Hoy hablaré de mí

Hace apenas un año mi vida sufría un giro esperado: me despedían de mi anterior trabajo. Una noticia que me llenaba de alivio y me permitía emprender nuevos caminos. No siempre es fácil asimilar estos cambios, sobre todo si has superado la barrera de los 40, porque todavía hay quien piensa que la edad puede ser un obstáculo, aunque para mí siempre será una bendición. Así que yo hice frente a esa situación lleno de optimismo y, en mi caso, las plegarias sí fueron atendidas. Encontré inmediatamente un nuevo reto laboral del que estoy a punto de celebrar el primer aniversario con entusiasmo y energía. Como no puede ser de otra manera, cuando estás en la fase de enamoramiento, porque te vuelve a gustar lo que haces y retas a tu mente a dar siempre una vuelta de tuerca más.

Ayer viajaba a Torremolinos para cerrar la compra de un piso después de casi diez meses de búsqueda. Era otro deseo que quería poner en pie porque este giro de guión me había dotado de las condiciones financieras para poder hacerlo realidad. Fui y vine tantas veces que más de una ocasión estuve tentado de decir, como Rocío Jurado, «no vuelvo más nunca al AVE», pero la perseverancia, una vez más, dio sus frutos. Porque, en un momento en el que me intentaban hacer creer que los precios crecían por días y que tenía que comprar cualquier cosa antes de que fuera demasiado tarde, encontré mi oportunidad y no la dejé escapar.

Ayer, en el tren de vuelta, cansado por un día de muchas emociones y las mil gestiones, pensaba que la vida me viene tratando muy bien últimamente. Estoy fenomenal de salud, tengo una familia férrea siempre a mi lado, sigo contando con amigos que me han ayudado a levantarme cuando me he caído. Y, como Antonia Dell’ Atte, de mi vida privada no hablo.

No al pesimismo

Detesto los refranes, porque no son verdaderos. Sobre todo aquel que mantiene que «dime de lo que presumes y te diré de lo que careces». Creo que estamos tan acostumbrados a quejarnos y está tan mal visto socialmente que digas que te van bien las cosas, que nos perdemos la oportunidad de hacer partícipes a los demás de nuestra felicidad. Incluso nosotros mismos nos acostumbramos más a la queja que a pellizcarnos para darnos cuenta de que lo que nos está pasando es verdad.

Estoy contento con quien soy y con cómo estoy, así que lo único que le pido a Dios (en quien no creo) es que no me siga quitando seres queridos, de forma repentina o tras largas enfermedades. Porque en esto sí tengo queja. Y mucha. En pocos años se me ha ido demasiada gente, pero el hacer tantos duelos me ha ayudado a vivir con el pie más en el presente que en el futuro. A ser consciente de que el tiempo es tan limitado que no puedo ni perderlo ni regalarlo. A elegir con quién estoy y dónde.

Antonia Dell’Atte, excesiva como las estrellas del neorrealismo

No lo puedo evitar. Cada vez que veo a Antonia Dell’Atte siento que me teletrasporto a una película de Vittorio de Sica o de Roberto Rossellini. La imagino en blanco y negro, en una casa encalada con paredes desportilladas, cuadros de santos en todas las estancias y un crucifijo sobre la cama, preparando un plato de pasta que se comerá a tragullones su marido cuando llegue de trabajar en el campo, con una camiseta blanca de tirantes manchada por el sudor y la barba de una semana.

Antonia Dell’Atte no ha sido actriz porque es un personaje en sí misma. Histriónica, con unas manos que dictan sentencias y unas miradas que pueden dejarte con las piernas temblando, ha sido modelo, ha trabajado en televisión y, sobre todo, famosa.

Programa culinario

No la he seguido en ‘MasterChef Celebrity’, donde ha sido una de las concursantes, porque no me gusta cocinar y nunca tendría la paciencia de aprender. No me salen bien ni los huevos fritos y, si me apuran, ni las tostadas, así que ver a un grupo de individuos peleando contra el tiempo para elaborar un plato no me parece el mejor plan de domingo. Con todos mis respetos para el formato, que es un éxito de audiencia.

A Antonia Dell’Atte la vi por primera vez en el estreno de ‘Kika’ de Pedro Almodóvar en la Gran Vía de Madrid. En aquel entonces era un estudiante llegado de Castilla La Mancha a quien tener en frente un famoso de cuerpo presente era un acontecimiento como el que espera un eclipse lunar que ocurre cada doscientos años. ¡Estaba fascinado!

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Allí, apostado con mi amigo Claudio, cuando llegó le dije (ahora jamás haría algo así): «Antonia, no te vayas nunca de España». Y se ve que me hizo caso, porque no se ha acabado de marchar y sigue siendo una ‘socialité’ que reparte a diestro y siniestro cada vez que comparece en un evento o en un programa de televisión.

Su salto a la fama en España

En aquel entonces conocía a Antonia por aquella mítica intervención en ‘La máquina de la verdad‘ de Julián Lago y estaba al tanto de que había trabajado con Armani, de quien a día de hoy, como Gina Lollobrigida, sigue luciendo modelos ‘vintage’.  Había algo en ella que me fascinaba, su manera de hablar, que convertía a Raffaella Carrá en académica de la lengua española , su cara inmensamente femenina, pero masculina al mismo tiempo, y su osadía de decir cosas sin filtro (o con uno que a mí se me escapaba).

Antonia, al menos por lo poco que he visto de ella en el programa culinario, parece seguir siendo fiel a sí misma y, con el poso que deja el paso del tiempo, en su rostro, en sus ademanes, está más Anna Magnani o Sophia Loren que nunca. And frankly, me parece una maravilla.

Genuina

En un mundo en el que las ‘celebrities’ son intercambiables, los estilistas van a los mismos ‘show-rooms’ y casi nadie sale de lo políticamente correcto por temor a ser linchado en las redes sociales, se agradece alguien tan genuino como la exmujer de Alessandro Lequio.

Así que desde aquí renuevo esa petición que le hice hace varias décadas: «Antonia, no te vayas nunca de España».