Los amigos que perdí


Como la Penélope de Serrat, sentada en el andén esperando a un amor de juventud y se acabó encontrando décadas más tarde a un señor mayor que no reconocía, algunas de nuestras amistades acaban mutando en extraños con los que hemos dejado de identificarnos. Igual que nosotros, en muchos casos, no acabamos respondiendo a lo que esperaban de nosotros. Con quince, con veinte años, he querido a gente de la que ahora saldría huyendo, y ahora me atraen unas cualidades que en esa época me habrían pasado inadvertidas.

Quizás un buen ejercicio para determinar si seguimos considerando a alguien amigo o no es si antes de levantar el teléfono o de concertar un encuentro pensamos un instante si lo estamos haciendo por inercia o porque nos apetece. Si la respuesta es la primera, se me ocurren dos opciones, dejar de hacerlo, que sería la más honesta, pero no necesariamente la más práctica, o quedar igualmente porque quizás se trate de un sentimiento pasajero de desidia o pereza. Todos tenemos esos días que no nos aguantamos a nosotros mismos, o épocas en las que estamos menos sociables y la otra parte no se merece nuestra indiferencia o desapego.

Otro escenario distinto se produce cuando uno de los dos es quien alimenta la relación y la otra se deja querer. ¿No os ha pasado que si dejáis de llamar vuestro teléfono no suena? Tengo al menos tres ejemplos en los últimos dos años, pero no deja de ser liberador cuando decides dejar que las cosas caigan por su propio peso en lugar de propiciarlas. Es entonces cuando te das cuenta de que esa persona no era en realidad tu amiga o, desde luego, no de tanta calidad como creías.

No me gusta dividir el mundo en buenos y malos, inocentes y culpables, porque las cosas se terminan. Sin más. Y es esa aceptación y no la ira lo que encuentro reconfortante. Liberadora, incluso. Porque igual que Marie Kondo pondría orden en tu armario y se desharía de casi todo hasta dejarlo convertido en un erial, tú también haces hueco para otras personas que estarían encantadas en estar ahí. Porque, ya me gustaría a mí que no fuera así, el tiempo y la capacidad de amar son limitadas. Si das tu afecto o tus horas libres a alguien que no lo merece te estás quedando sin recursos para otros que, además, los valorarían muchísimo

Yo tenía una amiga (hablo en pasado porque creo que hay situaciones de no retorno) que era casi una presencia constante en mi día a día, con la que viví momentos muy felices y otros no tanto. En mis prioridades estaba de las primeras porque ella, además, es madre separada y no tiene familia en Madrid. Cuando me presentaba a gente de su entorno era común que dijera que ‘Juanra es como familia’. Era ese ‘como’ la clave de la situación, al igual que cuando te dicen que algo es ‘como no nuevo’ no lo es en absoluto. Bien, pues ya no soy ni el ‘como’. No la culpo, faltaría más, de que haya decidido que ya no tengamos ninguna relación, y estoy convencido de que ella a mí tampoco. Simplemente, se nos rompió el amor de tanto usarlo.

La maravilla de las relaciones afectivas es que nacen, mueren y se reproducen. Nunca te quedas seco ni muerto por dentro, porque el corazón es un terreno fértil y a poco que lo cultives tendrás una mano que te ayude a levantarte si te caes, incluso hay que confiar en la bondad de los desconocidos. La vida es una puerta giratoria y, por suerte, en la mía entra gente nueva, regresan otros que por circunstancias dejé de tratar temporalmente y los retomo en el punto de partida, y otros llevan conmigo décadas. La clave está al final en no aferrarse a lo imposible, a lo que no tiene remedio, y, como la cornisa de mi edificio sobre la que oigo repiquetear la lluvia de esta mañana de enero, estar ahí para lo que quiera llegar, aguacero o sol. Un consejo: mendigar cariño te hace vulnerable y es pésimo para la autoestima.