Eurovisión: a ver si se nos cae la venda de una vez


Fui eurofan cuando la palabra no se había inventado y dejé de serlo cuando me di cuenta de que Eurovisión tiene la misma premisa que ‘El ángel exterminador’, una de las mejores películas de la etapa mexicana de Luis Buñuel, en la que un grupo de personas están en una fiesta y cada vez que intentan salir de la casa hay algo que se lo impide. De tal forma que entran en una espiral de degradación física y moral, al ser incapaces de escapar de un bucle como el del festival que tanto amé y al que miro con indiferencia, porque jamás duró una flor dos primaveras.

Una buena metáfora para una delegación, la española, que es capaz de mandar a pseudoadolescentes que hacen gallos bajo la sombra del tongo y de tablas de surf virtuales, chikilicuatres que se ríen del certamen, puestas en escena propias de fiesta de fin de curso, estilismos de segundo mundo y efectos de magia que convierten a Juan Tamariz en un alumno aventajado de David Copperfield.

Dos ‘top ten’

Todos los años seguimos un protocolo idéntico. Se elige a un representante, generalmente con polémica, porque Eurovisión no somos todos. O mejor dicho, no todos somos la misma Eurovisión. Luego se nos pasa la bajona y nos entra una especie de síndrome de Estocolmo con nuestro representante. Lo que nos parecía fatal, empieza a ser resultón y cuando llega el gran día estamos convencidos de que o vamos a ganar o como poco quedar entre los diez primeros. Algo que, por cierto, solo han conseguido Pastora Soler y Ruth Lorenzo en los últimos diez años. En síntesis, como esa noche de ligue en la que te vas bajando el listón. O como Aldonza Lorenzo se convertía en Dulcinea del Toboso en las ensoñaciones de Don Quijote. Apreciar belleza en la fealdad de las cosas (o algo parecido).

Las eternas candidatas

Ya digo que cada año es el mismo ritual y el resultado suele ser casi idéntico. Acabamos en la parte baja de la tabla y con la sensación de que no volveremos a ganar. Luego, ya resacosos y con un optimismo antropológico que emerge sin venir a cuento empiezan las teorías conspiratorias, las hipótesis descabelladas, los planes para hacerlo mejor al año siguiente, las quinielas de artistas. Que si Marta Sánchez, que no quiere ir. Que si Mónica Naranjo, que tampoco. Que vuelva Ruth Lorenzo. Y así ad infinitum.

Este año Miki va a quedar fatal. Ya os lo digo yo. No por demérito suyo sino porque su propuesta es como si ambientáramos una boda con una marcha fúnebre y en un funeral sonara una canción de Abba. Que no sería ni la primera vez ni la última, pero que no esperen oro de lo que es hojalata. ‘La venda’ no está mal para una medio tajada a las cinco de la mañana en un pub o en una despedida de soltera en la que ya ha actuado el stripper y las orejas de conejo de las diademas de las invitadas están lacias como las posibilidades de llevarse algo decente a casa con quien amanecer.

La actuación de Madonna

Seguramente acabaré viendo la gran final, porque es más difícil salir de la costumbre que de las drogas, pero ni la estrategia de folclórica antigua de Madonna con su actuación (que si firmo, que si no firmo) ni las actuaciones «Cirque du Soleil» de algunos representantes que he visto de soslayo me seducen más que una película iraní de los 90. Aún así, Eurovisión siempre es una siesta.

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Mientras tanto, me pondré el nuevo disco de Salvador Sobral, que él sí sabe cantar. Y con gusto.