Familiares y amigos tóxicos: sal huyendo cuanto antes


Quién no ha tenido alguna vez a alguien para el que has pasado miles de horas al teléfono, has hecho millones de favores o has sido su paño de lágrimas y, cuando tú lo has necesitado, no te ha tendido la mano que ni siquiera habías pedido. Familiares y amigos tóxicos que te han dejado plantado con tus mejores galas cinco minutos antes de que empezara la fiesta…

Son experiencias muy comunes y, para no ir de Santa Teresa por la vida, diré que también yo he sido ingrato en ocasiones. Porque si alguien no me ha interesado he salido huyendo, quizás no de forma brusca, pero sí premeditada. Tiempo que pierdes con una persona que no te aporta nada o te incomoda, tiempo que no recuperarás. Una máxima que aplico con mayor rigor conforme voy envejeciendo.

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En este último año ha habido muchos cambios en mi vida, perdí un trabajo después de más de veinte, encontré otro a la semana siguiente, terminé unas obras que me pusieron al filo de la resistencia psíquica y a las pocas semanas mi barrio en Madrid, Lavapiés, se convirtió en una campo de batalla, en el que ardieron edificios, se destrozaron coches y se intentó manipular a la opinión pública disfrazándolo de un conflicto racial que no era tal.

Amigos de verdad

Durante esos meses, hubo personas que me arroparon, estuvieron pendientes de mí y me regalaron su tiempo, que a veces era escaso para ellos, quizás porque tenían trabajos muy absorbentes o familias a las que atender.

Sin embargo, hubo otros que desaparecieron como cucarachas al encender la luz. No fueron muchos, pero sí hubo un caso que fue doloroso, pues esa persona me decía que yo era ‘como familia’ (el ‘como’ suele ser un comodín para contradecir la palabra a la que precede).

Este artículo no es una vendetta ni voy a dar ninguna pista para que quienes me conocéis podáis sacar ninguna conclusión. Y si lo escribo es para cerrar un capítulo que necesita ser verbalizado.

smart phone
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Solo os diré que cuando tengáis a alguien que monopoliza el 90 % de las conversaciones, que solo habla de sí mismo y que cuando intentáis meter baza generalmente te resulta casi imposible, seáis conscientes de ello. Son indicios de que hay algo asimétrico en esa relación (y no es la fibra óptica) y que, si está en vuestra mano, hagáis lo posible porque sea más equilibrada. Si no da resultado, salid corriendo.

¿Víctimas o verdugos?

Tened en cuenta también que cuando alguien siempre es víctima de los demás es muy probable que sea verdugo, que si un individuo vive instalado en la crispación es muy posible que ese malestar emane de su interior y no de las circunstancias externas. Que si pone verde a los que le rodean es muy plausible que haga lo mismo contigo.

Quien encuentra conflictos en cualquier pequeñez es inequívocamente conflictivo, quien pasa del llanto a la risa, del odio al amor en cuestión de horas, seguramente sea incapaz de querer a los demás. Quien juzga severamente a los otros, pero luego recurre a ellos cuando los necesita, no es generoso aunque se defina como tal.

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No me gusta el término ‘tóxico’, porque ya está muy manido, pero sí creo que hay que huir de quienes son la medida de todas las cosas, el centro del universo, los que te quieren de satélite, de palmero, porque el día que ya no les sirvas no estarán ahí para ti.

No son demasiadas las ocasiones en las que me ha pasado esto y, en muchos casos, las amistades van evolucionando, como los amores, de la intensidad del principio a la indiferencia con el paso de los años. Nada que objetar en esas circunstancias.

Es normal que nuestras constantes vitales y emocionales cambien y que amigos que fueron cruciales dejen de serlo porque todo fluye y se trasforma, pero cuando te modifican las reglas del juego de un día para otro eso es traición. Y, aunque el perdón es terapéutico, cuando un jarrón se rompe, por mucho que lo recompongas y apenas sean perceptibles las junturas no volverá a ser el mismo.