El peligro de mantener vivos a los muertos


El Día de Todos los Santos se presta a la reflexión, a la nostalgia y al recuerdo de los que ya no están. Es un buen momento para echar de menos a quien ya no se tiene y para dar gracias por haber pasado página a los momentos terribles: la enfermedad, el deterioro, la pérdida de falcultades… Aun así, debemos ser conscientes del peligro de mantener vivos a los muertos en nuestra mente.

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Muchos se sorprenden cuando digo que he vivido mucho, que si cuando era un adolescente me hubieran hecho firmar por un 10% de las vivencias que he acumulado no lo hubiera dudado un instante: me hubiera conformado con eso. En mi juventud mis expectativas no eran muy altas y, además, tampoco he sido alguien capaz de imaginarse a sí mismo logrando objetivos concretos.

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La vida me ha maltratado en ocasiones, otras me ha consentido y las más frecuentes le he sido indiferente, los días han pasado, sin dejar huella, como hojas de calendario al viento. Pese a todo, no puedo sino dar gracias no solo por lo que ya dejé atrás, para bien o para mal, sino por estar aquí para contarlo. Y para reinterprertarlo en claves distintas, porque madurar es poner las cosas en su sitio, darles su justa dimensión y saber cribar entre lo que te regocija y lo que te perturba.

Un gran error a evitar

Tenemos mucha tendencia a sublimar a los muertos, quizás por la educación que hemos recibido, tendemos a perdonar o incluso a reescribir la historia. Es terapéutico el perdón y, en ocasiones, el olvido, pero tampoco hay que recurrir en exceso a los paños calientes. Si así lo hiciéramos, acabaríamos repitiendo los mismos errores. Acabaríamos en manos de personas similares a las que no fueron convenientes para nosotros.

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Por suerte, a veces la muerte nos hace el favor de quitarnos de en medio a personas que nos han dañado. Sin que esto signifique les hayamos deseado su final, pero es así: ha sido liberadora. La vida es democrática, para los bondadosos y para los malvados, todos vamos a seguir el mismo camino.

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Por poner un ejemplo, recuerdo que una famosa a quien entrevistó una amiga mía hace unos años le confesó que su madre había empezado a ser feliz el día que su padre había muerto, que se había liberado por fin de su carga, después de haber estado soportando durante su matrimonio infidelidades, desplantes y desaires.

El recuerdo reparador

Honrar la memoria de los generosos, los que trajeron luz a la oscuridad, los que te dieron su amor a cambio de nada, debe hacerse con alegría. Porque estuvieron, se entregaron, disfrutaron contigo. Suerte que tuviste de que la genética o el azar los pusiera en tu camino. Y si fallecieron demasiado pronto hay que pensar que su tiempo fue de calidad, que estaba acotado y poco más se podía hacer.

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En cuanto a los déspotas, los tiranos, los que sembraron el odio, que descansen también, pero lejos de ti, de tus recuerdos. No es conveniente en estos casos el revisionismo, el tratar de darles un lugar que no les correspondía, como tampoco lo es regocijarse en el dolor que causaron. Lo pasado pasado está.

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En mi caso, los malos recuerdos son como una prenda antigua olvidada en un altillo. Algún día puede que la encuentres por casualidad, pero no la prestarás ninguna atención. La volverás a dejar donde estaba, sin que haya removido nada en tu interior. O tal vez acabe en la basura, que es una manera aún más drástica de deshacerte de ella.

Por eso estas líneas no son nostálgicas, aunque sí pueden servir para rendir un pequeño homenaje a aquellos de los que me sigo acordando en mi día a día, porque, de alguna forma, quien fue importante para ti no se acaba de ir del todo…