La persona que nunca seremos


Hace un par de años tuve una pequeña crisis de identidad. No me reconocía en el cuerpo de señor que se me estaba poniendo y me entristecía constatar que el tiempo es inexorable. Era como cuando mi perro Dylan se tiraba a la yugular de cualquier macho que se le cruzaba por la calle, porque él se sentía un rotweiller aunque era un yorkshire. Por suerte, me tenía ahí a mí para tirar de la correa si la cosa se podía poner fea y, en la mayoría de los casos, sus rivales le desestimaban al parecerles insignificante.

A veces, cuando me miro en el espejo, trato de encontrar signos de una juventud que se me escapa día a día, pero cada vez lo hago con menos frecuencia. Ya ha dejado de molestarme también que me llamen ‘señor’ o de usted y he asumido que con 46 años me encuentro en lo que antes se llamaba ‘mediana edad’. Un segmento de población que ni es joven ni viejo y que se mueve entre los dos mundos en el que empiezo a sentirme muy cómodo, porque me veo capacitado y autorizado para ser menos diplomático, procrastinador e indulgente conmigo mismo.

Es en esta edad cuando de alguna manera tirar la toalla es muy liberador. No eres la persona que te habías imaginado o la que te hubiera gustado ser, pero, quizás, has superado muchas de tus expectativas y no eres consciente de ello. Es en ese momento cuando te das cuenta que estás a gusto en tu piel, cuando dejan de quitarte el sueño objetivos que incluso ahora te parecen ridículos y hace algunos años imprescindibles.

Cada persona es un mundo, pero creo que muchos tenemos en común haber vivido un proceso similar sin tener que pasar por experiencias traumáticas para valorar lo que es esencial y saber purgar lo superfluo. Aunque pueda parecer lo contrario, no hay en mí ni pizca de estoicismo ni resignación. Sino de aceptación, de no oponer resistencia a lo que me ocurre y a lo que está por venir. Y aún así aspiro a vivir cada vez mejor y a superarme en todas las facetas, también la profesional.

En unas circunstancias tan complejas como las actuales, se ha convertido en un lujo una vivienda en propiedad o llenar la nevera, tener un trabajo y que te alcance para pagar todas las facturas. En paralelo, la libertad sexual es infinitamente mayor a la que disfrutábamos en mi adolescencia y los avances tecnológicos nos permiten superar obstáculos que antes parecían ciencia ficción. Por eso es tan importante no ser muy severo con uno mismo y ser consciente de tus logros, tengas la edad que tengas. Y hacer un diagnóstico adecuado de lo que te rodea para jugar tus cartas lo mejor posible.

Lo que he perdido en frescura, lo he ganado en madurez y serenidad, en paciencia y en mesura. Sin embargo, se me ilumina la mirada cuando veo a jóvenes comerse a besos en las calles, pasear lozanía, hacer las locuras que nunca me atreví, escuchar su sabiduría natural, su espontaneidad. Sé que ellos también sueñan con ser una persona que seguramente no acabarán siendo y sufrirán frustraciones muy similares a las mías cuando tenía su edad. Porque no somos tan únicos como nos creíamos ni tan especiales. Nuestra esencia es muy similar y es muy enriquecedor hacer el ejercicio de verte en ellos y mirarte en los que son mayores que tú porque es en lo que te acabarás convirtiendo.