‘Dilema’: la adicción a las series basura

Cuando dejas de creer en muchas cosas. Cuando empiezas a desarrollar cierto grado de misantropía ante la estulticia de la gente. Ese el momento en el que te tienes que aferrar a algo. Y quizás tiras de tus ideales lejos de ayudarte a salir a flote te pueden hundir en una depresión o algo peor. Por eso las series basura son un refugio perfecto para escapar de ‘la puta realidat’. Por ese motivo, ‘Dilema’ es un ansiolítico perfecto. Sobre todo si estás al borde de un ataque de nervios. O si la desidia se ha apoderado de ti.

Netflix lleva un tiempo apostando más por la cantidad que por la calidad. Por el contrario, HBO, con un catálogo más reducido, nos regala, eso sí con cuentagotas, joyas como ‘Chernobyl’. O nos tiene siglos esperando la segunda temporada de ‘Big Little Lies’ con la que, seguro, será una interpretación inconmensurable de Meryl Streep, que se une a Nicole Kidman y Reese Witherspoon. Sin embargo, yo prefiero la primera plataforma a a la segunda. Porque, lo confieso, amo los subproductos. Y tienen para elegir… Me exigen poca concentración, me hacen reír, incentivan mi maldad y disipan la mala vibra.

[LEE MÁS: ‘You’, la nueva mierda de Netflix que no te puedes perder]

Casi tan mala o incluso peor que ‘You’ o ‘Dirty John’ es ‘Dilema’, la clara demostración de que la carrera de Renée Zellweger ha tocado fondo, pero puede hundirse aún más en la segunda temporada, si es que renuevan. Porque si ya son terribles e inverosímiles los de los diez primeros capítulos, es de imaginar que la cosa solo puede ir a peor. Y, por lo tanto, a mejor. La actriz, a quien siempre recordaremos por la nadería de Bridget Jones, se convierte en esta serie en un sucedáneo de Joan Collins en ‘Dinastía’, pero en lugar de pelear por yacimientos petrolíferos es una ‘killer’ de las finanzas que convierte la vida de los que la rodean en un avispero.

[LEE MÁS: ‘Dirty John’: la nueva serie malísima que te encantará]

Renée es tan buena actriz que defiende con convicción un personaje esperpéntico que a veces juega a ser Sharon Stone en ‘Instinto Básico’ y otras a Rebecca de Mornay en ‘La mano que mece la cuna’. Con unos filtros que ya los hubiera querido para sí misma Sara Montiel en los años 70, se come con patatas a un reparto tan mediocre que hasta los protagonistas de ‘Alta mar’, el último lanzamiento español de Netflix, parecen Lawrence Olivier y Vivien Leigh a su lado.

El paso del tiempo

Entre tanto actor anodino brilla fugazmente un apocalíptico Julian Sands, que evidencia que el tiempo también hace estragos entre los que una vez fueron el epítome del refinamiento. Este es el flagrante caso de este actor británico, al que adoré cuando tenía ‘el ansia de la juventut’ (perdonadme tanta referencia a Mónica Naranjo, pero cada uno llega hasta donde puede) en ‘Una habitación con vistas’.

Por lo demás, no solo de Bergman se vive. Afortunadamente. Siempre hay malos creadores dispuestos a conseguir que un día paupérrimo y sombrío se transforme en una puesta de sol y Judy Garland nos mande un arcoíris desde el más allá. Y actrices (y actores, de los que podría poner muchos ejemplos) que se van agostando dispuestos a desfigurarse a base de operaciones y pinchazos con tal de aferrarse a una lozanía que se nos escapa como agua entre los dedos. Mientras tanto, habrá que entretenerse y apartar nuestra mente de un mundo que evidencia que ni el pasado ni el presente ni el futuro serán mejores. Simplemente, diferentes.

José Coronado, el arte de elevar el listón

Vivir sin permiso foto

Hace unos días llegué por casualidad a ‘Vivir sin permiso’. Al igual que me ocurrió con ‘La casa de papel’ o ‘Fariña’ (ambas de Antena 3) no seguí esta serie cuando se emitió en Tele 5, porque hace mucho que casi solo consumo televisión en ‘streaming’. Lo he intentado con ‘Operación Triunfo’ o ‘La Voz’, pero se me hacen tan largos y repetitivos que siempre acabo dejándolo a la mitad como esos libros que no te enganchan y que llevas contigo a todas partes hasta que te aburres y lo dejas olvidado en cualquier parte.

Uno de los milagros de la democratización de los contenidos audiovisuales a través de plataformas como Netflix o HBO es que puedes administrar tus tiempos y hacer un ocio a la carta, así que, aunque con retraso respecto a su estreno, gracias a ellas he disfrutado de productos que hubiera dejado pasar de largo.

La estrella de la serie

Reconozco que el único motivo por el que me decidí a verla fue por José Coronado, porque solo que los capítulos fueran trece y duraran unos 75 minutos suponía dedicarle casi el mismo tiempo que a ver 13 películas, por lo que estuve merodeando por el menú de la plataforma hasta que me decidí a hacer un ‘clickbait’ en toda regla.

Ver esta publicación en Instagram

Inseparables #VivirSinPermiso

Una publicación compartida de Vivir sin permiso (@vspserie) el

A priori el tema del narcotráfico tampoco me interesaba en exceso (no le he dado ni una oportunidad a ‘Narcos’), por lo que estuve que sí que no unos cuantos días, hasta que caí en la ‘trampa’. La serie es un híbrido de ‘Fariña’ y ‘Herederos’ que, más allá de la poca originalidad de lo que cuenta, es tan adictiva como la peor fast-food y se disfruta como cochino en una charca. En apenas tres días casi me he ventilado la primera temporada y muero de ganas por que estrenen la segunda.

Más allá de ser un entretenimiento del que dentro de unas semanas tan solo recordaré algunas ‘punch-lines’, que muy bien podría haber verbalizado la mismísima Carmen Orozco, aquel inolvidable personaje de Concha Velasco en la ya mencionada ‘Herederos’, sobresale el trabajo de José Coronado, a quien la edad sienta tan bien.

Sus primeros papeles

Aún recuerdo cuando le descubrí en ‘Brigada Central’, en la que tanto mostraban su velludo torso, como ahora el lampiño de Álex González en ‘Vivir sin permiso’ o dando el primer beso en pantalla grande a Isabel Pantoja en ‘Yo soy esa’. Era un actor que no destacaba, a mi entender, más que por su físico, que era apabullante. Siempre que pienso en él me acuerdo de Juan Luis Galiardo, quien siguió una evolución artística muy similar. De papeles de galán o granuja de poca enjundia a hombres más grandes que la vida en su madurez.

Su gran impronta

En cualquier producto, José Coronado eleva el listón de la calidad con su carisma. Con una naturalidad que parece no costarle ningún esfuerzo. No importa que esté en malas manos, que el guión que le toque en suerte sea mediocre. Siempre está bien. Su voz profunda, con destellos juveniles que a veces asoman en su excelente dicción, sus canas y arrugas son como la estructura de una casa bien construida que se mantiene sólida y firme, aunque a su alrededor proliferen edificios vigorosos en su novedad, pero de futuro más incierto, porque tal vez sean fruto de una moda pasajera y envejezcan mal.

‘Dirty John’, la nueva serie malísima que te encantará

Foto Connie Briton y Eric Bana en 'Dirty John'

Entre leer a Marcel Proust y ver ‘GH Duo’ hay un millón de posibilidades y todas son válidas. Es más, estas dos opciones no son excluyentes ni incompatibles. El mundo, por suerte, es mestizo. Por eso, me puedo imaginar el infierno lleno de individuos que exclusivamente se han recreado en este genio francés de la literatura y otros de ese palo (Faulkner, James Joyce, Dos Passos, Céline). También lleno de fans de ‘realities’ y ‘Sálvame’. Por eso, como formuló Aristóteles, la virtud está en el término medios.

Siguiendo el consejo del filósofo griego, hay días que me doy a la alta literatura (quizás no tan alta como ‘En busca del tiempo perdido’, pero casi). Otros a seriales basados en hechos reales como ‘Dirty John’, que fue producido para Bravo y que en España podemos disfrutar gracias a Netflix. Y digo bien, disfrutar. Se trata de un despropósito que, si sobrevives al primer episodio, te querrás tragar de un tirón. Como esas pizzas que te van a destrozar las arterias, pero que una vez que das un bocado, tu cuerpo pide más.

Basado en hechos reales

‘Dirty John’ es la adaptación de un podcast del periodista Christopher Goffard para Los Angeles Times que cuenta la devastadora historia de un individuo sin escrúpulos que seduce a una mujer a la que literalmente le destruye la vida. Nada que no hayas visto ya en un telefilme de Antena 3 los sábados por la tarde. Aún así, merece una oportunidad. No solo por la gran interpretación de sus protagonistas, Connie Britton (no me digáis que su nombre no vale también para una cantante de ‘country’), que fue nominada al Globo de Oro por este papel, y Eric Bana.

La evasión es más que necesaria en tiempos revueltos como los que nos está tocando vivir y ‘Dirty John’ es entretenimiento ‘camp’ en estado puro. Los estilismos de la protagonista son pura sublimación de una América que nunca será París. Los diálogos hubieran logrado la aprobación de Aaron Spelling, mítico creador de ‘Sensación de vivir’ y ‘Melrose Place’. Y el resto del reparto podría haber formado parte del elenco de ‘Homo Zapping’. Especialmente la madre de la protagonista, que a veces recuerda también a Sophia Petrillo de ‘Las chicas de oro’, pero en clave dramática.

Un ‘must see’

Por todos estos motivos y otros que vosotros mismos descubriréis, ‘Dirty John’ es la serie ‘low cost’ que estabas esperando. No hay nada mejor que ver a gente que lo está pasando peor que tú en la ficción para darte cuenta que la vida merece la pena. Aunque solo sea por estos placeres no culpables.

[LEE MÁS: ‘You’, la nueva mierda de Netflix que no os podéis perder]

Gracias a Netflix he disfrutado en los últimos meses de subproductos maravillosos como ‘Elite’ o ‘You’. Series, que, por suerte, tendrán nuevas temporadas. Tras acabar ‘Dirty John’ me he quedado un poco huérfano. No me queda otra que navegar en su inabarcable catálogo en busca de un diamante en un estercolero. O viceversa. Porque no solo de ‘Roma’ viven nuestras pupilas. El universo no se acaba en Alfonso Cuarón. Hay otros planetas que visitar.

‘El blues de Beale Street’, la mejor película para San Valentín (o cualquier otro día)

Foto El Blues de Beale Street

Me gustan los dramones. No lo puedo evitar. Solo en la ficción, eso sí. Que para la vida solo quiero comedias entretenidas. No solo por eso me ha entusiasmado ‘El blues de Beale Street’, lo nuevo de Barry Jenkins, quien, con toda justicia, arrebató con ‘Moonlight’ el Oscar a la mejor película a la mediocre ‘La La Land’, una triste fotocopia desvaída de los musicales de la era dorada de Hollywood. Tiene tantas virtudes y tan pocos defectos (quizás alguna secuencia alargada innecesariamente), que 24 horas después de haberla visto sigo pensándola.

Entiendo que Pedro Almodóvar se resista a rodar para plataformas en ‘streaming’ como ha hecho Alfonso Cuarón, cuya ‘Roma’ solo ha tenido un estreno técnico en los cines, por lo que la hemos tenido que visionar en nuestras casas con lo que eso supone: déficit de atención, menor concentración, pantalla más pequeña… De hecho, creo que debería darle una segunda oportunidad porque la primera la vi tumbado en mi sofá y estuve a punto de quedarme dormido varias veces.

Por eso ‘El blues de Beale Street’ es para pantallón. Cada plano está pensado como los impresionistas concebían sus cuadros, estampas minuciosas y exquisitas para degustar de a poquitos, sin prisa, con las pestañas fijas y apuntando al Norte. Por eso, limitarla a un formato menor, aunque no va a aniquilar su magia, sí proporciona un recorrido mucho menor como experiencia.

[LEE MÁS: «‘Roma’ de Alfonso Cuarón (y otras películas mucho mejores de 2018)]

Como los melodramas de Douglas Sirk

La historia, una yuxtaposición de tiempos narrativos, es suave como la voz de Nina Simone, delicada como alas de mariposa, y se desliza como la prosa escrita por un calígrafo, sin que te des cuenta de que estás subido a una montaña rusa emocional. Sientes la piel joven y refulgente de los personajes, las miradas penetrantes de los enamorados, sus miedos, su dolor, su esperanza, su arrebato. Es una historia de amor como las de Douglas Sirk con una fotografía y una música atmosférica que irremediablemente me transportó a ‘In the Mood For Love’ de Wong Kar Wai. Por eso es idónea para un día como en el que estoy escribiendo, 14 de febrero. Y para otro cualquiera.

El estoicismo, una magnífica opción

El 14 de febrero es una fecha muy marcada en mi calendario no solo porque es el día de la celebración del amor, que no se me ocurre una excusa mejor, sino también porque fue el día de un cambio laboral radical que ha redundado en una vida mejor, más feliz, sana y en paz, igual que esa tranquilidad interior que emanan los protagonistas de ‘El blues de Beale Street’, que son la encarnación del estoicismo, no exento de espíritu de lucha, la mejor manera de encarar las puñaladas traperas del día a día y la injusticia sin caretas. Y las clara demostración de que las rejas físicas son siempre una menor barrera frente a nuestras metas que las mentales.

Olivia Colman: el triunfo del esfuerzo frente al nepotismo del ‘star system’ español

Olivia Colman La Favorita foto

Me alegra mucho que Olivia Colman ganara ayer el Bafta y ojalá se lleve el Oscar por su papel en ‘La favorita’ de Yorgos Lanthimos. Hacía años que no veía un portento en pantalla grande como a esta actriz británica dando vida a una Ana Estuardo que se debate entre sus complejos, la tortura física y un hedonismo ansioso que la mantiene viva.

Ayer mismo escribía otro artículo contando cómo las había pasado canutas para salir adelante como actriz, incluso frisando la exclusión social, por lo que aplaudo que a veces la vida haga justicia. No poética, que esa suele llegar tarde. De la que te permite llenar la nevera, encender la calefacción y no acabar convertido en un personaje de Charles Dickens.

Actrices superlativas

El Reino Unido es un país en el que se toman muy en serio esta profesión y desarrollan sus habilidades como el neurocirujano se entrega al aprendizaje durante años para intervenir algo tan delicado como una cabeza y no precisamente para ponerle tiaras. Es este mimo por su trabajo el que les lleva a interpretaciones tan exquisitas y precisas como la de Olivia Colman o las de sus compañeras de reparto, Rachel Weisz y Emma Stone (esta última, estadounidense)..

Actores en busca de audiencia

En España, por el contrario, proliferan los actores que aprenden su oficio en el carnet de identidad, donde figuran sus apellidos de un linaje que les permite llegar solo por ser hijos, hermanos o nietos de. Hay excepciones muy notables, que son las que están protagonizando en los últimos años el cine que permanecerá en nuestra memoria dentro de unas décadas. Y no me refiero al que producen los grandes grupos audiovisuales de nuestro país, que en muchos casos están pensados para rentabilizarlos en sus pasos televisivos y los casting parecen guiados por las cajas de abdominales, las curvas de esa chica, a las que cantaba Mecano, o al tirón mediático más que a la competencia profesional.

[LEE MÁS: «Sex Education: la serie que te hubiera gustado ver en tu adolescencia]

Las series de televisión en España están llenas de individuos que sirven para forrar las carpetas de los adolescentes o porque alguien les ha puesto ahí a dedo. De tal forma que a veces hay un abismo entre actores que comparten secuencia y que redundan en un efecto ‘amateur’ que me lleva a inclinarme por producciones extranjeras a las que dedicar mi escaso tiempo de ocio. Ha habido excepciones como ‘Fariña’ o ‘La casa de papel’, pero otras como ‘Elite’ o ‘Los nuestros 2’ parecen funciones de colegio.

Un ejemplo ‘de libro’

En una ocasión le pregunté a una actriz que no ha llegado demasiado lejos si ella se consideraba intuitiva como su madre o iba a ser de método. Su respuesta fue que mientras pudiera apañarse con los recursos que tenía no iba a ponerse a estudiar. Y lo cierto es que en aquel entonces, sin experiencia previa de ningún tipo ni haber pasado por una escuela de Interpretación, estaba en una serie de ‘prime time’ sin otro mérito, supongo, que haberse puesto delante de una cámara y no haber dado mal del todo. Además de su apellido, no lo perdamos de vista.

[LEE MÁS: ‘You’, la nueva mierda de Netflix que no os podéis perder]

Los años han pasado y esta actriz encadena proyectos muy menores, cuando los tiene, y está destinada a acabar en el olvido, como tantos otros que tuvieron arranques fulgurantes, pero no se dedicaron a pulir un oficio que requiere la delicadeza del artesano más esmerado. Los golpes de suerte llevan muy ocasionalmente y el público tiene demasiados pájaros volando como para quedarse con el que tiene en mano…

La genialidad de Marilyn Monroe

Amigos, las cámaras no engañan. Decía Billy Wilder que trabajar con Marilyn Monroe podía ser agotador, porque llegaba tarde a los rodajes o no se presentaba y había que repetir mil veces las tomas, pero que cuando salía la buena, no había nadie que pudiera conseguir esa magia. Aún así, la protagonista de con ‘Faldas y a lo loco’ se tomó muy en serio de lo formarse para ser una grande. En su caso dio un poco lo mismo, porque lo que la convirtió en mito era una genialidad innata que no necesitaba ni cultivar. Era un diamante en un estercolero, la lotería que nunca toca, la arbitrariedad del azar.

Ver esta publicación en Instagram

#TheFavourite 2018 #NYFF Opening Night Film Photo Credit: Yorgos Lanthimos

Una publicación compartida de The Favourite (@thefavouritemovie) el

El triunfo de Olivia Colman es el de la hormiga sobre la cigarra, el de los de estudiosos frente a los que se tumban en el césped a tomar el sol mientras otros toman apuntes, el de los que aman lo que hacen y demuestran que el esfuerzo sirve para algo. Cuando hay talento, claro. Si no para qué, mejor seguir tumbado en el sofá…

‘Sex Education’, la serie que te hubiera gustado ver en tu adolescencia

Actor Sex Education foto

Nadie nacemos aprendidos. El instinto es una guía muy pobre para poder desenvolverte en la vida. Como pájaros que se tiran del nido para aprender a volar, la adolescencia es ponerse al borde de un acantilado y atreverse a saltar. Eso es en líneas generales lo que nos cuenta ‘Sex Education’, un ‘must see’ de Netflix. Es también la serie que nos demuestra que Gilliam Anderson es mucho más que la agente Scully, una actriz superlativa de voz rasposa, mirada pegajosa y un glamour de andar por casa al que Hollywood podría haber sacado más partido.

Por suerte, la televisión se está convirtiendo en el refugio de los grandes, los desaprovechados, los que no quieren estar persiguiendo a súper-héroe o malgastar su talento en producciones pensadas para vender junto a las entradas palomitas y sodas a precio de champán francés. Y también la de los espectadores que nos las vemos y las deseamos en encontrar una película decente que nos haga dejar nuestro sofá para disfrutar de la gran pantalla.

Series de instituto

Anoche acabé el último de los 8 capítulos de esta historia ambientada en un instituto, como tantas otras ficciones de la misma plataforma, ‘Stranger Things’, ‘Por 13 razones’ o la española ‘Elite’. Lo que marca la diferencia es que en esta ocasión los personajes están vivos, no son estereotipos al servicio de un guionista que quiere construir una trama que enganche sin importarle la complejidad del ser humano ni los matices de los sentimientos.

‘Sex Eductation’ no es ni de lejos ‘You’, otro gran éxito en la misma plataforma y un entretenimiento sin pretensiones más adictivo que aquel eslogan que decía que ‘cuando haces pop ya no hay stop’, pero tan intrascendente como las novelas del oeste que hace décadas se podían alquilar en los kioscos donde se vendían revistas y chucherías. Y como la grandeza del mundo es su biodiversidad, no está reñido disfrutar de esa mierda sofisticada, tramposa y entretenidísima, con el cine de Alfonso Cuarón, Asghar Farhadi o Lars Von Trier.

[LEE MÁS: ‘You, la nueva mierda de Netflix que no os podéis perder]

‘Sex Education’ me retrotrajo a mi propia adolescencia, cuando no tenía libro de instrucciones y no sabía muy bien cómo sobrevivir en un mundo concebido para ser heterosexual y en el que las manadas se organizaban para hacer la vida imposible a los diferentes. Los tiempos han cambiado, pero los problemas siguen siendo los mismos, por lo que si yo tuviera hijos les pondría esta serie como deberes, porque se abordan con naturalidad y de manera didáctica todas las preguntas que nos podemos hacer en esa etapa de nuestras vidas. Cuestiones que tal vez los hijos no se atreven a plantear y que en alguna de las tramas cruzadas de la serie quedan más que respondidas: el miedo a la primera vez, la aceptación de la propia sexualidad, las inseguridades, el miedo al rechazo, cómo hacer frente al bullyng.

El sentido del humor

En un mundo en el que la fealdad se retransmite por televisión como si fuera un espectáculo y en el que se están dando por buenos valores que pueden arruinar los cimientos de nuestra sociedad como carcoma, ‘Sex education’ es un ejemplo de cómo se puede hacer convivir en armonía diferentes maneras de pensar y de sentir. También de cómo el sentido del humor es redentor, de cómo el diálogo es una herramienta más poderosa que la imposición y de cómo los clichés y las imágenes impostadas que transmitimos a través de las redes sociales no necesariamente se corresponden con una vida feliz.

Un placer de Netflix

Al margen de estas cuestiones, ‘Sex Education’ es divertida, ágil y sencilla de seguir, algo de agradecer cuando lo que buscas es evasión y no devanarte los sesos intentando recordar si un personaje de la Edad Media pertenece a una rama de una familia o de otra. O intentar comprender qué es realidad y qué imaginado, si nos movemos en un plano físico o metafísico. Tiene la virtud de lo complejo revestido de sencillez, la profundidad en un marco de ligereza y la diversión envolviendo las grandes cuestiones que dan sentido a la humanidad y crean un tejido humano que nos sostiene frente a las agresiones de un entorno hostil. Toda una guía de supervivencia que no os podéis perder.

‘You’: la nueva mierda de Netflix que no os podéis perder

Foto You Netflix

Si es que al final va a ser verdad: pedid y se os dará. Pues no me quejaba yo ayer de un mundo lúgubre en el que las extremas derechas campan a sus anchas y hoy desayuno con que a Ana Botella la ha condenado el Tribunal de Cuentas, pero va a recurrir la sentencia y se me quitaban las ganas de vivir… Pues ya no, ahora quiero existir ad eternum. Ser inmortal, que para eso soy un poco estrábico como Christopher Lambert, el protagonista de la saga de películas homónimas.

Resulta que anoche, destruido por la vida, encendí Netflix y apareció un guaperas hablando a cámara, así que pinché sobre su imagen y apareció una serie nueva, ‘You’, de la que él es protagonista. Antes de lanzarme a verla, miré en episodios y más información porque no soy de los que me lanzo así como así a gastar unas diez horas de mi vida. Y claro, el argumento ya me hablaba de un psicópata, de una obsesión, había guaperío, estaba ambientada en Nueva York. Así que me puse a verla y si no hubiera sido porque estaba saliéndome de mi horario infantil y empezaba a dar cabezazos la hubiera terminado de un tirón.

Ver esta publicación en Instagram

Meet Beck on Netflix, Dec 26

Una publicación compartida de Elizabeth Dean Lail (@elizaboon) el

‘You’, Netflix apuesta fuerte

‘You’ es un disparate. Es tan mala que es buenísima. Hasta hay un niño que parece sacado de ‘El sexto sentido’ que lee los clásicos de la literatura universal para evadirse de su familia desestructurada que atiende al nombre de Paco y al que el protagonista le llama PAC, que no lo olvidemos son las siglas de la Política Agraria Comunitaria y hasta en la serie sale un pequeño huerto urbano. Así que mientras los guionistas deslizan citas de Frankenstein, nos recuerdan que la escritora Paula Fox era la abuela de Courtney Love y la chica de la serie quiere convertirse en una especie de Sylvia Plath o Alejandra Pizarnik, pero sin tendencias suicidas, se va desplegando un argumento más truculento que el de ‘La mano que mece la cuna’, ‘Atracción fatal’ o cualquier telefilme de los que emite Antena 3.

Esperando a Meryl Streep

En otro plano de calidad nos encontramos con ‘Big Little Lies’ de HBO, pero como están tardando tanto en estrenar la segunda temporada, con la incorporación de la mejor actriz de todos los tiempos, Meryl Streep, nos tenemos que conformar con sucedáneos como este, a los que no hay que hacerle ascos. Siempre he desconfiado de los que solo saben paladear a Marcel Proust, a quien nunca he leído, o a Faulkner, con quien lo intenté, pero no le conseguí hincar el diente, y son incapaces de disfrutar con una mierda pinchada en un palo como esta. Suelen ser individuos sin humor, sin aristas y, lo que es más grave, sin interés, porque ellos no hacen otra cosa que hablar de sus libros.

Otro acierto de Netflix

Hace unos días me granjeé la enemistad de unos cuantos porque dije que ‘Roma’ de Alfonso Cuarón no era para tanto. Que para contar la desintegración de una familia de clase media mexicana y las tribulaciones de su sirvienta no hacían falta más de dos horas (sin quitarle yo mérito ninguno al virtuosismo técnico ni a la sensibilidad del cineasta, claro está). Así que aquí he encontrado el antídoto, en ‘You’ este subproducto que espero renueven por una cuantas temporadas, porque soy de la generación que fuimos envejeciendo con los protagonistas de ‘Falcon Crest‘ o ‘Dinastía’. Que igual resulta que mueren todos al final de la primera temporada (solo voy por el capítulo tres) e igual ya no hay remedio. Yo, por si acaso, como cantaba Marta Sánchez, os digo que mi cuerpo pide más.

[LEE MÁS: ‘Roma’ de Alfonso Cuarón (y otras películas mucho mejores de 2018)]