Lorenzo Caprile, un malo televisivo que no da puntada sin hilo

Lorenzo Caprile maestros de la costura

No sé ni enhebrar una aguja, porque desde niño me ha temblado el pulso. Algo que no le ocurre a Lorenzo Caprile en ‘Maestros de la costura’, que se muestra implacable cuando debe serlo. Eso sí, con una arquitectura argumental que no hay cómo llevarle la contraria. Porque cuando la verdad te asiste hay pocos resquicios por los que escaparte. En un mundo en el que casi todo se resuelve con tutoriales de Youtube, el conocimiento, la sensibilidad y el cuidado por todo lo que hace el creador no son cualidades que suelan darse en una misma persona con demasiada frecuencia. De ahí sus grandes logros profesionales. Y que esté al margen de las modas. Desde que llegó, siempre ha estado vigente.

Un fenómeno televisivo

El modista se ha convertido en un inesperado personaje televisivo desde que empezó su labor en el programa presentado por Raquel Sánchez Silva. Porque los malos siempre enganchan más que los buenos. Él lo es en sentido figurado. Su mirada rezuma travesura, ironía y ternura. Sin ser yo muy niño refranero, niño puñetero, caeré en el cliché de que ‘quien te quiere bien te hace llorar’. Que no es lo que pretende, pero a veces la franqueza, el hablar de manera descarnada, se confunde con tener mal carácter. O incluso te atribuyen cualidades morales que no son. Creo que Lorenzo Caprile se toma muy en serio su papel, que trasciende más allá del rol televisivo. Quiere que los concursantes aprendan. De verdad.

Una noche con Lorenzo Caprile

Ya estoy como Lolita Flores con sus anécdotas de ‘Tu cara me suena’. No lo puedo evitar… Qué más da, son las cosas de la edad. Conocí a Lorenzo Caprile en Madrid en una presentación de unas aplicaciones de un teléfono (él, que lleva un móvil del pleistoceno) hace ya unos cuantos años e iba acompañado por la encantadora Chiquín Figueroa, entonces su directora de comunicación.

No recuerdo muy bien de lo que hablamos, porque sobre todo lo que hicimos fue reírnos. Una cualidad que queda aún más de manifiesto en las distancias cortas es su sentido del humor, muy agudo y, sobre todo, muy rápido. Me suena que comentó algo sobre un juego al que se había aficionado gracias a su sobrino, pero no lo puedo asegurar, porque estoy en un punto de mi vida como aquel personaje de ‘La tía Julia y el escribidor’ de Mario Vargas Llosa que se enredaba con los argumentos de las radionovelas que escribía y ya no sabía muy bien lo que estaba contando.

El mejor vestido de Letizia

Lorenzo Caprile sigue siendo, a mi juicio y con todos mis respetos para Felipe Varela, el hombre que mejor ha vestido a Letizia. Para la historia quedó aquel vestido rojo que podría haber lucido la mismísima Maria Callas que la reina, entonces princesa, estrenó en la boda de Federico y Mary de Dinamarca. Un ejemplo del pasado y otro del presente, el sofisticado traje de Anne Igartiburu para retransmitir las campanadas de este año, cuya hiperbólica manga fue objeto incluso de divertidos memes. Pero, sobre todo, la demostración que donde esté un buen vestido de noche que se quite un biquini para recibir el Año Nuevo, salvo que estés en un todo incluido de Riviera Maya.

[LEE MÁS: Letizia, una reina que podría hacer mucho más]

Enganchado a ‘Maestros de la costura’

Por necio me perdí la primera edición de ‘Maestros de la costura’, pero a esta ya estoy enganchado. Sobre todo, si en el primer programa te traen a una leyenda como Sybilla, que, aunque dice que se ha ido, no descarto que vuelva. Los que hemos seguido la moda de manera difusa, no tenemos un torrente de diseñadores en la cabeza. Quizás porque también hay mucho de efímero, de wannabe, de los 15 minutos de fama que hablaba Warhol, pero hay nombres como el de Lorenzo, alta costura comme il faut, y el de la creadora estadounidense afincada en España que están muy enraizados en mi memoria visual y afectiva.

Lo que espero del discurso del rey Felipe

Foto rey Felipe VI

Este es el primero en muchos años en que no voy a tener que estar pendiente de si el rey Felipe lleva una corbata de un color, si hay una flor de Pascua a los lados de su silla o dejarme los ojos para discernir si en una estantería se ha posado como casualmente un portarretratos con los reyes eméritos para hacer una exégesis de por qué esa imagen y no otra. En esta ocasión no me toca trabajar así que me atragantaré a gusto con los turrones mientras intento desentrañar su mensaje. Si no estoy a otra cosa, que también puede pasar, porque hace mucho tiempo que los discursos han dejado de interesarme y me fijo mucho más en los hechos. para forjarme mis opiniones.

Monarquía o república

No soy ni monárquico ni republicano. No me levanto cada mañana pensando en que hay que echar del palacio de la Zarzuela a Felipe y Letizia, con sus hijas, y fletarles un avión con destino a Lisboa ni les visualizo envejeciendo en el casino de Estoril. dejándose los cuartos en la ruleta o echando unas partidas de póker. Tampoco les deseo ni mal ni bien, me son indiferentes, como la mayoría de los políticos. Y eso es lo peor que se puede pensar de alguien, que te de igual si viene o si va, si fue o si regresa.

[LEE MÁS: Letizia, una reina que podría hacer mucho más]

Hace tanto tiempo que dejé de creer en las instituciones y en los que me representan que mientras no vea que mi país progresa, que la gente tenga para llenar la nevera, que se respetan las distintas identidades, que te dejan llevar tu sexualidad como quieras y no tengas que estar agazapado por si un día partidos elegidos democráticamente (porque se les ha dado su lugar y se les ha blanqueado, porque les han permitido ser) deciden de repente que no tienes derechos, lo que digan el rey Felipe o Pedro Sánchez o Pablo Iglesias o Albert Rivera me es indiferente. Y a ese otro señor tan emergente no le voy a mencionar para no hacerle publicidad, que para eso ya tiene a toreros y humoristas de segunda categoría. O de cuarta.

España no va bien

Porque, cariños míos, yo no percibo que mi país progrese, no observo a la gente con esperanza, con ilusión por crecer, por sacarse un Master para prosperar porque ya se han encargado otros no solo de quitarles su valor sino también de que no sirvan para nada. No. Veo a personas con miedo a perder sus trabajos, otros desesperados porque no encuentran uno, la mayoría porque se desloman y no ganan ni para llevar una vida de clase media, enjambres de seres humanos (una expresión cuyo significado no deberíamos perder de vista) que se han quedado sin nada haciendo fila para que les den de desayunar en un albergue, ancianos que no tienen calefacción porque no se la pueden permitir, niños mal alimentados porque a sus padres no les alcanza para que puedan crecer sanos y fuertes.

Y sí, me diréis que los centros comerciales están hasta arriba, que es imposible encontrar mesa en un restaurante, que la gente está haciendo compras como si no hubiera un mañana, pero eso no es más que un decorado como el árbol iluminado de la puerta del Sol de Madrid. Eso solo fulgor falso, un espejismo, una minoría que hace ruido, pero hay otros que en silencio van languideciendo, quedándose sin nada y que si se echaran a las calles en masa sería peor que ‘Ensayo sobre la ceguera’ de José Saramago, más dramático que ‘Los 400 golpes’ de Truffaut, más triste que una novela de Dickens. Pero, claro, la gente es más cívica de lo que nos quieren hacer creer. La minoría es violenta y la inmensa mayoría resilente, estoica, y espera, espera, espera… Y desespera, porque los milagros no existen y por mucho que nos encomendemos a las vírgenes, sin honradez, voluntad de gobernar para todos, empatía, solidaridad y respeto, pocas cosas van a cambiar.

No me olvido de lo que hay fuera de aquí, porque hoy toca hablar de España. Hay miles de compatriotas a los que la vida se les va entre quebraderos de cabeza por no poder pagar las facturas, porque pierden sus viviendas, porque sus pensiones no les dan para alimentar a varias generaciones de una misma familia y van llegando otros que inician un nuevo ciclo en el que las expectativas son las mismas, como en un maquiavélico argumento de Kafka o como en ‘El ángel exterminador’ de Buñuel, que por más que intentas salir de tu situación siempre hay algo que te lo impide.

Feliz Navidad

Así que lo que espero del discurso del rey Felipe de mañana es que no diga cosas como que la justicia es igual para todos, que España va bien, que somos un país de futuro y esas frases vacuas y supuestamente aleccionadoras que a veces escriben los asesores, que pulen las aristas de las palabras para que sean inocuas, para que nadie caiga en la tentación de cortarse el cuello con ellas. Por cierto que el otro día leí que el suicidio ha superado a los accidentes de tráfico como causas de mortandad en nuestra queridísima piel de toro. Por si alguien quiere sumar dos y dos y le salen veintidós.

Lo único que me preocupa de su intervención televisada es que el rey Felipe que escoja una corbata bonita, que mire bien a cámara, que no le salga ningún gallo como a Manel Navarro en Eurovisión y que pase una feliz Navidad. Él, que puede. No todos tienen esa suerte.

Ojalá en 2019 os escriba unas líneas más optimistas y las cosas hayan empezado a cambiar para mejor. Porque en el fondo, lo que estoy deseando decir es vivan mis políticos, viva mi rey, como querría Pablo Casado, aunque no sea monárquico, y viva España. Pero de momento, lo siento, no me sale.

Meghan Markle: la nueva villana de la Casa Real inglesa

Foto Meghan y Harry

Mientras el Reino Unido vive uno de los momentos más delicados de su historia reciente, cierta prensa inglesa abre a cinco columnas casi a diario con chascarrillos sobre Meghan Markle. Un detalle que me hace sentirme bien, como aquella frase hecha de ‘mal de muchos consuelo de tontos’.  No solo en España estamos pendientes de lo superfluo al mismo tiempo que desmantelan el Estado del Bienestar como en un anuncio de fuet de Casa Tarradellas. También allí viven como si fuera un ‘reality’ la vida de sus ‘royals’ mientras se les van achicando los confines de su desarrollo personal, social y profesional.

Me cae bien Meghan. Igual que su marido,  el príncipe Harry, los malotes de la Casa Windsor, en la que la reina Isabel II ni ha pestañeado con los sucesivos escándalos familiares que han dado de comer a los tabloides desde tiempos inmemoriales ni siquiera por Diana de Gales, que le sigue teniendo metido un dedo en el ojo incluso después de muerta. 

Momentos bochornosos

Guardar las apariencias es una de las premisas básicas de familias de este tipo, a las que el servicio les lava los trapos sucios en casa. Aunque en el caso del Reino Unido, los periodistas son capaces de sacar de la papelera del baño un ‘tampax’ con la cara del príncipe Carlos y de tener infiltrados en palacio que les desvelan si a la condesa de Sussex le gustan las tostadas con mantequilla o con mermelada de naranja amarga.

A Meghan Markle, como ocurrió en España, con la reina Letizia desde que interrumpió a Felipe el día que anunciaron su compromiso, le están dando estopa pues es el eslabón más débil de una Casa Real que se sigue sustentando por el fuerte valor simbólico que se han ganado en momentos dramáticos como la Segunda Guerra Mundial. No por nada que merezca ser subrayado en las últimas décadas, en las que han seguido caminando entre los escándalos como Lady Di se paseaba entre las minas antipersonas.

[LEE MÁS: Letizia, una reina que podría hacer mucho más]

La Paula Echevarría inglesa

La actriz estadounidense está viviendo su propio ‘Princesa por sorpresa’ o su ‘Lost In Translation’. La han sacado de un plató de televisión para que ponga cara de angelito en los países de la Commonwealth, para que hable de trapitos de bebé con su cuñada, Kate Middleton, que tiene pinta de ser más aburrida que una película iraní de los 90, y para que se coma el pavo sin rechistar estas Navidades en Sandringham mientras la abuela de su nieto le mira de reojo el escote por si le faltan centímetros de tela.

Que dimita en cascada el personal que trabaja para ella tal vez signifique que es como el cabello encrespado, que se resiste a ser domada. Porque, amigas, vivimos en 2018, y por mucho que las revistamos de boato, las costumbres y usos sociales por los que se rigen las monarquías son anacrónicos. Meghan es la Paula Echevarría inglesa, y en nada se parece, por ejemplo, a la reina Sofía de España, que ha aguantado el chaparrón de las amigas entrañables de su marido o tener a su yerno en la cárcel, como si fuera Ortega Cano o Isabel Pantoja, sin que se le borre su gesto de Gioconda de señora del barrio de Salamanca. 

¿Se separarán pronto?

Tal vez a Meghan Markle no le habían informado bien de dónde se estaba metiendo y acabe separándose de Harry en menos de lo que esperamos, pero ya está bien de culparle hasta de haber matado a Manolete.  Qué alegría que tengamos nueva villana en Palacio, porque el mundo necesita más mujeres disruptivas que mosquitas muertas, a las que solo les dan la opción de lucir espectaculares a la sombra de sus maridos y opinar lo justo. 

Ver esta publicación en Instagram

The Duchess of Sussex yesterday attended a meeting with The Association of Commonwealth Universities (ACU) at King’s College London. Her Royal Highness joined university leaders, academics and international scholarship students as they discussed the role of higher education in addressing issues such as human trafficking, modern slavery, gender equality, peace and reconciliation, and climate change. In a speech during the Royal Visit to Fiji in October, The Duchess announced two ACU Gender Grants for the University of the South Pacific and Fiji National University, to fund new learning initiatives aimed at empowering female university staff and promoting gender equality.

Una publicación compartida de Kensington Palace (@kensingtonroyal) el

Al final va a resultar que Meghan Markle es feminista y todo. Ojalá. Y las monarquías necesitan más figuras como ella si no quieren acabar convertidas en naturalezas muertas. Porque los tiempos cambian que es una barbaridad. Ya ves…

Letizia, una reina que podría hacer mucho más

Foto Letizia primera dama china

Hoy me he levantado ‘letizista’. Como si yo mismo fuera una reina, tumbado aún en mi cama con dosel, entre almohadones, me dispongo a escribir este artículo antes de salir pitando a un desayuno promocional de Turismo de la República Checa. Ya se sabe que la vida del periodista es ir del tingo al tango, unas veces te ponen de desayunar, otras de cenar y otras unas coas. Eso sí, hay etapas de sequía que lo que ganas no te da ni para llenar la nevera, que no ha sido mi caso, por suerte. Si me lee, la mujer de Felipe VI sabe de lo que hablo que para eso somos compañeros de profesión.

Doña Letizia, le voy a poner el doña para darle un toque de solemnidad al asunto, se ha convertido en uno de los maniquíes de la prensa internacional. Para entendernos, que la edición de Vogue Estados Unidos o un periódico internacional el otro día se rindieron a sus pies porque la ven elegantísima. Que razón no les falta, con esa cinturita que ole ole cuando se mece, como decía aquella sevillana, todo le queda bien y, le pese a quien le pese, elige sus ‘outfits’ con mucho criterio. Como también lo hace Penélope Cruz, pero ella sigue rodando películas y es lo que más trasciende a nivel mediático, porque la nominan a Globos de Oro y esas cosas.

[LEE MÁS: Penélope Cruz: la mejor bandera de España (y muchos no lo saben)]

LA CUMBRE DEL G-20

Lo que uno se pregunta, a las ocho y media de la mañana, es por qué no se habla más de su labor, pues muy sencillo, porque desgraciadamente para la institución monárquica, no solo aquí sino en casi todos los países, las mujeres tienen una agenda propia que a veces es ornamental, otras testimonial y en la mayoría de las ocasiones para cuestiones de poco fuste, que para lo demás ya están los maridos. Como ya se vio en la cumbre del G-20, que mientras ellos manejaban los hilos del mundo ellas parecían ahí puestas por el ayuntamiento y las tenían poco menos que haciendo turismo por Buenos Aires. Aunque en sus casos, muchas de ellas (y de ellos, que también hay maridos de presidentas), siguen con su desempeño profesional.

A mí me gusta Doña Letizia, como me encanta Máxima de Holanda con su risa contagiosa, y me da mucha ternura, Masako de Japón, y sin ser yo monárquico acérrimo ni republicano convencido, porque no creo que la solución estribe en el modelo de Estado sino en las medidas que se tomen, creo que ellas son el ejemplo palpable que el feminismo sigue siendo tan necesario como siempre.

DEJAN SUS PROFESIONES

No debemos perder por alto que las mujeres de los reyes, osea, las reinas, dejan sus carreras profesionales y se ponen al servicio de la institución de aquella manera. Son una especie de ama de casa que no hace las tareas, porque para eso tienen servicio, y les ponen una agenda con eventos. Un poco aburridos la mayoría de las veces y otras más en plan brand ambassador de ONGs y cosas así .Porque si las cosas estuvieran montadas de otra manera, la nuera de la reina Sofía podía presentar el Telediario y luego volver a Zarzuela. Y aún le quedaría tiempo por las mañanas para ir a alguna audiencia y por la noche a algún concierto de clásica, unos monólogos o la cena de un aniversario de un periódico.

Cosas que los demás también hacemos a menor escala, compaginadas con nuestros trabajos. Pero no, si te haces princesa o reina, ya no haces series de televisión, como Meghan Markle, y la prensa se puede dedicar a destrozarte porque se filtra que eres mandona con el equipo de personas que ponen a trabajar para ti para que salgas mona todos los días en las fotos o te hagas una gira por la Commmnwealth en plan Madonna, con más actividades que un ‘resort’ de Riviera Maya.

Pero no, Letizia dejó de ser la gran periodista que podía haber devenido para ponerse a las órdenes de una institución que no la ha potenciado. Sin querer yo caer en el populismo, la leyenda de Lady Di no viene que muriera trágicamente sino de que se convirtió en un renglón suelto de los Windsor. Abrazó causas, hasta físicamente, como la lucha contra el sida, las minas antipersona y era percibida como alguien de carne y hueso. De ahí el apelativo ‘la princesa del pueblo’, que nosotros en plan castizo le pusimos a Belén Esteban.

EL BOLSO DE VICTORIA FEDERICAS

Mientras la gente siga viendo a la monarquía como un grupo de personas que por nacimiento viven, nunca mejor dicho, a cuerpo de rey, a Victoria Federica llevando bolsos de Chanel de cuatro mil euros sin haber trabajado en su vida, y la sociedad esté evolucionando a un empeoramiento paulatino de las condiciones de vida de la gente, consecuencia de una deliberada ingeniería social, resultará difícil que cale el mensaje de una institución a la que muchos perciben como distante, alejada de los problemas reales y sin ningún valor simbólico. Porque, en efecto, a los jóvenes les interesa cero lo que pueda pasar con ellos, a donde vayan o de dónde vengan. Es más, en todo caso les perciben como gente que vive mucho mejor que ellos sin hacer nada. Que sí hacen, pero no se valora.

Ya digo que a mí Letizia me gusta, que se la ha atacado injustamente muchas veces, porque no se han atrevido con otros miembros de su familia, pero si yo formara parte de su equipo de asesores me dedicaría a darle relieve. Que no sea como esos libros para niños en los que aparecen siluetas en sus páginas para luego rellenarlas de color. Porque creo que es una mujer valiosa, inteligente y capaz, y porque ella precisamente podría mejorar el nivel de ‘engagement’ con la institución. Y, además, tiene a su favor que es joven y podría ser el referente de muchas personas de su generación y de las que le preceden. Pero como a lo que me dedico es a juntar letras, escribo estos artículos que siguen la premisa de no decir nada que no pueda servir para mejorar el mundo.

Y ahora sí, me voy a la ducha a escuchar el nuevo disco de Miguel Poveda, que me alegra mucho la vida.

[LEE MÁS: Miguel Poveda, valiente en lo personal, valiente en lo profesional]