Lolita Flores: el triunfo de la verdad, su verdad


Cuando yo tenía cuatro años, Lolita lanzó ‘Amor amor‘. Han pasado cuatro décadas y ni soy la misma persona ni ella tampoco. En mi infancia, cuando mis gustos eran viscerales e intuitivos, porque no tenía cultura de ningún tipo ni me había formado un criterio sobre las cosas, me fascinaban su madre y su manera hipnótica de estar en un escenario, pero ella me pasaba inadvertida. Era lógico, porque, ante un torbellino de colores, cuya bata de cola hacía sombra a cualquiera que se pusiera a su lado, resultaba difícil destacar.

Los años fueron pasando y, aunque la fascinación por La Faraona no mermó, sí fui tomando consciencia de que sus tres hijos eran grandes artistas también. Ya se encargaba ella misma de decirlo en las entrevistas y era criticada a veces por eso, pero no era amor de madre sino sabiduría de una mujer que había actuado con los más grandes y había estado siempre rodeada de talento. El tiempo le dio la razón a Lola Flores, porque los tres triunfaron, aunque sus ‘timings’ fueron muy distintos.

El pelazo de Antonio Flores

Yo, que siempre tuve un pelo feísimo (ahora que estoy calvo no lo echo para nada de menos), me quedaba fascinado con la larga y sedosa melena negro azabache de Antonio Flores, que se mecía mientras cantaba el que acabó convirtiéndose en el himno de la familia, ‘No dudaría’, y Rosario aparecía en algunas películas que no me atrevía a alquilar en el videoclub, porque no eran para todos los públicos. Me acuerdo en especial de ‘Calé’, que rodó junto a Mónica Randall, y ‘Colegas’, en la que también intervenía Antonio, que vi muchos años más tarde.

Lolita era para mí un personaje de revistas del corazón, que ojeaba en el dentista o en casa de algún familiar (sin saber que acabaría trabajando más de veinte años para una de ellas), pero su figura como artista quedaba desdibujaba por esa faceta que le dio de comer en las vacas flacas. Algo que le perjudicó a nivel artístico porque en aquel entonces nuestro umbral para juzgar y escandalizarse era mucho más bajo que ahora: sus exclusivas eran como películas Walt Disney al lado de lo que se emite hoy en televisión y que consumimos con naturalidad.

Rosario, de actriz a cantante

De repente, Rosario sacó un disco, ‘De ley’, que compré en una cassette sin saber muy bien lo que esperar y cuando me quise dar cuenta la había machacado de tanto escucharla y tuve que adquirir una segunda copia, en esta ocasión en vinilo. Por suerte, a su madre, que falleció tres años más tarde, le dio tiempo a verla convertida en una estrella, porque la cantante era, según sus propias palabras, «como yo con veinte años».

Junto a Lina Morgan

Y a todo esto, su hermana mayor seguía ahí, sacando discos que no acababan de despuntar y trabajando en televisión, con su madre, y más tarde en ‘Hostal Royal Manzanares’ con Lina Morgan, donde se autoparodiaba y su personaje, Juncal, afirmaba que Lolita era mucho más sosa que su hermana Rosario. En el fondo era el sentir de muchos, que no acababan de ubicarla, y ella, con sentido del humor, asumía que, tal vez, tenía que seguir peleando para que llegase su momento.

Años más tarde, fui a hacerle un reportaje a ‘El Lerele’, con un fotógrafo que no atravesaba su mejor momento económico y por quien ella había aceptado posar para la revista para la que entonces trabajaba porque quería ayudarle con lo que cobrara por hacerlo. El dinero íntegro fue para él. Un gesto de generosidad como los que tenía su madre, porque, como dijo no hace tanto Juanito ‘El golosina’, «a su lado no se pasaban penas».

Y llegó su momento

Yo iba un poco asustado, porque tenía la sensación de que la artista tenía un carácter muy fuerte y me iba a dejar cuajado si alguna pregunta no le gustaba. Así se lo dije, nada más llegar, y Lolita Flores, que estaba muy resfriada y nos recibió en bata, me tranquilizó, divertida, preguntándome que si creía que tal como estaba me veía capaz de ‘comerse a nadie’.

Lolita ya había grabado ‘Somos novios’ junto a Armando Manzanero y estaba preparando el disco con el que comenzó un camino de no retorno hacia el éxito, ‘Lola, Lolita, Lola’, que incluía el emblemático ‘Sarandonga’, una canción de Compay Segundo que ya había versionado antes su padre, El Pescaílla.

La música, su primera profesión

Tras la muerte de su madre y la tan ponderada entrevista que concedió a ‘Informe Semanal’, Lolita Flores había pasado a tener voz, entidad y a ser escuchada, de repente ya no era ‘un volante de la bata de cola de Lola Flores’, sino alguien que merecía, como poco, una oportunidad. Logró varios discos de oro seguidos y no paró de trabajar desde entonces.

La música, sin embargo, se fue apartando de su vida, tras ‘Sigo caminando’, un disco producido por Javier Limón que no funcionó y que presentó en la sede de la SGAE de Madrid con la triste noticia de que El Fary acababa de fallecer esa misma mañana. Después llegó otro en directo, donde cantó con Malú, Pastora Soler y Melendi, entre otros. Y nunca más se supo, porque inexplicablemente, no tiene casa discográfica. Aunque eso sí, ella siempre será cantante.

Más tarde conseguiría su Goya por ‘Rencor’, que le entregó Javier Bardem en una noche de reivindicación contra la guerra de Irak en la que de tantos nervios casi le da un tabardillo. De repente, una industria en la que ella ha manifestado sentirse una intrusa, aunque ha demostrado de sobra que es una excelente actriz, le daba un reconocimiento mucho mayor que la canción, la otra profesión a la que le había dedicado casi toda su vida.

Éxito teatral

Hace unas semanas estuve en el Teatro de La Latina para verla convertida en una desgarradora ‘Fedra’, una obra que en su día ofrecieron a su madre, pero que Lola no llegó a hacer, así que de alguna manera también está cumpliendo los sueños de su progenitora, que se quedó con las ganas de haber puesto en escena ‘La rosa tatuada’ de Tennessee Williams.

Tras la función, gracias a mi amigo Manuel, que mantiene una relación de amistad con la artista desde hace algunos años, estuvimos hablando unos minutos sobre sus planes de futuro y el inminente nacimiento de su nieto, mientras repartía besos entre un público que ahora sí sabe apreciar su verdad, que ha acabado imponiéndose a las ideas preconcebidas que había sobre ella décadas atrás.

Su verdadero patrimonio

Lolita no tiene propiedades inmobiliarias, ni millones en el banco, pero sí un patrimonio mucho más importante que lo material, que va y viene: una familia unida y sólida, sin rencillas televisadas, unos hijos educados y responsables, y un nieto recién llegado.

Como artista cuenta con lo más importante, el favor del público, la mayor garantía de que el trabajo no le va a faltar. Y tampoco el cariño, que es una cosa que todos necesitamos, seas anónimo o tan famoso como ella desde el día que la parió su madre.