Madonna somos todos (o lo seremos algún día)


Ni me ha gustado ‘Medellín’ ni su videoclip. Madonna está en horas bajas a nivel artístico. O al menos esa es la conclusión que saco del primer sencillo de su disco, ‘Madame X’ que publicará en junio. Mis expectativas, visto lo visto, son muy bajas, por lo que no me decepcionaré. Sea como sea.

Al margen de mis gustos personales o de que una canción pueda ser fallida, como me parece este caso, no pudo negarle a Madonna el mérito de la osadía. La capacidad de que opinar que lo piensen los demás está de más. Que ella no se baja mentalmente de sus tacones y que la transgresión máxima, como ha declarado en alguna ocasión, es que sigue estando aquí. Como Isabel Pantoja, solo que en su caso no le hace falta tirarse de un helicóptero para seguir siendo relevante.

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Los de mi generación y las posteriores nos levantamos una mañana pensando cuándo poner una lavadora o en aquel vino que no nos deberíamos haber tomado antes de dormir porque lo hemos metabolizado mal. Fue ese el momento en que dejamos de ser jóvenes y dimos paso a lo que se dio en llamar la mediana edad o la tercera. Aunque nuestra mente siga lozana y pizpireta como cuando aún no habíamos acumulado suficientes decepciones amorosas o meteduras de pata. Todos somos o seremos Madonna. Personas que queremos ganarle la batalla al tiempo y permanecer.

Legendaria y disruptiva

Solo por los esfuerzos que la intérprete de ‘La isla bonita’ hace por aguantar el tirón, merece un homenaje en la Gran Vía de cualquier ciudad o en la aldea más remota del planeta, porque no se ha adocenado ni se ha instalado en la mediocridad del millonario que se solaza en su ‘infinity pool’ a esperar la muerte, pero sin darse cuenta.

Madonna es mucho más joven que otras que llevan años imitándola como si fueran genuinas. Porque antes de que Dios creara el mundo, ella ya debía tres recibos de la luz. Lo ha hecho todo, así que las que vienen detrás son esclavas de un legado tan superlativo y disruptivo que jamás serán ni la sombra de una artista que hizo de sus carencias virtud y de su libertad bandera.

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Mis últimas palabras son para aquellos que consideran que debería jubilarse. Para los que creen que envejecer es un demérito. Y para los que son incapaces de trascender lo que puede ser más o menos grotesco y leer entre líneas lo que es un manifiesto vital. Y solo por chuparle un dedo del pie a Maluma le ha merecido la pena este fracaso comercial y creativo. Cuántos y cuántas matarían por mucho menos.