) me gusta y se me ocurren muchas maneras de disfrutarla.

Igual hacer frente a un jefe cuando tu subsistencia depende de que mueva un dedo no es la manera más inteligente de gestionar tu situación, pero sí hay pequeños logros cotidianos, en todos los ámbitos, en los que avanzar. Ni Roma se construyó en un día ni tú vas a conseguir de la noche a la mañana cambios espectaculares y transformadores como los que prometen la mayoría de libros de autoayuda, pero sí puedes ir mejorando para que el discurrir de tus días sea más placentero  y menos oneroso.

Cuando menos te lo esperes, te habrás dado cuenta de que la vida es bella (e hija de puta, pero veamos el vaso medio lleno) y que no hay tiempo perdido sino empleado de manera diferente. Es precisamente el tiempo nuestro bien más democrático, no se puede comprar ni vender, así que debemos exprimirlo en nuestro beneficio y vencer el miedo a vivir.