‘Operación Triunfo’: este es su verdadero problema


La insoportable levedad de los titulares. Podría ser el título de una novela de Milan Kundera, pero no. Es una descripción, como otra cualquiera, del momento histórico que nos ha tocado. Importa más cómo se venden las cosas que lo que ocurre. Un ejemplo: ‘Operación Triunfo’. Es un éxito, pero podría parecer que no…

No dejes que la realidad te estropee una buena noticia es una máxima más antigua que el hilo negro. Pero, ya ves, no pasa de moda. Ahora los dedos no se te llenan de tinta cuando compras un periódico, pero te puedes causar una tendinitis de tanto hacer click. Y eso es algo que se busca afanosamente a través de lo que se publica, pero también de Twitter, que es una realidad más paralela que un Matrix.

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Desde que empezó la segunda edición de la resurrección de ‘Operación Triunfo’ como formato hay una ansiedad desmesurada por demostrar que es un fracaso y otra similar para probar lo contrario. De tal forma que para ver tranquilamente una gala no estaría mal para algunos un cóctel de hierbaluisa y lexatines y para otros unos cafecitos bien cargados y un ‘sisplau’ de alcohol para venirse arriba. Que ya no sabe uno…

Éxito discográfico

El programa va bien (y no es una frase hecha ni un guiño a Aznar). Está por encima de la media de la cadena, funciona ‘online’, tiene una gran repercusión en redes y el disco recopilatorio que acaban de sacar le ha privado a Rosalía de tener su número uno en ventas. Al menos la primera semana.

Quién iba a decir que se iban a equivocar tanto los que insinuaban que la cantante catalana, que tantos ‘haters’ acumula por sobreexposición, tenía comprado ese Top  1. Pues ahí están los hechos fríos: un programa que supuestamente no interesa, que no genera ni bostezos, resulta que sí, que sigue teniendo un público extenso e intenso.

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Con tanto ruido de titulares, quizás nos estemos olvidando de lo importante: que se haya logrado reflotar ‘Operación triunfo’, algo que ni en los mejores sueños de los directivos de la cadena pública parecía factible. Más aún cuando las cadenas generalistas ven cómo, miguita a miguita, la televisión a demanda les está comiendo el bocadillo.

Yo vi nacer el fenómeno de este programa de Gestmusic, porque como periodista me pasé meses yendo a Sant Just Desvern a entrevistar a los concursantes que iban abandonando la Academia, algunos como Bisbal o Chenoa (los Amaia y Alfred de entonces), casi dos décadas después, grandes estrellas. Nada comparable a lo que se vivió entonces, sobre todo cuando Rosa fue a Eurovisión, y las calles del casco histórico de Tallin parecían una manifestación alrededor de la cantante y su compañeros que le hacían los coros, además de los mencionados, Gisela, Geno y Bustamante.

Un descanso necesario

También lo vi languidecer temporada a temporada, hasta que le dieron un descanso que parecía más bien una jubilación, en su paso por Tele 5 (que nos descubrió a joyas como Pablo López o a las polifacéticas Soraya y Edurne). La vida (y hasta nosotros mismos) es cíclica. Así que no podíamos esperar que fueran más duraderos que Albano y Romina, pero, como las Azúcar Moreno o las Spice Girls, volvieron. De momento, para quedarse.

Salvo Lola Flores, Michael Jackson, Frank Sinatra y cuatro más, pocos artistas son inmortales. En una sociedad tan voraz como la actual, en la que se producen más discos de los que podemos escuchar, más películas de las que tienen hueco en las salas o en la pequeña pantalla (que ya no lo es tanto) y más formatos televisivos que minutos tenemos en el día para consumirlos, el único problema de ‘Operación Triunfo’ es las expectativas que genera. O dicho de otra forma: esperar que sea eterno.

Por lo demás, cuántos quisieran…