La sinceridad está sobrevalorada: ¿por qué no siempre hay que decir la verdad?


Siempre he huido de los que hablan con verdades como puños, de los que se vanaglorian de ir de frente, de los que esgrimen la certeza como arma arrojadiza. Suelen ser individuos sin sentido del humor y que jamás permitirían que les dijeras a la cara lo que piensas de ellos, aunque tengan la osadía de amargarte el día con frases que cortan como el canto de una hoja de papel.

La diplomacia se inventó por algo y es la única herramienta para sobrevivir en un mundo en el que solo las mentiras piadosas hacen que sea tolerable y merezca la pena ser vivido.

Bienvenidos los halagadores

Si no le pusiéramos literatura a las cosas o sentido del humor, si nos quedáramos solo en la esfera de la literalidad correríamos todos a tirarnos desde un puente. Así que… ¿cómo me va a venir bien que me digan que he engordado o que una camiseta me hace lorza? ¡Tus muertos!

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Es mejor ser Norma Desmond, aquella actriz desquiciada de ‘El crepúsculo de los dioses’ que creía que su carrera iba a repuntar y seguía siendo idolatrada, que la protagonista de una película del neorrealismo italiano, ajada, despelujada, vestida con harapos y luchando por sobrevivir entre los escombros de su realidad.

Agradezco mucho los cumplidos falsos, las medias verdades, los halagos hiperbólicos, porque, como no soy vanidoso, nadie va a conseguir nada de mí por ese camino, y no corro el riesgo de ser manipulado. Sin embargo, quien me ponga delante de un espejo que no sea como los que te deforman en el callejón del Gato de Madrid, me va a encontrar… Porque sí, parafraseando a Lola Flores: «Yo mis mentiras las convierto en verdad».

Vivir en la mentira

Necesitamos que nos adornen, nos hagan creer que el vaso está medio lleno, que siempre hay un camino, aunque estemos al borde de un precipicio. Vivir engañado, siendo consciente de ello, es un placer que debemos permitirnos todos.

En una entrevista, este fin de semana Lolita Flores (cuánta sabiduría en una misma familia) decía con aplastante sentido común que no tenía casa en propiedad y que a sus 60 años no estaba dispuesta  a ponerse a pagar una hipoteca, puesto que ni siquiera sabía cuánto le podía quedar sobre la faz de la tierra.

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A veces, sin darnos cuenta, nos hipotecamos de forma metafórica, asumimos obligaciones que no son necesarias y nos aferramos al lado feo de la cotidianidad. Cuando en verdad soñar es gratis,  mirar hacia otro lado solo requiere un pequeño giro de cabeza, y ‘ya lo pensaré mañana’, aquella emblemática frase de Scarletrt O’Hara en ‘Lo que el viento se llevó’, es el mejor consejo cinematográfico de todos los tiempos.

Huye de la verdad

Abrazar ‘la religión verdadera’ genera angustia, incertidumbre, miedo, mientras que el cuento de la lechera nos empuja a salir adelante, a creer que nuestras metas son factibles. Si luego nos damos una hostia, pues nos levantaremos, porque es inevitable acabar con heridas de guerra.

Así que, avisados estáis, no me vengáis con que sois muy sinceros, porque no se lleva nada. Amigas, hay que cuidarse. Ya lo decía Concha Velasco hace muchos años. Y eso es lo que hago, huir de los necios, los agoreros y los que te roban la energía como quien desvalija un gallinero.

¡Viva la ‘risity!