El peligro de los extremismos


Hace mucho tiempo decidí que no iba ni  a hablar ni a escribir de política, pero es una promesa muy difícil de cumplir, habida cuenta del peligro de los extremismos, que ya campan a sus anchas. Te pongas como te pongas, cada paso que damos lleva una ideología detrás. Las acciones no están exentas de valores ni tampoco las palabras.

De hecho, las hay tan dañinas que se te clavan como aguijones o emponzoñan sociedades como enfermedades insidiosas y silenciosas que te llevan al otro barrio antes de que tiempo a ir al médico.

El auge de los partidos xenófobos

Leo con estupor estos días noticias que me inquietan, que me hacen creer que una vida peor está al doblar la esquina. En un mundo en el que los recursos se concentran cada vez en menos manos, los que van bajando peldaños en la escalera social comienzan a ver a los que están en una peor situación que la suya como un peligro, cuando la amenaza real viene de arriba.

Esa es la explicación del auge de los extremismos, que buscan en lo peor de la naturaleza humana para echar raíces. Es entonces, cuando las cosas no van de cara, cuando se empieza a buscar chivos expiatorios y se apela a las esencias nacionales para excluir a los demás del pastel que queda, cada vez más pequeño.

El enemigo equivocado

De lo que no se dan cuenta los votantes irritados, desmoralizados y furiosos que acaban optando por estos partidos envenenados, es que son esos mismos líderes los que van a seguir apretándoles las clavijas y privándoles de derechos, no los inmigrantes que sí, en ocasiones causan problemas, como los causa también el producto interior bruto, perdonadme esta metáfora tan facilona.

Las sociedades siempre serán mestizas (afortunadamente), le pese a quien le pese, y la pureza racial es una quimera tan absurda como pretender que todos tengamos un pensamiento único, nos vistamos igual y nos comportemos de igual manera, según las normas que nos dicta alguien que se erige en portador de las esencias, del bien y del mal.

Aprender de los errores del pasado

Siempre espera uno que se imponga la cordura y que los tejidos sociales enfermos acaben por sanar, pero la historia es cíclica y los errores se repiten, una y otra vez. Lo que ocurrió con Hitler está regresando de una manera más larvada y, por lo tanto, más peligrosa.

Y tal vez llegue el día, ojalá no, en el que nos llevemos las manos a la cabeza y no la encontremos porque la habremos perdido.

Aún estamos a tiempo de no caer en tentaciones que no son otra cosa que lanzarse al abismo.