Los malos recuerdos del futuro


Recordar es un trabajo. Y muy ingrato, porque tienes todas las de perder. Desde hace muchos años vienen a mi mente ráfagas de algunos seres queridos que murieron y en esos momentos me concentro en la búsqueda de matices que se van desvaneciendo con el paso del tiempo.

Intento en vano traer al presente sus voces, su olor, la textura de su piel, sus palabras. Son pequeños fogonazos que dan la impresión de ajustarse a la realidad, pero no puedo engañarme, es más lo que añado gracias a la imaginación que lo que queda de ellos. Reconstruyo desde el naufragio que acaba siendo la vida, pero mi torre de arena se cae una y otra vez. Al final, cuando la vuelvo a levantar es apenas unas ruinas, pero no desisto.

Son unos cuantos los que ya no están y se presentan de manera aleatoria y sin avisar. En general envueltos en nostalgia, sublimados y con un punto de tristeza que pronto se evapora, porque no se puede llorar eternamente por lo que no se puede recuperar. Mi tendencia natural es la alegría, la risa, lo banal y superficial, así que pronto vuelvo a ese punto de partida que es mi esencia. La diversión que queda en la superficie de esa estrella que pesa tanto y que todos debemos cargar con mayor o menor fortuna.

En plena pandemia, los cimientos de lo tangible y lo intangible se tambalean. Son muchas las incertidumbres y pocas las certezas, pero tengo un propósito claro: no quiero generar recuerdos cargados de culpabilidad. Por eso, sin caer en la neurosis, extremo las medidas de seguridad cuando estoy con algún ser querido. Soy cuidadoso más por mí que por ellos, porque me da más miedo perderles que enfermarme. Y para que todos sigamos creyendo en la bondad de los desconocidos, también guardo las distancias cuando salgo a la calle o, ahora que estoy en Torremolinos una temporada, cuando bajo a la playa con las memorias de Woody Allen, que llevo arrastrando desde hace dos semanas porque no acaban de engancharme.

Ayer por la tarde, no había un centímetro cuadrado sin toallas ni sombrillas. Nadie que viera esas imágenes, qué se yo, dentro de diez años, podría creer que estamos en agosto de 2020, en medio de nuestra guerra mundial, de nuestro meteorito que ha impactado en el corazón del planeta. Elegid vosotros la comparación o la metáfora.

Grupos de individuos charlaban, se abrazaban, reían y estaban vigilantes por si llegaba la policía, como así fue. Más preocupados por las multas que por su salud individual y colectiva. Yo seguí caminando por la orilla y pensaba si algún día tendrán algo de lo que arrepentirse, ojalá no. Si en el futuro, cuando echen la vista atrás, se les empañará la mirada porque quizás por su inconsciencia o su estupidez estarán como yo, buscando retazos de las personas a las que quisieron entre las brumas de la desmemoria. En su caso porque un virus se las llevó por delante.


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