Isabel Pantoja y Javier Marías, dos ejemplos de amargura perenne


Uno se da cuenta de que envejece cuando sus ídolos, que generalmente eran unos años mayores que tú, se convierten en ancianos. O cuando ideas que te parecían razonables acaban rezumando resentimiento y añoranza de un mundo que no siempre fue mejor. Me refiero a esos escritores avinagrados, que algunos han dado en llamar ‘pollaviejas’, que parecen estar en este planeta para quejarse y vivir instalados en una amargura perenne.

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Hace mucho que dejé de leer a articulistas como Javier Marías, quien parece estar instalado en el epicentro del apocalipsis, o a Arturo Pérez Reverte, cuyas columnas parecen disparos sin tino de un spaghetti-western. No tienen, a mi entender, una visión de las cosas constructiva ni vitalista y ofrecen a sus lectores fórmulas que les ponen veinte años encima.

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En mi día a día intento apartarme de esos individuos que si llueve porque llueve y si hace calor porque hace calor. De esos vampiros energéticos que nunca están suficientemente saciados de calamidades. Como aquella canción de ‘Ojete Calor’, ‘Qué bien tan mal’, en la que una señora necesita que le vaya de pena para tener algo de lo que hablar.

Envejecer mentalmente

No sé si será que me pilla sin energías o sin paciencia, pero espanto como a moscas a los que me tiran para abajo, a los que me hacen creer que un mundo peor es aún posible y los que buscan achaques de los que hablar para convertirse en ancianos de forma prematura, de los que buscan los defectos de su cuerpo como metáfora de su decadencia intelectual y moral.

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Cada vez tengo menos aguante con los que buscan el cariño a través de la lástima, los que socializan verbalizando el malestar porque no han descubierto el hedonismo, y los masoquistas vocacionales. Son muy peligrosos, como perros de presa, que no te sueltan una vez te tienen pillado por el cuello.

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Poner un toque de frivolidad a la vida es un analgésico imprescindible, porque no hay necesidad de echarte el peso de la humanidad sobre la espalda, que es lo que me decía una vez Isabel Coixet que le pasaba cuando se ponía a escribir un guión. Por eso le salían historias tan tremebundas, que a mí me dejaban con muy mal cuerpo.

Ahora parece haber descubierto otros caminos en en ‘The Book Shop’, una pequeña y precisa historia de superación de una mujer que lucha por abrir una librería en un pequeño pueblo por amor a la literatura.

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El caso Pantoja

Si hay una figura pública que ejemplifica todo esto es Isabel Pantoja, a quien siempre parece irle mal. Cuando acaba con un conflicto empieza con otro. Y a veces hasta se le solapan. Es como un luto permanente que la cubre el pecho, como un resfriado que se queda a vivir todo el invierno.

Por alguna extraña razón (o quizás no tan extraña, ‘el dinero’), su nombre es arrastrado por el fango en las televisiones, algunos de sus familiares mantienen activos conflictos artificiales y parece siempre a la defensiva, como si esperara recibir un golpe dialéctico en cualquier momento.

El optimismo es fundamental

Me cuesta encontrar imágenes felices de esta mujer que cantaba estar cansada de ‘llevar esta estrella que pesa tanto» y, por el motivo que sea, en lugar de atraer los cañones de luz hacia su persona tiene como un imán para las desgracias, las penurias y los malos augurios. Y seguramente en la intimidad será muy divertida, en el escenario mueve divinamente la bata de cola y es una artista con un carisma arrollador. Es más, tiene un club de fans que sería capaz de ‘pedir limosna, de materme y de matar’, como ella misma cantaba.

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Qué contraste con una Lolita Flores, que se autoparodia en ‘Tu cara me suena’, o tantas personas anónimas que, como aconsejaba su madre, Lola Flores, dan por cada desengaño una sonrisa. Esas son las que tenéis que buscar, a las que os tenéis que aferrar. Porque la suerte ejerce un efecto llamada sobre la fortuna, así como el infortunio se alimenta de aquellos a los que parece gustarles vivir aferrados al lado oscuro de la vida.


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