Proyectar éxito es sinónimo de fracaso.


No he llegado a ver la entrevista, pero me han contado que en una ocasión a Juan Gabriel le preguntaron si era homosexual, a lo que él respondió: «Lo que se ve no se pregunta».

Nada hay más ‘loser’ que proyectar éxito.  Es una manera de autoconvencerte de que te va bien y de hacer creer a los demás que así es, pero en la mayoría de las ocasiones en lugar de encontrarnos ante un triunfador (o triunfadora, que no quiero herir susceptibilidades de género) tenemos frente a nosotros a un perdedor. Con todas las letras, en mayúsculas y negritas.

Los falsos triunfadores

¿No os ha pasado alguna vez que os creíais en una situación peor a la de alguien de vuestro entorno y era al revés? En general, la gente honesta suele hablar con la verdad por delante, sin paliativos, pero tampoco echándose a los pies de los caballos. Este tipo de personas hace una narrativa de sí mismas que se suele corresponder con la realidad empírica, de tal forma que rezuman credibilidad.  No hay un abismo entre lo que creen y lo que es.

Por el contrario, los embaucadores suelen inflar sus curriculums (profesionales, sentimentales, sexuales) abusar del ‘dropping names’, o lo que es lo mismo, sin venir a cuento salpicar su discurso de nombres propios que creen que les dan estatus, y relatan su devenir por la vida como si hubiera sido creada para que solo ellos la disfrutaran.

Torres más altas cayeron es uno de los ‘clichés’ a los que se recurre para sintetizar el ascenso y defenestración de individuos que habían construido su día a día con cimientos endebles o basándose en mentiras de corto recorrido. Los hay, sin embargo, hábiles que se han sabido salir con la suya a través de la mentira y la estafa, pero son las excepciones. La Historia está llena de megalómanos que crearon imperios basándose en el engaño y acabaron peor que sus víctimas.

El esfuerzo como ética vital

La cultura del pelotazo está tan enquistada en nuestra sociedad que resulta difícil convencer a alguien de que a través del trabajo duro va a llegar a alguna parte. En efecto, los frutos del esfuerzo no son exponenciales, salvo en casos de inteligencias excepcionales u olfatos muy intuitivos para los negocios. Eso sí, que nadie crea que quedándose de brazos cruzados saldrá del punto muerto. Ni siquiera llegará a una economía de subsistencia, porque los brazos de la beneficencia no son tan largos como para socorrer a todos los necesitados.

En cuanto a los que proyectan éxito, han de ser conscientes de que, aunque sea cierto que están triunfando, la ostentación genera rechazo y en algunos casos envidia. Un sentimiento tan poderoso que puede canalizarse a hacer daño a los envidiados.

La humildad y no la línea recta es el camino más corto entre dos puntos, entre el que estamos (o creemos estar, porque el diagnóstico de nuestra situación puede ser errróneo) y al que queremos llegar. Si trasmitimos esa sensación, sin llegar a menospreciar nuestros logros, encontraremos muchas manos amigas y poco fuego enemigo.