Nicole Kidman ha recuperado su cara y su carrera

Foto Nicole Kidman

No sé si todos, pero yo al menos tengo cierto miedo a envejecer. Envuelvo de retórica mi día a día con un discurso que parece sacado de un libro de autoayuda: que ya no tienes complejos, que te gustas más que antes, que tu autoestima es mayor que cuando eres joven, que tienes más seguridad en tus decisiones, que sabes decir que no y también que sí. Esas cosas que los jóvenes escuchan encantados porque ellos tienen lo que tú envidias: juventud. Y tú te sientes mejor porque les puedes aportar una pátina de sabiduría que alcanzas no por inteligencia natural sino por la experiencia, que a veces suele ser útil. Aunque no siempre.

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Woody Allen decía que a partir de cierta edad, creo que 35 años, todo era una catástrofe. Una hipérbole con un poso de verdad, porque el cuerpo comienza a darte menos prestaciones y el tiempo que te queda por delante empieza a menguar exponencialmente. Por eso entiendo la lucha contra los síntomas del envejecimiento de ciertas mujeres que viven de su imagen. En una sociedad machista en las que las canas dan impronta y clase a los hombres, a ellas no se les permite no tener la lozanía de sus nietas. Salvo que decidas no plegarte a ciertas exigencias y demuestres que con tus arrugas eres más de verdad y hasta más guapa.

Un rostro sin expresión

Hubo un tiempo en el que Nicole Kidman estaba más estirada que un tambor y su espectacular belleza se estaba convirtiendo en una imagen congelada, fría y sin ángel. Por suerte se dio cuenta antes de que fuera demasiado tarde y dejó de utilizar el bótox, que era pan para hoy hambre para mañana.

Actrices españolas como Carmen Maura o Ángela Molina o francesas como Juliette Binoche o Isabelle Huppert tienen una merecida continuidad laboral porque no han sucumbido a quitarse quince minutos de encima con tratamientos que no rejuvenecen sino que te dan un aspecto atemporal que en realidad avejenta, aunque a primera vista no lo parezca. Porque, como dijo Lola Flores, el brillo de los ojos no se puede operar. Ni la forma de moverse, que indica mucho más sobre la edad que un rostro terso y brillante.

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Nicole Kidman es una de las actrices más superlativas de Hollywood y tiene una carrera mucho más completa que la de su exmarido, Tom Cruise, quien, mientras se acerca peligrosamente a los 60 años, sigue ejerciendo de héroe de acción en películas que arrasan en taquilla y se olvidan según has salido del cine. Una pena de cualidades desaprovechadas, que han mermado una trayectoria que podría estar a la altura de Brad Pitt o George Clooney, actores de su generación que han desarrollado sus cualidades artísticas e intelectuales en proyectos más arriesgados y destinados a perdurar en la memoria.

En un gran momento

Nicole Kidman trabaja más que nunca, los directores europeos mueren por trabajar con ella y en sus proyectos elige personajes con un pantone emocional que nos permite disfrutarla en toda la extensión de sí misma. Por suerte el día que decidió recuperar su cara, recuperó también su carrera. Y si el tiempo nos alcanza, es inevitable. Pelarnos contra lo inexorable es malgastar las oportunidades que se nos puedan presentar. Quizás no las mejores de nuestras vidas, pero lo suficientemente buenas como para querer llegar a una tercera edad tan espléndida como la de Jane Fonda o sir Ian McKellen, que el día que se vayan se irán sin haber sentido el peso del ocaso.

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