Lo que espero del discurso del rey Felipe


Este es el primero en muchos años en que no voy a tener que estar pendiente de si el rey Felipe lleva una corbata de un color, si hay una flor de Pascua a los lados de su silla o dejarme los ojos para discernir si en una estantería se ha posado como casualmente un portarretratos con los reyes eméritos para hacer una exégesis de por qué esa imagen y no otra. En esta ocasión no me toca trabajar así que me atragantaré a gusto con los turrones mientras intento desentrañar su mensaje. Si no estoy a otra cosa, que también puede pasar, porque hace mucho tiempo que los discursos han dejado de interesarme y me fijo mucho más en los hechos. para forjarme mis opiniones.

Monarquía o república

No soy ni monárquico ni republicano. No me levanto cada mañana pensando en que hay que echar del palacio de la Zarzuela a Felipe y Letizia, con sus hijas, y fletarles un avión con destino a Lisboa ni les visualizo envejeciendo en el casino de Estoril. dejándose los cuartos en la ruleta o echando unas partidas de póker. Tampoco les deseo ni mal ni bien, me son indiferentes, como la mayoría de los políticos. Y eso es lo peor que se puede pensar de alguien, que te de igual si viene o si va, si fue o si regresa.

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Hace tanto tiempo que dejé de creer en las instituciones y en los que me representan que mientras no vea que mi país progresa, que la gente tenga para llenar la nevera, que se respetan las distintas identidades, que te dejan llevar tu sexualidad como quieras y no tengas que estar agazapado por si un día partidos elegidos democráticamente (porque se les ha dado su lugar y se les ha blanqueado, porque les han permitido ser) deciden de repente que no tienes derechos, lo que digan el rey Felipe o Pedro Sánchez o Pablo Iglesias o Albert Rivera me es indiferente. Y a ese otro señor tan emergente no le voy a mencionar para no hacerle publicidad, que para eso ya tiene a toreros y humoristas de segunda categoría. O de cuarta.

España no va bien

Porque, cariños míos, yo no percibo que mi país progrese, no observo a la gente con esperanza, con ilusión por crecer, por sacarse un Master para prosperar porque ya se han encargado otros no solo de quitarles su valor sino también de que no sirvan para nada. No. Veo a personas con miedo a perder sus trabajos, otros desesperados porque no encuentran uno, la mayoría porque se desloman y no ganan ni para llevar una vida de clase media, enjambres de seres humanos (una expresión cuyo significado no deberíamos perder de vista) que se han quedado sin nada haciendo fila para que les den de desayunar en un albergue, ancianos que no tienen calefacción porque no se la pueden permitir, niños mal alimentados porque a sus padres no les alcanza para que puedan crecer sanos y fuertes.

Y sí, me diréis que los centros comerciales están hasta arriba, que es imposible encontrar mesa en un restaurante, que la gente está haciendo compras como si no hubiera un mañana, pero eso no es más que un decorado como el árbol iluminado de la puerta del Sol de Madrid. Eso solo fulgor falso, un espejismo, una minoría que hace ruido, pero hay otros que en silencio van languideciendo, quedándose sin nada y que si se echaran a las calles en masa sería peor que ‘Ensayo sobre la ceguera’ de José Saramago, más dramático que ‘Los 400 golpes’ de Truffaut, más triste que una novela de Dickens. Pero, claro, la gente es más cívica de lo que nos quieren hacer creer. La minoría es violenta y la inmensa mayoría resilente, estoica, y espera, espera, espera… Y desespera, porque los milagros no existen y por mucho que nos encomendemos a las vírgenes, sin honradez, voluntad de gobernar para todos, empatía, solidaridad y respeto, pocas cosas van a cambiar.

No me olvido de lo que hay fuera de aquí, porque hoy toca hablar de España. Hay miles de compatriotas a los que la vida se les va entre quebraderos de cabeza por no poder pagar las facturas, porque pierden sus viviendas, porque sus pensiones no les dan para alimentar a varias generaciones de una misma familia y van llegando otros que inician un nuevo ciclo en el que las expectativas son las mismas, como en un maquiavélico argumento de Kafka o como en ‘El ángel exterminador’ de Buñuel, que por más que intentas salir de tu situación siempre hay algo que te lo impide.

Feliz Navidad

Así que lo que espero del discurso del rey Felipe de mañana es que no diga cosas como que la justicia es igual para todos, que España va bien, que somos un país de futuro y esas frases vacuas y supuestamente aleccionadoras que a veces escriben los asesores, que pulen las aristas de las palabras para que sean inocuas, para que nadie caiga en la tentación de cortarse el cuello con ellas. Por cierto que el otro día leí que el suicidio ha superado a los accidentes de tráfico como causas de mortandad en nuestra queridísima piel de toro. Por si alguien quiere sumar dos y dos y le salen veintidós.

Lo único que me preocupa de su intervención televisada es que el rey Felipe que escoja una corbata bonita, que mire bien a cámara, que no le salga ningún gallo como a Manel Navarro en Eurovisión y que pase una feliz Navidad. Él, que puede. No todos tienen esa suerte.

Ojalá en 2019 os escriba unas líneas más optimistas y las cosas hayan empezado a cambiar para mejor. Porque en el fondo, lo que estoy deseando decir es vivan mis políticos, viva mi rey, como querría Pablo Casado, aunque no sea monárquico, y viva España. Pero de momento, lo siento, no me sale.