La necesidad de aparentar ante los demás puede salir caro

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Todos necesitamos la aprobación de los que nos rodean, aunque digamos lo contrario. Y la conseguimos de muchas formas. A veces con nuestros logros profesionales, otras mediante gestos altruistas y, en el peor de los casos, alardeando de estatus. Sin embargo, esta última opción, aparentar ante los demás, puede salir caro.

En el mundo digital no hace falta profundizar mucho para encontrar infinidad de ejemplos de individuos cuyas vidas parecen idílicas, pero no lo son tanto. Nos hemos acostumbrado a ver en Instagram platos de comida sofisticados, puestas de sol espectaculares, ropa de firmas que no están a nuestro alcance, cajas de abdominales, hoteles para soñar… Imágenes cuya finalidad es proyectar éxito y construir una narrativa sobre nosotros mismos.

Un esfuerzo inutil

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Son ejemplos en muchas ocasiones de distorsión de la realidad y un espejo de lo que intentamos proyectar en nuestro día a día con los que nos rodean.

Es en nuestro entorno cuando aparentar lo que uno no es se hace más difícil que en las redes sociales, porque exige un esfuerzo más continuado que elegir unas fotos tomadas con una clara intencionalidad. No es lo mismo posar unos minutos que estar en pose las 24 horas.

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Matrimonios que están quebrados de puertas hacia adentro, pero que mantienen una apariencia de felicidad, hijos que mantienen ocultos hábitos que les están destruyendo o padres que se sienten abandonados cuando han llegado a la tercera edad: son muchas las situaciones cotidianas de estas características que se tratan de ocultar una vez se cruza el umbral del hogar.

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En estos casos se necesita elaborar un relato de normalidad, de status quo, para no sentirse señalado por tu comunidad, familiar, de amigos o de vecinos (cuanto más pequeño es tu entorno, más complicado resulta). Sentirse señalado es algo que se evita a toda costa, porque los ataques furibundos suelen llegar de los más próximos, pues saben pulsar las teclas que hieren nuestra sensibilidad. Por eso subrayo que es más fácil disimular en las grandes ciudades que en una localidad pequeña.

Administrar tus ingresos

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Otra circunstancia muy común es tratar de hacer ver que tu capacidad adquisitiva es superior a la de tus ingresos. Incurrirás entonces en gastos superfluos para hacer ver que la vida se hizo a tu medida e incluso puedes llegar a endeudarte para sustentar una ficción que los demás, por mucho que a ti te lo parezca, no acaban de creerse.

Aparentar a toda costa

He visto a tantos a mi alrededor alardear de éxitos que no lo eran y que, una vez descubiertos, han tenido que volver a su caparazón, que no recomiendo a nadie que base su bienestar en lo que piensen de él y mucho menos en cosas prescindibles como un coche nuevo cuando el que tienes está en buen uso, una casa más grande de lo que requieres o un viaje que tal vez no te puedes permitir.

El bienestar es algo subjetivo y depende de cómo nos valoremos a nosotros mismos. Me resulta inevitable pensar en Christina Onassis, una mujer que lo tenía todo y murió sola, posiblemente sumida en una tristeza endémica, en un hotel de Buenos Aires.

Por suerte, su hija, Athina Onassis, a quien le amenazaba la leyenda urbana de ‘pobre niña rica’, ha logrado salir adelante y no ser víctima de la alargada sombra de su familia y su progenitora.

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Dejar que lo que puedan pensar los demás determine o mediatice nuestros comportamientos es otorgarles unas potestades que no les corresponden, porque son nuestras.

Entre las apariencias y la realidad, apostad siempre por lo segundo. Es mucho más seguro y os ayudará a construir con unos cimientos más sólidos.

Tampoco perdáis de vista el corto, el medio y el largo plazo. Aparentar no da mucho de sí, ser lo serás siempre.

Twitter, ese nido de psicópatas, acomplejados y amargados

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Hay ciertas prácticas que mejor no adquirir, sobre todo si ves que ya se te pasó el momento de hacer estupideces. Como fumar. Como el mal uso de Twitter. Ambos hábitos son nocivos para la salud y, al igual que el humo de los cigarrillos ajenos, los tuits de los otros también pueden ser letales.

No seré yo quien demonice las redes sociales, incluida esta, porque soy usuario, y me acercan a gente inteligente, ponen a mi alcance informaciones que se me podrían haber pasado por alto y son también un altavoz para lo que quiero trasmitir, incluido artículos como este.

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Ahora que los extremistas sacan pecho y tienen partidos que sustentan y promulgan sus ideas, Twitter en especial es la herramienta perfecta para que los cobardes, los que son capaces de culpar a sus mujeres o a sus hermanos de tuitear para escurrir el bulto una vez pillados en falta (o en delito), ayuden a plantar la semilla del odio.

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Una simiente, ojo, que germina casi sin abono, porque lo peor de la naturaleza humana aflora con más facilidad que la bondad, la empatía y la solidaridad. Ahora hasta corres el peligro de que un energúmeno te agreda cuando te vas a sentar a su lado en un avión porque no le gusta el color de tu piel o, simplemente, porque es el mal en estado puro.

No responder a los trolls

Por eso alerto desde aquí del peligro que encarna contestar a los trolls, alimentar caldos de cultivo que sirvan para que el terror se organice y cobre forma. El silencio es en muchas ocasiones la mejor manera de desactivar un conflicto y por eso no hay que responder ni a los ataques ni a las descalificaciones. No porque yo sea de los de poner la otra mejilla, pues soy yorkshire con alma de doberman, sino porque una frase injuriosa es el mejor de los selfies para los desequilibrados, los psicópatas y los estúpidos.

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Twitter (en mucho menor medida, Facebook o Instagram) es un campo repleto de minas antipersona (contra las que luchaba Lady Di, la pobre), de acomplejados que en su casa son incapaces de alzar la voz, seguramente porque nadie les escucha, pero que están prestos a sacar un cuchillo virtual y tirarse a la yugular.

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En algunos casos lo suyo podría solucionarse con tratamiento psicológico o psiquiátrico (si requieren medicación), pero en otros son tan solo individuos sin escrúpulos que como no tienen vida propia se dedican a complicársela a los demás.

Los buenos usuarios de Twitter son los que apuestan por una sociedad inclusiva, los que luchan por que prevalezcan los valores democráticos y los que opinan porque creen que pueden arrojar luz a la oscuridad, no por intereses espurios o por el placer de dañar.

Así que la moraleja es esta: Twitter, sí, pero con precaución (querido conductor).