Nicole Kidman ha recuperado su cara y su carrera

Foto Nicole Kidman

No sé si todos, pero yo al menos tengo cierto miedo a envejecer. Envuelvo de retórica mi día a día con un discurso que parece sacado de un libro de autoayuda: que ya no tienes complejos, que te gustas más que antes, que tu autoestima es mayor que cuando eres joven, que tienes más seguridad en tus decisiones, que sabes decir que no y también que sí. Esas cosas que los jóvenes escuchan encantados porque ellos tienen lo que tú envidias: juventud. Y tú te sientes mejor porque les puedes aportar una pátina de sabiduría que alcanzas no por inteligencia natural sino por la experiencia, que a veces suele ser útil. Aunque no siempre.

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Woody Allen decía que a partir de cierta edad, creo que 35 años, todo era una catástrofe. Una hipérbole con un poso de verdad, porque el cuerpo comienza a darte menos prestaciones y el tiempo que te queda por delante empieza a menguar exponencialmente. Por eso entiendo la lucha contra los síntomas del envejecimiento de ciertas mujeres que viven de su imagen. En una sociedad machista en las que las canas dan impronta y clase a los hombres, a ellas no se les permite no tener la lozanía de sus nietas. Salvo que decidas no plegarte a ciertas exigencias y demuestres que con tus arrugas eres más de verdad y hasta más guapa.

Un rostro sin expresión

Hubo un tiempo en el que Nicole Kidman estaba más estirada que un tambor y su espectacular belleza se estaba convirtiendo en una imagen congelada, fría y sin ángel. Por suerte se dio cuenta antes de que fuera demasiado tarde y dejó de utilizar el bótox, que era pan para hoy hambre para mañana.

Actrices españolas como Carmen Maura o Ángela Molina o francesas como Juliette Binoche o Isabelle Huppert tienen una merecida continuidad laboral porque no han sucumbido a quitarse quince minutos de encima con tratamientos que no rejuvenecen sino que te dan un aspecto atemporal que en realidad avejenta, aunque a primera vista no lo parezca. Porque, como dijo Lola Flores, el brillo de los ojos no se puede operar. Ni la forma de moverse, que indica mucho más sobre la edad que un rostro terso y brillante.

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Nicole Kidman es una de las actrices más superlativas de Hollywood y tiene una carrera mucho más completa que la de su exmarido, Tom Cruise, quien, mientras se acerca peligrosamente a los 60 años, sigue ejerciendo de héroe de acción en películas que arrasan en taquilla y se olvidan según has salido del cine. Una pena de cualidades desaprovechadas, que han mermado una trayectoria que podría estar a la altura de Brad Pitt o George Clooney, actores de su generación que han desarrollado sus cualidades artísticas e intelectuales en proyectos más arriesgados y destinados a perdurar en la memoria.

En un gran momento

Nicole Kidman trabaja más que nunca, los directores europeos mueren por trabajar con ella y en sus proyectos elige personajes con un pantone emocional que nos permite disfrutarla en toda la extensión de sí misma. Por suerte el día que decidió recuperar su cara, recuperó también su carrera. Y si el tiempo nos alcanza, es inevitable. Pelarnos contra lo inexorable es malgastar las oportunidades que se nos puedan presentar. Quizás no las mejores de nuestras vidas, pero lo suficientemente buenas como para querer llegar a una tercera edad tan espléndida como la de Jane Fonda o sir Ian McKellen, que el día que se vayan se irán sin haber sentido el peso del ocaso.

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Woody Allen: el linchamiento a un anciano de 82 años

Foto Woody Allen

Que nuestra esperanza de vida es cada vez mayor es un hecho. Que los 80 pueden ser los nuevos 60, gracias a los avances médicos, también. Pero que a esa edad uno es un anciano, no se puede negar, por muy en forma que parezca uno. Woody Allen tiene 82 y está sometido a un ostracismo y a un escarnio que convierte a la opinión pública en juez y verdugo.

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Desde que su hija adoptiva volviera  a decir que había sido víctima de abusos sexuales por parte del director de ‘Annie Hall’ se sucedieron los gestos de repudio de: los actores que habían trabajado con él, muchos devolvieron su sueldo (pero ninguno sus Oscar) y lo donaron al movimiento #metoo, casi nadie se atrevería a rodar a sus órdenes, por el miedo a represalias de los estudios o de las marcas que promocionan, y Amazon Prime parece que no va a estrenar su última película, ‘A Rainy Day In New York’. Hasta uno de sus protagonistas, Jude Law, ha dicho que es una vergüenza, y nosotros como espectadores nos lo vamos a perder también.

Un mundo maniqueo

El auge actual de los extremismos no es sino una muestra más en que vivimos en un mundo de blancos y negros. Ya no sirven de nada el intercambio racional de ideas, el diálogo, la argumentación. Ahora prima tocar la tecla emocional para instar a la gente a tomar decisiones desde las vísceras, no desde el intelecto y la ponderación. De ahí el linchamiento contra Allen, aunque no veo a ninguno de sus verdugos poner el mismo esfuerzo para denunciar los abusos cometidos, de manera continuada, en el seno de la iglesia católica, por ejemplo.

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Yo siempre estaré del lado de las víctimas, pero Woody Allen ya fue absuelto en 1993. Lo que cabe preguntarse ahora qué falló en el sistema judicial entonces, por qué los forenses que estudiaron el caso no vieron caso, por qué, como en ‘Los miserables’, van a perseguir al artífice de ‘Balas sobre Broadway’ hasta el final de sus días por algo que ya fue desestimado en su momento.

Nunca he sido partidario de la pena de muerte ni de las cadenas perpetuas, porque no son sino la manifestación de la venganza en estado puro y un síntoma de nuestro fracaso como sociedad, porque, recordemos, la pena está pensada para rehabilitar al delincuente, no para destruirlo.

Por eso es incomprensible que ahora Woody Allen esté pagando un precio mucho más caro que si hubiera sido condenado hace un cuarto de siglo por algo que es posible que no haya hecho.

La justicia por su mano

A estas alturas, el cineasta ya estaría rehabilitado y, aunque no hubiera podido volver a rodar, seguramente llevaría una vida tranquila, alejado de los focos y sin el riesgo de que le increpen cada vez que sale a la calle. Hay que pensar que, en su caso, fue mala suerte que dictaminaran que era inocente, porque nada hay que guste más a las masas que una jauría de perros persiguiendo una presa.

Me gustaría saber si a Dylan Farrow reabrir estas heridas le beneficia en algo, porque, aunque fuera verdad lo que afirma, se está impidiendo a sí misma pasar página. Han pasado 25 años y, si su entorno la hubiera querido de verdad, el dolor emocional ya habría prescrito.. La habrían ayudado a que así fuera, no la hubieran azuzado para que saliera de nuevo a los medios a abrirse en canal.

Todos debemos sobreponernos a dramas cotidianos, a tragedias familiares y experiencias traumáticas. Y para ella esta sobreexposición es infligirse un castigo, porque también es probable que esos abusos no existieran.

Un caso mediático

Vivir instalado en el dolor, en el recuerdo de lo doloroso y en la sed de venganza es aniquilador. Por supuesto que debe hacerse justicia, que los culpables deben pagar y que hay que denunciar para que no se vuelva a repetir, pero en el caso de Woody Allen nos encontramos ante un escándalo mediático que es una condena para ambas partes. De momento, nadie ha podido acreditar lo que dice su hija Dylan Farrow, ni ella misma. Son sus palabras contra el silencio del director, que va a pasar sus últimos años acosado y acorralado.

Un principio básico de la justicia es que es el acusador quien tiene que demostrar la culpabilidad de la persona a la que acusa. Por eso es vital encontrar el equilibrio entre la presunción de inocencia y la reparación de daños. Y, por supuesto, hay que seguir luchando sin cuartel contra los abusos. Si lo que dice Dylan Farrow fuera cierto le corresponde a los tribunales dictar sentencia no a nosotros, ni a los estudios de cine, ni a los actores. Pero, por desgracia, eso es lo que está sucediendo.

 

La mala educación no es una película de Almodóvar

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Igual que a un criminal se le descubre por un pequeño desliz, a un corrupto por un traje a medida, la mala educación no es una película de Almodóvar (una de las peores, para mi gusto) sino un síntoma de que algo no va bien.

La mala educación nada tiene que ver con la formación intelectual, ni con el linaje. Tampoco con los ceros (a la derecha) en la cuenta corriente ni con los másters cursados o regalados, por ser vos quién sois.

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La buena educación, por el contrario, entronca con el respeto por el otro, con la empatía, con la consideración. A veces incluso con la bondad, porque hay individuos con modales exquisitos que son más perversos que Hannibal Lecter.

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De entrada, si alguien se acerca a mí con una sonrisa, con respeto y con prudencia captará mi atención. Sin embargo, las malas formas, la impaciencia, la soberbia hacen que pase página, que te suba la ventanilla del coche y eche a correr.

Los niños bien educados

Siempre me han maravillado los niños que piden las cosas ‘por favor’, que no dan un ruido en un restaurante, que esperan con paciencia a que sus mayores acaben sus cosas de adultos. Es algo menos frecuente de lo que me gustaría, pero los casos contrarios, en los que los bebés lloran o los pequeños se ponen hostigosos suelo ser condescendiente, al igual que con un perro que ladra o un anciano cascarrabias.

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Hay gestos que hoy en día, porque han cambiado nuestra manera de entender las cosas, son considerados machistas o patriarcales: ceder a una mujer el asiento, abrir la puerta de un coche, halagar a alguien porque está muy guapo-a. Detalles que deberían ser en ambas direcciones: de hombre a mujer y viceversa.

¿Gestos machistas?

Yo, sin embargo, considero que si alguien te deja pasar en una calle estrecha porque vas con prisa es porque se está poniendo en tu piel, si alguien de tu entorno te piropea, sin connotaciones sexuales, es un acto de civismo que puede elevar tu autoestima, y si te invitan a cenar es porque están siendo generoso contigo.

El problema viene si detrás de esos actos hay una pretensión de dominación, de intentarte hacer sentir vulnerable o de llevarte a un terreno que no quieres pisar. Un día la pobre Paula Echevarría dijo que ella no era machista ni feminista. Lo primero lo comparto, lo segundo no. Lo que ocurre es que igual tengo una idea del feminismo que no se corresponde con la de con los que se manejan mejor en el exabrupto que en la conciliación.

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Yo espero que, llegado a una edad, se levanten para que me pueda sentar y descansar, me ayuden a subir una escalera si lo necesito, y me presten un poquito de atención cuando para la mayoría haya dejado de ser interesante. Si eso ocurre, estaré muy agradecido y feliz de que haya triunfado la buena educación.

Ojalá.

 

Cómo canalizar la ira contra el Tribunal Supremo

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Nunca estaré más de acuerdo con una definición que cuando algunos califican Twitter o incluso Facebook como una barra de un bar en la que, bravucones, decimos lo primero que se nos viene en gana. Y luego, si nos arrepentimos, podemos borrarlo, aunque siempre puede haber alguien que haga una captura de pantalla para recordártelo.

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Ayer tuve que salirme de las redes porque me resultaba agotador leer los comentarios de la gente indignada con la decisión del Tribunal Supremo, que reculaba y obligaba, como era de esperar, pagar a los consumidores y no a los bancos el impuesto de las hipotecas.

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Exabruptos, cabreo, indignación… Emociones humanas destinadas a generar una catarsis colectiva que, como siempre, acabará en nada. Nuestra mente es incapaz de mantenerse instalada sine die en un conflicto, tiende a dispersarse y, pasado un tiempo, a olvidarse.

Esperar a que escampe

Es una estrategia que siempre han seguido los políticos cuando no han tenido la suerte de cara o se han visto salpicados por un escándalo: esperar a que escampe. Y no falla, llega un partido de fútbol, una corrida de toros, un día soleado, las playas… y si nos olvidamos de que nos están achicando nuestro espacio vital en nuestra cara.

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Las sociedades más avanzadas son las que sí han sabido sacar rendimiento al conflicto y no se han apeado de la burra hasta que el enemigo ha movido ficha. Sin embargo, la española, quizás por las décadas de dictadura, ha sido muy olvidadiza.

Y si nos olvidamos que los grandes logros de los que a día de hoy seguimos disfrutando se consiguieron a base de palos, de arriesgar y de, incluso, saltarse lo establecido, estaremos siempre en manos de individuos arbitrarios que lo que van a buscar es perpetuarse en sus privilegios.

No os perdáis esta película

Esta semana conseguía ver por fin la película ‘El reino’ de Rodrigo Sorogoyen, una radiografía descarnada de una clase política muy corrupta que acaba saliéndose con la suya. Mientras estaba en la sala, enganchadísimo a esta historia contada con tanto brío y frialdad, también me acordaba de la serie ‘Fariña’, que retrataba de forma valiente el daño que había hecho el narcotráfico a los cimientos de la sociedad gallega.

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En ninguno de los dos casos podemos decir que sean ciencia ficción sino relatos del contexto que condiciona nuestra vida, de cómo funcionan nuestras instituciones y de las consecuencias que tienen que pagar los delincuentes por sus fechorías. En muchos casos, nada. Como se dice coloquialmente, se van de rositas.

Más allá de hacer una arenga para que nos movilicemos, mi intención es recordaros que si queremos que las cosas vayan mejor debemos ser persistentes y no desistir hasta que consigamos nuestros objetivos.

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Pienso en esas reclamaciones que no ponemos, en esa permisividad que mostramos cuando alguien no cumple con su cometido, en la tolerancia con los delincuentes cotidianos. Nos falta tener esa determinación para pelear por lo que es nuestro y de los demás. Porque es mu importante ser conscientes de que también los otros se pueden beneficiar de nuestros pequeños logros, de nuestras diminutas victorias.

Votar con la razón

¿De qué sirven esas charlas-coloquio de las redes sociales? De nada. Porque no llevan aparejadas ninguna acción consecuente. Ocurre lo mismo cuando vamos a votar, lo hacemos como si fuéramos de un equipo de fútbol o de otro. No conocemos los programas políticos, no hemos evaluado si merecen nuestra aprobación o, por el contrario, deberíamos cambiar de bando. Depositamos nuestra papeleta desde la visceralidad, desde el sentimiento, pero no desde la razón.

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No es mucha la capacidad de maniobra que tiene el individuo corriente, de a pie, pero si sumáramos nuestras voluntades y las diéramos una estructura se multiplicaría exponencialmente nuestra fuerza. Sin embargo, preferimos seguir soltando mierda donde sea. Y eso es muy relajante y liberador, pero se queda ahí, descomponiéndose.

Así que, amigos, no me vengáis con que el mundo está mal, que ‘con la que está cayendo’ y lugares comunes de ese pelaje, porque no me interesa…


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Isabel Pantoja y Javier Marías, dos ejemplos de amargura perenne

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Uno se da cuenta de que envejece cuando sus ídolos, que generalmente eran unos años mayores que tú, se convierten en ancianos. O cuando ideas que te parecían razonables acaban rezumando resentimiento y añoranza de un mundo que no siempre fue mejor. Me refiero a esos escritores avinagrados, que algunos han dado en llamar ‘pollaviejas’, que parecen estar en este planeta para quejarse y vivir instalados en una amargura perenne.

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Hace mucho que dejé de leer a articulistas como Javier Marías, quien parece estar instalado en el epicentro del apocalipsis, o a Arturo Pérez Reverte, cuyas columnas parecen disparos sin tino de un spaghetti-western. No tienen, a mi entender, una visión de las cosas constructiva ni vitalista y ofrecen a sus lectores fórmulas que les ponen veinte años encima.

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En mi día a día intento apartarme de esos individuos que si llueve porque llueve y si hace calor porque hace calor. De esos vampiros energéticos que nunca están suficientemente saciados de calamidades. Como aquella canción de ‘Ojete Calor’, ‘Qué bien tan mal’, en la que una señora necesita que le vaya de pena para tener algo de lo que hablar.

Envejecer mentalmente

No sé si será que me pilla sin energías o sin paciencia, pero espanto como a moscas a los que me tiran para abajo, a los que me hacen creer que un mundo peor es aún posible y los que buscan achaques de los que hablar para convertirse en ancianos de forma prematura, de los que buscan los defectos de su cuerpo como metáfora de su decadencia intelectual y moral.

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Cada vez tengo menos aguante con los que buscan el cariño a través de la lástima, los que socializan verbalizando el malestar porque no han descubierto el hedonismo, y los masoquistas vocacionales. Son muy peligrosos, como perros de presa, que no te sueltan una vez te tienen pillado por el cuello.

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Poner un toque de frivolidad a la vida es un analgésico imprescindible, porque no hay necesidad de echarte el peso de la humanidad sobre la espalda, que es lo que me decía una vez Isabel Coixet que le pasaba cuando se ponía a escribir un guión. Por eso le salían historias tan tremebundas, que a mí me dejaban con muy mal cuerpo.

Ahora parece haber descubierto otros caminos en en ‘The Book Shop’, una pequeña y precisa historia de superación de una mujer que lucha por abrir una librería en un pequeño pueblo por amor a la literatura.

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El caso Pantoja

Si hay una figura pública que ejemplifica todo esto es Isabel Pantoja, a quien siempre parece irle mal. Cuando acaba con un conflicto empieza con otro. Y a veces hasta se le solapan. Es como un luto permanente que la cubre el pecho, como un resfriado que se queda a vivir todo el invierno.

Por alguna extraña razón (o quizás no tan extraña, ‘el dinero’), su nombre es arrastrado por el fango en las televisiones, algunos de sus familiares mantienen activos conflictos artificiales y parece siempre a la defensiva, como si esperara recibir un golpe dialéctico en cualquier momento.

El optimismo es fundamental

Me cuesta encontrar imágenes felices de esta mujer que cantaba estar cansada de ‘llevar esta estrella que pesa tanto» y, por el motivo que sea, en lugar de atraer los cañones de luz hacia su persona tiene como un imán para las desgracias, las penurias y los malos augurios. Y seguramente en la intimidad será muy divertida, en el escenario mueve divinamente la bata de cola y es una artista con un carisma arrollador. Es más, tiene un club de fans que sería capaz de ‘pedir limosna, de materme y de matar’, como ella misma cantaba.

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Qué contraste con una Lolita Flores, que se autoparodia en ‘Tu cara me suena’, o tantas personas anónimas que, como aconsejaba su madre, Lola Flores, dan por cada desengaño una sonrisa. Esas son las que tenéis que buscar, a las que os tenéis que aferrar. Porque la suerte ejerce un efecto llamada sobre la fortuna, así como el infortunio se alimenta de aquellos a los que parece gustarles vivir aferrados al lado oscuro de la vida.


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Cómo sobrevivir a una pareja celosa

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No siempre resulta fácil descubrir a una pareja celosa. Lo que al principio parecen muestras de cariño o de obsequiosidad son en realidad manifestaciones de posesión, pero cuesta reconocer que es así. Nuestra propia mente nos pone trampas, porque no está preparada para admitir que alguien pueda comportarse de esta manera.

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En las primeras etapas del enamoramiento, lo que esperamos es que la otra persona esté pendiente de nosotros, nos mande mensajes intempestivos, nos haga regalos inesperados, quiera saber qué hacemos en cada momento. Simplificando: que se desviva.

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Nosotros solemos hacer lo mismo, estar expectantes ante cualquier señal que nos pueda confirmar que esa persona nos desea, en la acepción sexual del término, pero también nos quiere, pretende estrechar los lazos afectivos y, quién sabe, echar raíces.

Dicho todo esto, si lo que buscamos es eso, que también podemos optar por encuentros lúdicos sin trascendencia como manera de vivir. En ese caso, cualquier gesto que busque una mayor intimidad que la de un rato de alegría para los cuerpos nos molestará muchísimo, pero ese no es el asunto que nos ocupa en este artículo.

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En los primeros meses de acercamiento es normal que nos parezcan bien todas estas manifestaciones, a veces, incluso sobreactuadas, también por nuestra parte. El problema viene después, cuando ya tenemos más o menos la certeza de que hemos formado una pareja y que estamos construyendo algo sólido.

Individuos controladores

Es entonces cuando nos tiene que preocupar que nuestro ‘partenaire’ nos llame por teléfono constantemente, que fiscalice todo lo que hacemos o que pretenda estar presente también en nuestros momentos de ocio, por ejemplo, con nuestros amigos o compañeros de trabajo.

De hecho, otra de las estrategias de este tipo de individuos es tratar de aislarte de tu entorno afectivo para evitar ser identificado como ‘celoso’. Utilizará sus recursos de persuasión para desprestigiarlos, si se viera en la necesidad, buscar sus puntos débiles e intentarte hacer ver que no te convienen. Una estrategia también del maltratador psicológico, una tipología aún más complicada.

cárcel
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Si estás viviendo una situación así, huye. Esa persona es un peligro para ti, porque sin que te des cuenta estará construyendo una cárcel con rejas invisibles de la que cada vez te costará más salir.

Un caso real

Yo mismo tuve una experiencia de este tipo y me costó mucho darme cuenta de que habían tejido a mi alrededor una telaraña de la que solamente había una manera de escapar: cortar de raíz. Cuando vi que la situación era irreversible y me encontré con fuerzas, al igual que en la canción «No More Tears (Enough is Enough)» de Barbra Streisand y Donna Summer, dije, mucho más castizo: «Hasta aquí hemos llegado».

barbra streisand
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El celoso nunca cambia, cederá terreno cuando se sienta entre la espada y la pared, pero esperará a que te relajes para, como cantaba Rocío Jurado, volver al punto de partida. Por desgracia para este tipo de individuos, no pueden evitarlo, está en su naturaleza.

Una fábula popular

En ‘Juego de lágrimas’ (Neil Jordan, 1992), una película que marcó mucho mi juventud, se cuenta la fábula de la rana y el escorpión (atribuida a Esopo, aunque su origen es desconocido), en la que el artrópodo, tras mucho insistir, consigue que el anfibio le cruce a la otra orilla. A mitad de camino le clava su aguijón y, con una lógica aplastante, le dice antes de morir: «Está en mi naturaleza».

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Esa es la realidad, quien es celoso, salvo que se someta a una intensa terapia y acepte con humildad su condición para que sea efectiva, acabará sus días así.

En ocasiones sin sufrimiento y otras torturadísimo, como muy bien ejemplifica Luis Buñuel en ‘Èl’, una de sus películas más brillantes de su etapa mexicana, en la que Francisco, un joven de buena posición arruina su vida y la de Gloria, la novia de un amigo suyo, que acaba conquistando, por su irracional afán de posesión.

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Como todo en la vida, habrá quién esté encantado con este perfil de pareja, que no se sienta atrapado y no le importe carecer de libertad. Si es por decisión propia y nadie resulta dañado en esa dinámica, nada que objetar.

Si no, mejor buscar a alguien que respete tus espacios, que te de tiempo a que le eches de menos, que no trate de convertirte en alguien acorde a sus expectativas, sino que fomente las tuyas. Solo así lograrás un equilibrio necesario para que el afecto crezca sano y sin taras.

Cómo ser bueno sin sentirte mal por ello

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¿No os ha pasado alguna vez que os hubiera gustado ser malos para conseguir algo? Estamos acostumbrados a ver cómo los perversos casi siempre ganan, pero en el fondo no es así, aunque lo parezca. Por eso no resulta fácil ser bueno sin sentirse mal por ello.

Hemos visto durante los últimos años cómo muchos corruptos escapaban a la acción de la Justicia, cómo reos que merecían más años de prisión salían por la puerta de atrás y otros por pertenecer a ciertas familias o círculos eran absueltos o  acababan con condenas ridículas en comparación con lo que había quedado probado que habían hecho.

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En estos días la Justicia española está muy en entredicho, los medios nos inundan con noticias que así lo ponen de manifiesto, pero no es de este asunto de lo que quiero hablar sino de nuestro día a día.

Una mirada al pasado

Para ello, vamos a echar la vista atrás… En mi infancia eran los malotes de la clase los más populares, los que más ligaban y, en ocasiones, los que tenían amedrentados a ciertos profesores que temían las consecuencias si les plantaban cara. Quizás porque eran los hijos de las fuerzas vivas de la ciudad o porque no estaban lo suficientemente respaldados por la dirección del colegio.

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Cuando crecí vi como gente menos preparada que yo accedía a puestos de trabajo por tener tal o cual apellido e incluso, no hace tanto, participé en una especie de oposición para el Departamento de Comunicación de un museo (el puesto acabó en manos de alguien que ya estaba vinculado al mismo). Las preguntas eran sospechosamente enrevesadas y algunas de ellas eran directamente ridículas, porque el conocimiento de su respuesta no te habilitaba para nada. Solo podías responderla si te las habían adelantado antes del examen. Otros participantes me llamaron por teléfono para proponerme que lo denunciáramos, pero nada habríamos conseguido, porque era difícil de demostrar.

El resultado del mal

Los años pasan y he visto como los malotes del colegio, la mayoría, acabaron siendo fracaso escolar, cómo los corruptos tienen que pasarse media vida intentando ocultar sus fechorías y con la espada de Damocles sobre sus cabezas. O incluso a individuos como Rodrigo Rato o Iñaki Urdangarin acabar entre rejas. He visto caer a jefes malvados, a vagos que fingían estar desbordados de trabajo, a ministros que intentaron aprovechar los agujeros de la ley para pagar menos impuestos…

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Son casos aislados, porque lo que se ha dado en llamar ‘las cloacas del Estado’ están anegadas de mierda, porque los poderosos son capaces de arruinar sociedades si no les gusta lo que se ha votado en democracia (véase el ejemplo de Grecia), y se ha protegido a pederastas para que no caiga sobre ellos el peso de la Ley.

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Dicho así es desalentador, pero sigo pensando que la bondad engendra bondad. Que si somos honrados, lograremos que los demás se contagien de nuestra honradez. Que como caigamos en la trampa de ser como los otros, estaremos igual de emponzoñados por un puñado de euros y deslegitimados para señalar con el dedo a los que se quedan con el botín.

Vivir bien en tu piel

Me da mucha paz no tener cuentas pendientes con nadie, no agachar la cabeza cuando me cruzo a alguien de mi pasado por las calles, ni estar acogotado porque vaya a venir la policía a registrar mi casa ni estoy pendiente de ninguna notificiación judicial por algún delito.

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Quizás carezca de ambición o la mía pase por construir una sociedad mejor. Y cuando una sociedad es mejor se lo exige a los que están por encima y este procedimiento se puede repetir, de escalón en escalón, hasta llegar a la cúspide. Mientras que si los cimientos están podridos, no os quiero decir cómo se encuentra el tejado…

¿Seré utópico o un ingenuo? Posiblemente, pero estoy contento en mi piel. Con eso me conformo.

El peligro de mantener vivos a los muertos

tumba

El Día de Todos los Santos se presta a la reflexión, a la nostalgia y al recuerdo de los que ya no están. Es un buen momento para echar de menos a quien ya no se tiene y para dar gracias por haber pasado página a los momentos terribles: la enfermedad, el deterioro, la pérdida de falcultades… Aun así, debemos ser conscientes del peligro de mantener vivos a los muertos en nuestra mente.

tumba
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Muchos se sorprenden cuando digo que he vivido mucho, que si cuando era un adolescente me hubieran hecho firmar por un 10% de las vivencias que he acumulado no lo hubiera dudado un instante: me hubiera conformado con eso. En mi juventud mis expectativas no eran muy altas y, además, tampoco he sido alguien capaz de imaginarse a sí mismo logrando objetivos concretos.

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calendario
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La vida me ha maltratado en ocasiones, otras me ha consentido y las más frecuentes le he sido indiferente, los días han pasado, sin dejar huella, como hojas de calendario al viento. Pese a todo, no puedo sino dar gracias no solo por lo que ya dejé atrás, para bien o para mal, sino por estar aquí para contarlo. Y para reinterprertarlo en claves distintas, porque madurar es poner las cosas en su sitio, darles su justa dimensión y saber cribar entre lo que te regocija y lo que te perturba.

Un gran error a evitar

Tenemos mucha tendencia a sublimar a los muertos, quizás por la educación que hemos recibido, tendemos a perdonar o incluso a reescribir la historia. Es terapéutico el perdón y, en ocasiones, el olvido, pero tampoco hay que recurrir en exceso a los paños calientes. Si así lo hiciéramos, acabaríamos repitiendo los mismos errores. Acabaríamos en manos de personas similares a las que no fueron convenientes para nosotros.

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Por suerte, a veces la muerte nos hace el favor de quitarnos de en medio a personas que nos han dañado. Sin que esto signifique les hayamos deseado su final, pero es así: ha sido liberadora. La vida es democrática, para los bondadosos y para los malvados, todos vamos a seguir el mismo camino.

candle
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Por poner un ejemplo, recuerdo que una famosa a quien entrevistó una amiga mía hace unos años le confesó que su madre había empezado a ser feliz el día que su padre había muerto, que se había liberado por fin de su carga, después de haber estado soportando durante su matrimonio infidelidades, desplantes y desaires.

El recuerdo reparador

Honrar la memoria de los generosos, los que trajeron luz a la oscuridad, los que te dieron su amor a cambio de nada, debe hacerse con alegría. Porque estuvieron, se entregaron, disfrutaron contigo. Suerte que tuviste de que la genética o el azar los pusiera en tu camino. Y si fallecieron demasiado pronto hay que pensar que su tiempo fue de calidad, que estaba acotado y poco más se podía hacer.

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En cuanto a los déspotas, los tiranos, los que sembraron el odio, que descansen también, pero lejos de ti, de tus recuerdos. No es conveniente en estos casos el revisionismo, el tratar de darles un lugar que no les correspondía, como tampoco lo es regocijarse en el dolor que causaron. Lo pasado pasado está.

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En mi caso, los malos recuerdos son como una prenda antigua olvidada en un altillo. Algún día puede que la encuentres por casualidad, pero no la prestarás ninguna atención. La volverás a dejar donde estaba, sin que haya removido nada en tu interior. O tal vez acabe en la basura, que es una manera aún más drástica de deshacerte de ella.

Por eso estas líneas no son nostálgicas, aunque sí pueden servir para rendir un pequeño homenaje a aquellos de los que me sigo acordando en mi día a día, porque, de alguna forma, quien fue importante para ti no se acaba de ir del todo…

Los mediocres son muy peligrosos: cómo combatirlos

mediocre

La virtud está siempre en el término medio. Entre ser gastoso o tacaño, entre la prudencia excesiva y las decisiones demasiado osadas, entre la apatía y la euforia sin control. Los mediocres, los seres más peligrosos con los que te puedes cruzar, no son equidistantes entre los inteligentes y los necios, los bondadosos y los malvados. Son mucho peor que ellos.

A poco que nos paremos a pensar, los individuos más brillantes no son los que ocupan las posiciones de mayor poder. No pondré ejemplos de presidentes del Gobierno o directores de empresas (a cada uno de vosotros se os deben de ocurrir unos cuantos) que se han aferrado como garrapatas rabiosas a su puesto y antes de caer han hecho una escabechina entre sus subordinados.

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Son individuos que no tienen otro talento que olfatear su oportunidad y convertirse en parásitos de otros que están dispuestos a poner su inteligencia a su servicio. Quizás por falta de ambición. Tal vez por empatía. Quién sabe si porque no son lo suficientemente listos para percatarse de que están siendo esquilmados.

Ladrones de logros ajenos

Los mediocres saben cómo atacar la autoestima de los que les superan en la faceta que sea, halagar a los que pueden reportarles beneficios y son vendedores de humo profesionales que tienen la habilidad de capitalizar los logros ajenos.

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Nunca me cansaré de repetir que los mejores jefes que he tenido han sido los más inteligentes, los brillantes, los que sabían delegar y los que eran líderes de manera natural.

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Los mediocres, por el contrario, estaban prestos a meter el dedo en el ojo, a buscar pequeños errores para desestabilizarte, a dañarte para dejarte sin capacidad de respuesta. Solían seguir la tan manida y poco eficaz teoría del palo y la zanahoria: alternar el premio y el castigo, los golpes con las promesas de beneficios posteriores o palmaditas en la espalda para salir ganando a través de uno de los puntos más débiles de la naturaleza humana, la vanidad.

La mediocridad lleva asociados los defectos que más desprecio: la carencia de empatía, la ambición malentendida, la mezquindad, la envidia, la desconfianza… Y todos ellos mezclados son un cóctel difícil de beber.

Divide y vencedores

Otra de las estrategias más comunes que despliegan es la de ‘divide y vencerás’. Suelen ser gente criticona, que rebusca en lo peor de las esencias del ser humano para sembrar semillas insidiosas. De esta forma, provocando el enfrentamiento entre iguales, el recelo, el agravio comparativo, ganan ellos siempre.

Por suerte, me rodea gente muy valiosa, con cualidades excelentes, y forman un puzzle afectivo e intelectual que me ha hecho mejor persona. De unos he aprendido a ser menos rígido, de otros a saber perdonarme, de algunos a poner un pátina de humor en todo lo que me acontece… Y gracias a todos son la mejor versión de mí mismo que he podido conseguir hasta ahora.

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Por eso os aconsejo que huyáis de los mediocres y si tenéis que soportarlos porque de ellos depende, por ejemplo, vuestro sueldo, que no caigáis en sus trampas, no os dejéis envenenar y, sobre todo, no les deis un poder que no les corresponde.

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Es importante que no sean capaces de prever vuestras reacciones, que noten la indiferencia y dejar sin efecto sus estrategias, que suelen ser previsibles. Se necesita paciencia, templanza y sangre fría. La misma que ellos tienen. Si aplicáis esta receta es probable que tengáis éxito.

La necesidad de aparentar ante los demás puede salir caro

crítica

Todos necesitamos la aprobación de los que nos rodean, aunque digamos lo contrario. Y la conseguimos de muchas formas. A veces con nuestros logros profesionales, otras mediante gestos altruistas y, en el peor de los casos, alardeando de estatus. Sin embargo, esta última opción, aparentar ante los demás, puede salir caro.

En el mundo digital no hace falta profundizar mucho para encontrar infinidad de ejemplos de individuos cuyas vidas parecen idílicas, pero no lo son tanto. Nos hemos acostumbrado a ver en Instagram platos de comida sofisticados, puestas de sol espectaculares, ropa de firmas que no están a nuestro alcance, cajas de abdominales, hoteles para soñar… Imágenes cuya finalidad es proyectar éxito y construir una narrativa sobre nosotros mismos.

Un esfuerzo inutil

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Son ejemplos en muchas ocasiones de distorsión de la realidad y un espejo de lo que intentamos proyectar en nuestro día a día con los que nos rodean.

Es en nuestro entorno cuando aparentar lo que uno no es se hace más difícil que en las redes sociales, porque exige un esfuerzo más continuado que elegir unas fotos tomadas con una clara intencionalidad. No es lo mismo posar unos minutos que estar en pose las 24 horas.

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Matrimonios que están quebrados de puertas hacia adentro, pero que mantienen una apariencia de felicidad, hijos que mantienen ocultos hábitos que les están destruyendo o padres que se sienten abandonados cuando han llegado a la tercera edad: son muchas las situaciones cotidianas de estas características que se tratan de ocultar una vez se cruza el umbral del hogar.

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En estos casos se necesita elaborar un relato de normalidad, de status quo, para no sentirse señalado por tu comunidad, familiar, de amigos o de vecinos (cuanto más pequeño es tu entorno, más complicado resulta). Sentirse señalado es algo que se evita a toda costa, porque los ataques furibundos suelen llegar de los más próximos, pues saben pulsar las teclas que hieren nuestra sensibilidad. Por eso subrayo que es más fácil disimular en las grandes ciudades que en una localidad pequeña.

Administrar tus ingresos

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Otra circunstancia muy común es tratar de hacer ver que tu capacidad adquisitiva es superior a la de tus ingresos. Incurrirás entonces en gastos superfluos para hacer ver que la vida se hizo a tu medida e incluso puedes llegar a endeudarte para sustentar una ficción que los demás, por mucho que a ti te lo parezca, no acaban de creerse.

Aparentar a toda costa

He visto a tantos a mi alrededor alardear de éxitos que no lo eran y que, una vez descubiertos, han tenido que volver a su caparazón, que no recomiendo a nadie que base su bienestar en lo que piensen de él y mucho menos en cosas prescindibles como un coche nuevo cuando el que tienes está en buen uso, una casa más grande de lo que requieres o un viaje que tal vez no te puedes permitir.

El bienestar es algo subjetivo y depende de cómo nos valoremos a nosotros mismos. Me resulta inevitable pensar en Christina Onassis, una mujer que lo tenía todo y murió sola, posiblemente sumida en una tristeza endémica, en un hotel de Buenos Aires.

Por suerte, su hija, Athina Onassis, a quien le amenazaba la leyenda urbana de ‘pobre niña rica’, ha logrado salir adelante y no ser víctima de la alargada sombra de su familia y su progenitora.

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Dejar que lo que puedan pensar los demás determine o mediatice nuestros comportamientos es otorgarles unas potestades que no les corresponden, porque son nuestras.

Entre las apariencias y la realidad, apostad siempre por lo segundo. Es mucho más seguro y os ayudará a construir con unos cimientos más sólidos.

Tampoco perdáis de vista el corto, el medio y el largo plazo. Aparentar no da mucho de sí, ser lo serás siempre.