Cómo canalizar la ira contra el Tribunal Supremo

RABIA

Nunca estaré más de acuerdo con una definición que cuando algunos califican Twitter o incluso Facebook como una barra de un bar en la que, bravucones, decimos lo primero que se nos viene en gana. Y luego, si nos arrepentimos, podemos borrarlo, aunque siempre puede haber alguien que haga una captura de pantalla para recordártelo.

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Ayer tuve que salirme de las redes porque me resultaba agotador leer los comentarios de la gente indignada con la decisión del Tribunal Supremo, que reculaba y obligaba, como era de esperar, pagar a los consumidores y no a los bancos el impuesto de las hipotecas.

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Exabruptos, cabreo, indignación… Emociones humanas destinadas a generar una catarsis colectiva que, como siempre, acabará en nada. Nuestra mente es incapaz de mantenerse instalada sine die en un conflicto, tiende a dispersarse y, pasado un tiempo, a olvidarse.

Esperar a que escampe

Es una estrategia que siempre han seguido los políticos cuando no han tenido la suerte de cara o se han visto salpicados por un escándalo: esperar a que escampe. Y no falla, llega un partido de fútbol, una corrida de toros, un día soleado, las playas… y si nos olvidamos de que nos están achicando nuestro espacio vital en nuestra cara.

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Las sociedades más avanzadas son las que sí han sabido sacar rendimiento al conflicto y no se han apeado de la burra hasta que el enemigo ha movido ficha. Sin embargo, la española, quizás por las décadas de dictadura, ha sido muy olvidadiza.

Y si nos olvidamos que los grandes logros de los que a día de hoy seguimos disfrutando se consiguieron a base de palos, de arriesgar y de, incluso, saltarse lo establecido, estaremos siempre en manos de individuos arbitrarios que lo que van a buscar es perpetuarse en sus privilegios.

No os perdáis esta película

Esta semana conseguía ver por fin la película ‘El reino’ de Rodrigo Sorogoyen, una radiografía descarnada de una clase política muy corrupta que acaba saliéndose con la suya. Mientras estaba en la sala, enganchadísimo a esta historia contada con tanto brío y frialdad, también me acordaba de la serie ‘Fariña’, que retrataba de forma valiente el daño que había hecho el narcotráfico a los cimientos de la sociedad gallega.

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En ninguno de los dos casos podemos decir que sean ciencia ficción sino relatos del contexto que condiciona nuestra vida, de cómo funcionan nuestras instituciones y de las consecuencias que tienen que pagar los delincuentes por sus fechorías. En muchos casos, nada. Como se dice coloquialmente, se van de rositas.

Más allá de hacer una arenga para que nos movilicemos, mi intención es recordaros que si queremos que las cosas vayan mejor debemos ser persistentes y no desistir hasta que consigamos nuestros objetivos.

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Pienso en esas reclamaciones que no ponemos, en esa permisividad que mostramos cuando alguien no cumple con su cometido, en la tolerancia con los delincuentes cotidianos. Nos falta tener esa determinación para pelear por lo que es nuestro y de los demás. Porque es mu importante ser conscientes de que también los otros se pueden beneficiar de nuestros pequeños logros, de nuestras diminutas victorias.

Votar con la razón

¿De qué sirven esas charlas-coloquio de las redes sociales? De nada. Porque no llevan aparejadas ninguna acción consecuente. Ocurre lo mismo cuando vamos a votar, lo hacemos como si fuéramos de un equipo de fútbol o de otro. No conocemos los programas políticos, no hemos evaluado si merecen nuestra aprobación o, por el contrario, deberíamos cambiar de bando. Depositamos nuestra papeleta desde la visceralidad, desde el sentimiento, pero no desde la razón.

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No es mucha la capacidad de maniobra que tiene el individuo corriente, de a pie, pero si sumáramos nuestras voluntades y las diéramos una estructura se multiplicaría exponencialmente nuestra fuerza. Sin embargo, preferimos seguir soltando mierda donde sea. Y eso es muy relajante y liberador, pero se queda ahí, descomponiéndose.

Así que, amigos, no me vengáis con que el mundo está mal, que ‘con la que está cayendo’ y lugares comunes de ese pelaje, porque no me interesa…


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Twitter, ese nido de psicópatas, acomplejados y amargados

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Hay ciertas prácticas que mejor no adquirir, sobre todo si ves que ya se te pasó el momento de hacer estupideces. Como fumar. Como el mal uso de Twitter. Ambos hábitos son nocivos para la salud y, al igual que el humo de los cigarrillos ajenos, los tuits de los otros también pueden ser letales.

No seré yo quien demonice las redes sociales, incluida esta, porque soy usuario, y me acercan a gente inteligente, ponen a mi alcance informaciones que se me podrían haber pasado por alto y son también un altavoz para lo que quiero trasmitir, incluido artículos como este.

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Ahora que los extremistas sacan pecho y tienen partidos que sustentan y promulgan sus ideas, Twitter en especial es la herramienta perfecta para que los cobardes, los que son capaces de culpar a sus mujeres o a sus hermanos de tuitear para escurrir el bulto una vez pillados en falta (o en delito), ayuden a plantar la semilla del odio.

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Una simiente, ojo, que germina casi sin abono, porque lo peor de la naturaleza humana aflora con más facilidad que la bondad, la empatía y la solidaridad. Ahora hasta corres el peligro de que un energúmeno te agreda cuando te vas a sentar a su lado en un avión porque no le gusta el color de tu piel o, simplemente, porque es el mal en estado puro.

No responder a los trolls

Por eso alerto desde aquí del peligro que encarna contestar a los trolls, alimentar caldos de cultivo que sirvan para que el terror se organice y cobre forma. El silencio es en muchas ocasiones la mejor manera de desactivar un conflicto y por eso no hay que responder ni a los ataques ni a las descalificaciones. No porque yo sea de los de poner la otra mejilla, pues soy yorkshire con alma de doberman, sino porque una frase injuriosa es el mejor de los selfies para los desequilibrados, los psicópatas y los estúpidos.

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Twitter (en mucho menor medida, Facebook o Instagram) es un campo repleto de minas antipersona (contra las que luchaba Lady Di, la pobre), de acomplejados que en su casa son incapaces de alzar la voz, seguramente porque nadie les escucha, pero que están prestos a sacar un cuchillo virtual y tirarse a la yugular.

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En algunos casos lo suyo podría solucionarse con tratamiento psicológico o psiquiátrico (si requieren medicación), pero en otros son tan solo individuos sin escrúpulos que como no tienen vida propia se dedican a complicársela a los demás.

Los buenos usuarios de Twitter son los que apuestan por una sociedad inclusiva, los que luchan por que prevalezcan los valores democráticos y los que opinan porque creen que pueden arrojar luz a la oscuridad, no por intereses espurios o por el placer de dañar.

Así que la moraleja es esta: Twitter, sí, pero con precaución (querido conductor).