Paula Echevarría, más que actriz, mujer de negocios

Foto Paula Echevarría Los nuestros

Paula Echevarría ha sido uno de los personajes recurrentes en mi biografía profesional, aunque nunca he tenido con ella lo que con esnobismo (e ignorancia) denominan un ‘one-to-one’. Lo que viene siendo una entrevista individual de toda la vida. La primera vez que nuestros pasos se cruzaron fue en su boda, a la que esa revista de la que usted me habla me envió para hacer la crónica de un acontecimiento en el que la gran estrella era David Bustamante, pues ella era aún una actriz emergente que no había despegado del todo.

Más adelante participé en lo que en el argot se llaman ‘corrillos’, esa palabra que devolvió a la circulación María Teresa Campos en su programa ‘Día a día’. Creo que en dos ocasiones, una para la presentación de una temporada de la serie ‘Gran reserva’, donde hacía de hija de Ángela Molina, y otra para el lanzamiento de uno de sus perfumes en un chalet de El Viso. Paula Echevarría en estas dos ocasiones fue amable, locuaz y expansiva, lo que se agradece, porque a veces vuelves a las redacciones con un material tan malo que las pasas putas para hacer un titular.

Su trato a la prensa

Ella, como Concha Velasco, que la definió como una de las actrices más importantes de nuestro país, es de las que juega a favor de obra. Ayuda a los periodistas a tener donde rascar. Incluso cuando estaba la cosa mal con Bustamante y se salió por la tangente con uno de mis ‘samplings’ preferidos, ‘pasan cosas en mi casa’, un involuntario y maravilloso hipérbaton.

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Paula vuelve a la actualidad con la serie de Tele 5 ‘Los nuestros 2’, que por las promociones que he visto, tiene pinta de estar regular o mal, pero ya me enteraré mañana al leer las crónicas, porque tengo tantos deberes audiovisuales y lecturas acumuladas que no me da la vida. Que si los especialistas la ponen a la altura de ‘Homeland’, igual me la veo (la serie), pero mi lado Aramis Fuster me dice que no va a ser así. Ojalá me equivoque, porque yo solo quiero el bien de la humanidad, salvo a mis pocos enemigos, para los que pido justicia. No poética, que esa no sirve para nada. Salvo que la impartiera Jaime Gil de Biedma, ese primo de Esperanza Aguirre, al que todos deberíamos leer aunque fuera una vez en la vida.

Como Antonio Banderas

Que no es Meryl Streep lo sabemos todos. Que se me ocurren un listado enorme de actrices españolas mejores que ella, también. Y peores que, además, están triunfando, otro montón, pero nunca se ponderará lo suficiente la inteligencia de Paula Echevarría como mujer de negocios. Es el equivalente femenino a Antonio Banderas, salvo que su carrera en la interpretación es mucho más modesta que la del malagueño, quien, como ella, también tiene una larga vinculación con la casa Puig, ha protagonizado un montón de anuncios y sabe ganarse a la prensa en las distancias cortas.

Actriz de éxito

Paula Echevarría supo ver muy pronto que la moda y la belleza mueven mucho más dinero que su profesión primigenia y está al frente de un blog de éxito, cobra una pasta por cada post en Instagram y le llueven las campañas. Movimientos estos que repercuten en una mayor popularidad y que sirven, a su vez, para que su caché sea más alto. Porque cuando te conviertes en una ‘influencer’ tu impacto es mayor que si eres alguien sobre el que no sabrían opinar los viandantes que pasan cada día por la madrileña plaza de Callao, donde se suelen apostar los reporteros de cualquier cadena para hacer todo tipo de encuestas, reportajes y chascarrillos. Vete tú a preguntar quién es Laia Marull, Bárbara Lennie o Najwa Nimri, a ver qué te dicen.

Por cierto que, lo siento por los envidiosos, ser popular, comercial o ‘mainstream’ no es nada malo. Y los parámetros para medir el talento son muy variopintos. Si Paula triunfa, por algo será…

Nicole Kidman ha recuperado su cara y su carrera

Foto Nicole Kidman

No sé si todos, pero yo al menos tengo cierto miedo a envejecer. Envuelvo de retórica mi día a día con un discurso que parece sacado de un libro de autoayuda: que ya no tienes complejos, que te gustas más que antes, que tu autoestima es mayor que cuando eres joven, que tienes más seguridad en tus decisiones, que sabes decir que no y también que sí. Esas cosas que los jóvenes escuchan encantados porque ellos tienen lo que tú envidias: juventud. Y tú te sientes mejor porque les puedes aportar una pátina de sabiduría que alcanzas no por inteligencia natural sino por la experiencia, que a veces suele ser útil. Aunque no siempre.

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Woody Allen decía que a partir de cierta edad, creo que 35 años, todo era una catástrofe. Una hipérbole con un poso de verdad, porque el cuerpo comienza a darte menos prestaciones y el tiempo que te queda por delante empieza a menguar exponencialmente. Por eso entiendo la lucha contra los síntomas del envejecimiento de ciertas mujeres que viven de su imagen. En una sociedad machista en las que las canas dan impronta y clase a los hombres, a ellas no se les permite no tener la lozanía de sus nietas. Salvo que decidas no plegarte a ciertas exigencias y demuestres que con tus arrugas eres más de verdad y hasta más guapa.

Un rostro sin expresión

Hubo un tiempo en el que Nicole Kidman estaba más estirada que un tambor y su espectacular belleza se estaba convirtiendo en una imagen congelada, fría y sin ángel. Por suerte se dio cuenta antes de que fuera demasiado tarde y dejó de utilizar el bótox, que era pan para hoy hambre para mañana.

Actrices españolas como Carmen Maura o Ángela Molina o francesas como Juliette Binoche o Isabelle Huppert tienen una merecida continuidad laboral porque no han sucumbido a quitarse quince minutos de encima con tratamientos que no rejuvenecen sino que te dan un aspecto atemporal que en realidad avejenta, aunque a primera vista no lo parezca. Porque, como dijo Lola Flores, el brillo de los ojos no se puede operar. Ni la forma de moverse, que indica mucho más sobre la edad que un rostro terso y brillante.

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Nicole Kidman es una de las actrices más superlativas de Hollywood y tiene una carrera mucho más completa que la de su exmarido, Tom Cruise, quien, mientras se acerca peligrosamente a los 60 años, sigue ejerciendo de héroe de acción en películas que arrasan en taquilla y se olvidan según has salido del cine. Una pena de cualidades desaprovechadas, que han mermado una trayectoria que podría estar a la altura de Brad Pitt o George Clooney, actores de su generación que han desarrollado sus cualidades artísticas e intelectuales en proyectos más arriesgados y destinados a perdurar en la memoria.

En un gran momento

Nicole Kidman trabaja más que nunca, los directores europeos mueren por trabajar con ella y en sus proyectos elige personajes con un pantone emocional que nos permite disfrutarla en toda la extensión de sí misma. Por suerte el día que decidió recuperar su cara, recuperó también su carrera. Y si el tiempo nos alcanza, es inevitable. Pelarnos contra lo inexorable es malgastar las oportunidades que se nos puedan presentar. Quizás no las mejores de nuestras vidas, pero lo suficientemente buenas como para querer llegar a una tercera edad tan espléndida como la de Jane Fonda o sir Ian McKellen, que el día que se vayan se irán sin haber sentido el peso del ocaso.

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Ángela Molina, la eterna (e injusta) olvidada de los premios Goya

Foto Carne Trémula

Y un día me hice fan de Ángela Molina. Fue gracias a ‘Las cosas del querer’, película dirigida por Jaime Chávarri, a quien, por cierto, tuve la suerte de entrevistar (siempre lo es cuando te toca alguien inteligente) hace muchos años en el Café Comercial de Madrid . Aunque hablamos mucho y con solemnidad de su cine y de los actores con los que había trabajado, me daba la risa porque no podía dejar de pensar en él en la escena de sexo más divertida que recuerdo, en ‘¡Qué he hecho yo para merecer esto?’ de Pedro Almodóvar, junto a Verónica Forqué.

En esta película y en su secuela, Ángela Molina se convertía en una cantante de copla que formaba pareja artística con Manuel Bandera, que se metía oficiosamente en la piel de Miguel de Molina, quien desde el exilio en Buenos Aires parece ser que no dio su beneplácito a una biografía autorizada. La hija de Antonio Molina, otro de los grandes de la canción española, movía con tanta gracia la bata de cola y cantaba con tanta picardía que uno podría pensar que se había equivocado de profesión.

Su faceta como cantante

Aunque lo intentó como cantante con un disco titulado ‘Con las defensas rotas’, en el que incluía un sensual dúo con Georges Moustaki, ‘Muertos de amor’, no parece que las discográficas hayan puesto demasiado interés en ella. Por el camino ha grabado una zarzuela, ha hecho un dúo con Coque Malla y preparó unos boleros con un pianista que, de momento, no han visto la luz.

Ángela Molina y Fernando Rey en ‘Ese obscuro objeto del deseo’.

Mi amor por Ángela fue creciendo con los años y he tenido la suerte de que la vida la haya puesto en mi camino en diversas ocasiones, como cuando trabajé en el festival de cine de Huesca, donde recibió el Premio Luis Buñuel, cineasta con quien rodó su película más internacional, ‘Ese obscuro objeto del deseo’, de la que cuarenta años después se sigue hablando en todas las escuelas de cine y se repone en las filmotecas una y otra vez.

Una estrella cercana

En aquella ocasión Ángela estaba acompaña por su marido, Leo, su hija pequeña María, una niña con unos preciosos rizos rubios que correteaba por el lobby del hotel mientras la propia actriz se aplicaba en el rostro unos polvos transparentes de Chanel que pretendía ir a comprar a una perfumería, por no pedir a nadie del equipo que le hiciera ese favor, y su hermano Micky, que todavía no había decidido dejarse esa barba blanca y larga con la que se ha puesto voluntariamente viente años encima. 

Ángela, que no quiso conceder muchas entrevistas, se comportaba como lo opuesto que se espera de una estrella, sus necesidades eran mínimas y todo le parecía bien. Pocas veces me he encontrado a alguien en mis más de veinte años de profesión menos ‘demanding’ y más dispuesta a dejarse abrazar por el público o a dar besos a diestro y siniestro. De hecho, cuando nos fuimos a despedir, mechones de su pelo se quedaron pegados a mi barba y, muertos de la risa, tuvimos que ir separándolos de uno a uno antes de poder ‘separarnos’.

Como Lauren Bacall

Hace un par de años, en los premios Yago, que ha creado Santiago Alveriú, nominado este año al Goya por ‘Selfie’, logramos que le dieran este premio que se otorga a los olvidados de los premios de la Academia española. Porque, en efecto, Ángela no tiene el Goya ni suelen nominarla. La última vez fue por ‘Blancanieves’, momento en el que parecía que se iba a hacer justicia de una vez, pero se lo dieron a Candela Peña, que ni se lo esperaba, porque, además, ya lo había conseguido anteriormente. Ocurrió igual que aquel año en el que Lauren Bacall tuvo que presenciar con estoicismo y, quizás, rabia contenida, cómo Juliette Binoche se llevaba un Oscar que tenían que haberle dado, como hicieron con Paul Newman y ‘El color del dinero’, que no era de sus mejores interpretaciones ni de lejos. Pero le tocaba…

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Que le den el Goya a Ángela o no es algo que me da igual, lo que sería una mala noticia es que se jubilara, algo que parece muy lejano. De hecho en enero estrena obra de teatro, ‘El coronel’, dirigida por Carlos Saura y con Juan Diego de compañero de reparto. Muero de ganas…