Pedro Almodóvar: nos quedamos a tu vera

Foto dolor y gloria

El viernes fui a ver ‘Dolor y gloria‘. No quise faltar a la única tradición que yo mismo he generado: ir a ver las películas de Pedro Almodóvar el día de su estreno. Otros van a ver al Cristo de Medinaceli o se visten de nazarenos en Semana Santa para purgar sus pecados. Yo soy de redimirme con el cine del hijo de doña Francisca Caballero. Aunque algunas veces me decepciona, siempre me deja algo dentro. Aunque sea exabruptos sin esputar porque a los genios siempre hay que pedirles más.

Fui solo. Casi como quien va a rezar ante la Pietá de Miguel Ángel. Con devoción y concentrado, porque sus películas son tan intensas y ricas en matices que deberíamos tener media docena de pares de ojos y otros tantos de oídos para que no se nos escape nada. Por eso dentro de unos días, cuando la haya dejado reposar, volveré para darle una nueva vuelta de tuerca.

Mi educación sentimental

Durante las casi dos horas de metraje estuve pegadísimo a la pantalla, mientras en mi interior se removían sentimientos de dolor y gloria. Nunca un título mejor elegido. Porque ante mis ojos pasaban momentos dichosos de mi propia biografía y culpas sin purgar por no haber sido mejor en ocasiones. Salí con la sensación de haber pasado por un confesionario, con las cuentas saldadas sin necesidad hacer penitencia.

Ver 'Dolor y gloria' es una experiencia religiosa, la demostración de que los genios como Pedro Almodóvar siempre vuelven.
Póster de ‘Dolor y Gloria’. (El deseo)

Cuando acabó con esa bellísima secuencia que vale por toda una película, no sabía muy bien lo que había visto ni cómo interpretarlo. Me sentía como después de haber leído una novela de José Saramago, páginas de celuloide intensas y enmarañadas, pero al mismo tiempo tan simples y tan básicas como las emociones. Cansado de tantos estímulos contrapuestos y dichoso por haber disfrutado de un puñetazo de vida y muerte. Porque a ambas nos remite la película de Pedro Almodóvar. A los momentos dichosos y luminosos en los que somos todo potencia y a las circunstancias en las que la realidad se impone al deseo. A nuestra voluntad de ser eternos y a nuestra incapacidad de sobrevivir al deterioro inexorable de nuestro cuerpo.

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Ni que decir tiene que salí reconciliado con Pedro Almodóvar, como creo que nos ha pasado a muchos. Le queremos como el primer día o más. Y nos quedamos a su vera, como canta Rosalía en esa neorrealista secuencia que a mi propia madre le recuerda a su infancia y que pone sobre la mesa cómo los pequeños goces de la vida se encuentran en las rutinas más insospechadas. Por eso y por mucho más hay que ver ‘Dolor y gloria’. Después nada será lo mismo.

‘Dolor y gloria’: Pedro, España entera te debe la gloria del arte de España

Dolor y Gloria Almodóvar

Hoy se estrena por fin ‘Dolor y gloria’. No la he visto aún, pero ya estoy nervioso. Como novia que se casa, como desempleado que tiene una entrevista de trabajo. Me encanta sentir esa emoción, ese cosquilleo que tan pocas cosas me provocan como un estreno de Pedro Almodóvar. Lo bueno y lo malo es que en unas horas se me habrá pasado esta desazón, aunque seguiré dándole vueltas a lo que he visto y a los detalles que se me habrán pasado por alto, lo que me obligará a repetir.

Porque sí, amigas, seré ‘pedrista’ hasta que me muera (y no me refiero a Sánchez). No me importa si sus películas son mejores, peores, maravillosas, mediocres o disruptivas. Lo que sé es que siempre salgo del cine más feliz que entré. A veces por todo el metraje, otras por un fogonazo, por un detalle, por una frase que se convierte en ‘sampling’. Por lo que sea, Almodóvar hace que mi vida sea mucho mejor.

Las críticas de Carlos Boyero

Esta mañana escuchaba una crítica de Carlos Boyero que achacaba el fenómeno Almodóvar a sus innegables cualidades para el marketing. Una actitud despreciativa que viene mostrando desde hace muchos años y que, allá él, porque su influencia sobre el espectador es posiblemente mucho menor de lo que se cree. A veces ocurre como en las películas de terror, que si acumulas los sustos dejan de surtir efecto. Por eso sus palabras son anestesia para mis sentidos, dormidina para mis noches de insomnio. Nada.

Ya digo que aún no he visto ‘Dolor y gloria’ y he intentado leer lo menos posible sobre la pelicula. Para llegar virgen y mártir a la sala. Mis expectativas no son ni altas ni bajas, porque no me planteo nada. Soy como un eurofan ante Eurovisón, ya estoy convencido de antemano, porque sea lo que sea no voy a salir defraudado. Como nunca lo hicieron Buñuel o García Lorca o Truman Capote. Genios que tuvieron días mejores o peores, pero que solo les parieron una vez para dejarnos un mundo mejor y más inteligente. Otros, por el contrario, parecen clonados, se mueven en la medianía, en la osadía de la mediocridad y su impronta es fugaz como hoja de calendario.

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Por mi devoción hacia Pedro Almodóvar, a quien nunca he tenido la oportunidad de entrevistar o conocer, aunque me encantaría, voy a parafrasear a Rocío Jurado, cuando en un homenaje a Lola Flores le dijo lo que ahora le voy a aplicar al hijo de doña Francisca Caballero: «Yo no sé si esto servirá de algo, pero esto tiene que ser el comienzo del homenaje que te tiene que dar España. Porque España entera te debe la gloria del arte de España. Y ya no digo más nada».

Penélope Cruz juega en otra liga

Foto Penélope Cruz Chanel

Por suerte desde mi niñez he tenido la imaginación trabajando a ‘full’. Con cuatro o cinco años ya me visualizaba en lugares en los que nunca he estado y dedicándome a cosas que nada más lejos. Quizás me faltó determinación, capacidad para fijar esos objetivos y perseguirlos o se trataban solo de quimeras sin mayor recorridos. Jamás le he dado un segundo pensamiento a esas ensoñaciones prematuras, que no eran nada más que eso.

Vaya por delante que me gusta la persona en la que me he convertido y que si en mi adolescencia me hubieran hecho firmar por solo el diez por ciento de las vivencias que he atesorado, no hubiera dudado un segundo. De nuevo, sin quererme poner en el mismo plano que ella, a Penélope Cruz le pasó algo parecido. Vio ‘Átame’ de Pedro Almodóvar en el cine y decidió que quería ser actriz. Ella si lo consiguió y de qué manera.

La fuerza del destino

Ayer precisamente le descubría a un amigo el videoclip de ‘La fuerza del destino’ de Mecano, porque él creía que había empezado su carrera en ‘Jamón jamón’ y redescubrimos a una Penélope que, salvo la evolución propia del tiempo, que siempre trae goteras, no ha cambiado demasiado físicamente respecto a la joven de apenas 16 años que paseaba su melenón junto al de Nacho Cano en esas imágenes. La prueba evidente que la precisión del bisturí de un cirujano plástico, como cantaba Fabio McNamara (y ahora versionan, malamente Fangoria), no había sido necesaria. Era un escándalo de belleza y lo sigue siendo.

Todo un ‘Chanelazo’

También ayer desfilaba Penélope en homenaje a Karl Lagerfeld con un modelazo de Chanel como si fuera una metáfora involuntaria de la carrera. Son tantos los logros de la actriz de Alcobendas que en cualquier país tendría, como en la copla, un trono en la tierra y un barco en el mar. Sin embargo, hay una legión de ‘haters’, a los que habría que ver detrás de sus perfiles de Twitter o en sus vidas cotidianas rancias y mediocres, que le lanzan cuchillos verbales como faquires. Periodistas que escriben ‘fake news’ sobre ella y su marido solo porque no les caen bien o piensan distintos.

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España es un país cainita, de individuos mediocres que se hurgan los dientes con un palillo acodados en la barra de un bar, mientras se toman un carajillo y arreglan los problemas de España, de gañanes de tertulia televisiva que no les importa denigrar a niños con síndrome de Down, de adoradores de Belén Esteban, de dopados de telebasura.

La política y la mentira

Pero de repente surge alguien con un Oscar y dos nominaciones más, con fama global basada en su trabajo y no por estar colgada del brazo de un hombre, que se ha ganado su patrimonio pateándose rodajes, y se la mira con recelo, sus logros se ponen en tela de juicio y se le niega el pan y la sal solo porque lo digo yo. Como ocurre en política, que se puede mentir descaradamente y maniobrar en contra de los ciudadanos y a favor de uno mismo sin que se te caiga la cara por la vergüenza ni que tu parroquia te expulse en las urnas.

Seguir soñando

Una y mil veces seguiré defendiendo a Penélope. Por los sueños imaginados que no cumplí y por los que espero lograr. Por aquellos que han alcanzado lo que se han propuesto y han superado sus propios límites. Y por los que también pelean, aunque sin suerte, porque puede que algún día consigan lo que tanto anhelan. O algo que se le parezca.

‘El blues de Beale Street’, la mejor película para San Valentín (o cualquier otro día)

Foto El Blues de Beale Street

Me gustan los dramones. No lo puedo evitar. Solo en la ficción, eso sí. Que para la vida solo quiero comedias entretenidas. No solo por eso me ha entusiasmado ‘El blues de Beale Street’, lo nuevo de Barry Jenkins, quien, con toda justicia, arrebató con ‘Moonlight’ el Oscar a la mejor película a la mediocre ‘La La Land’, una triste fotocopia desvaída de los musicales de la era dorada de Hollywood. Tiene tantas virtudes y tan pocos defectos (quizás alguna secuencia alargada innecesariamente), que 24 horas después de haberla visto sigo pensándola.

Entiendo que Pedro Almodóvar se resista a rodar para plataformas en ‘streaming’ como ha hecho Alfonso Cuarón, cuya ‘Roma’ solo ha tenido un estreno técnico en los cines, por lo que la hemos tenido que visionar en nuestras casas con lo que eso supone: déficit de atención, menor concentración, pantalla más pequeña… De hecho, creo que debería darle una segunda oportunidad porque la primera la vi tumbado en mi sofá y estuve a punto de quedarme dormido varias veces.

Por eso ‘El blues de Beale Street’ es para pantallón. Cada plano está pensado como los impresionistas concebían sus cuadros, estampas minuciosas y exquisitas para degustar de a poquitos, sin prisa, con las pestañas fijas y apuntando al Norte. Por eso, limitarla a un formato menor, aunque no va a aniquilar su magia, sí proporciona un recorrido mucho menor como experiencia.

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Como los melodramas de Douglas Sirk

La historia, una yuxtaposición de tiempos narrativos, es suave como la voz de Nina Simone, delicada como alas de mariposa, y se desliza como la prosa escrita por un calígrafo, sin que te des cuenta de que estás subido a una montaña rusa emocional. Sientes la piel joven y refulgente de los personajes, las miradas penetrantes de los enamorados, sus miedos, su dolor, su esperanza, su arrebato. Es una historia de amor como las de Douglas Sirk con una fotografía y una música atmosférica que irremediablemente me transportó a ‘In the Mood For Love’ de Wong Kar Wai. Por eso es idónea para un día como en el que estoy escribiendo, 14 de febrero. Y para otro cualquiera.

El estoicismo, una magnífica opción

El 14 de febrero es una fecha muy marcada en mi calendario no solo porque es el día de la celebración del amor, que no se me ocurre una excusa mejor, sino también porque fue el día de un cambio laboral radical que ha redundado en una vida mejor, más feliz, sana y en paz, igual que esa tranquilidad interior que emanan los protagonistas de ‘El blues de Beale Street’, que son la encarnación del estoicismo, no exento de espíritu de lucha, la mejor manera de encarar las puñaladas traperas del día a día y la injusticia sin caretas. Y las clara demostración de que las rejas físicas son siempre una menor barrera frente a nuestras metas que las mentales.

Amaia Romero: las axilas y el problema con el sonido eclipsaron lo principal

Amaia Romero foto Goya

La gala de la última edición de los Goya fue una de las mejores que recuerdo, junto con una presentada por Rosa María Sardá hace ya unos cuantos lustros. Andreu Buenafuente y Silvia Abril fueron unos maestros de ceremonias bien compenetrados, ágiles, chispeantes y naturales dentro de un encorsetado guión. Libres y atados, un oxímoron de manual. También la música contribuyó a dar lustre a la gala gracias, sobre todo, a la impresionante deconstrucción de ‘Me quedo contigo’ de Los Chunguitos, algo que ellos aplaudieron virtualmente a Rosalía través de Twitter.

Había muchas expectativas en torno a Amaia Romero y, aunque no decepcionó, su actuación palideció frente a la intérprete de ‘Malamente’. Rosalía es una artista tan disruptiva y con un nivel de perfección en cada una de sus apariciones, que sin aparente esfuerzo consigue que sean icónicas. La exconcursnate de ‘Operación Triunfo’, por su parte, es una artista con gran talento, una voz versátil y cuenta con algo difícil de conseguir, el cariño del público, que espera impaciente de una vez que lance su disco para sacar conclusiones. Aún así, no se encuentran en momentos vitales comparables y sus trayectorias van a ser muy diferentes.

Lo que sí dio titulares

La presencia de Amaia en los Goya estuvo marcada por varias circunstancias que han evitado que se hable de lo fundamental: su música. En la que más se ha incidido en los medios es que no se depiló los axilas, lo que generó titulares minutos después de que apareciera en el photocall. Después, su encuentro fortuito con Pedro Almodóvar, que volvió a estar brillante no solo en el homenaje a ‘Mujeres al borde de un ataque de nervios’ sino también ante las preguntas de los periodistas (sobre todo evaluando a los políticos como hipotéticos protagonistas de alguna de sus películas). Y por último, su salida al escenario para avisar de que había habido un problema técnico, que después explicó su discográfica mediante un comunicado. Más que nada para aclarar que no fue un despiste, que fue la conclusión primera que se sacó. No vaya a ser que acabemos convirtiéndola en la Carmen Sevilla de la música.

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Su situación es mucho más liviana que cuando Madonna rodó por las escaleras de los Brits Awards, se levantó y continuó con la coreografía en el punto en el que se encontraba la canción. Eso se llama profesionalidad, conseguida con décadas de trabajo y no se me ocurre un ejemplo mejor para ilustrar cómo debe encararse una situación de estas características.

La actuación de Amaia

Amaia Romero no defraudó en su cometido, pero la lástima es que no se aprovechó la situación para dar un empujón más, para que los que siguen mirándola con condescendencia y paternalismo vean de una vez que es una artista muy completa, no una concursante de un ‘talent’ que intenta ser famosa. Posiblemente tendremos mil ocasiones más para comprobar lo grande que puede llegar a ser, porque aún nos encontramos en la fase de crisálida. De la información que disponemos hasta ahora es que se inclina por los festivales, como marco para desplegar sus cualidades, y que no tiene ninguna prisa por irrumpir en las listas de ventas ni en las radiofórmulas. O incluso puede que ni siquiera ese sea su objetivo.

Renovación artística

La conclusión positiva que podemos sacar de todo esto es que nuestro ‘star system’ musical está en evolución, que están emergiendo nuevas figuras destinadas a decir mucho dentro y fuera de nuestras fronteras. La gran noticia es que no son clichés, productos al uso e intercambiables, como ya he dicho aquí anteriormente («jamás duró una flor dos primaveras·, escribió Manuel Alejandro, y eso les va a ocurrir a la mayoría de artistas convencionales). Porque no es lo mismo tener éxito que ser un éxito. Lo primero te hace vulnerable, porque puede llegar un día que se desvanezca como una mariposa muerta entre los dedos, y lo segundo es lo que te garantiza que seguirás, que has llegado para quedarte. Creo que Amaia Romero está en la segunda categoría. Lo digo por intuición, es evidente, porque aún está dando sus primeros pasos y su futuro sigue siendo incierto.

Rosalía, todos nos quedamos contigo

Foto Rosalía Goya

Ayer estuve trabajando hasta las tres de la madrugada por la 33 edición de los Goya, que miraba por el rabillo del ojo mientras sacaba adelante la tarea que tenía encomendada. Por eso no pude disfrutar en todo su esplendor y como se merecía de la actuación de Rosalía hasta que llegué a casa y vi con detenimiento el vídeo en Twtter.

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La cantante fue, de lejos, lo mejor de una noche en la que se rindió homenaje a Chicho Ibáñez Serrador, gracias a quien viví los mejores momentos televisivos de mi infancia y adolescencia, y reapareció Amaia Romero, con una actuación muy por debajo de lo que hubiera esperado de ella. Quizás porque anoche la sombra de Rosalía fue demasiado alargada. La llama de su espectacular vestido rojo arrasó con todo lo demás.

Una película inolvidable

La cantante interpretó una versión hipnótica de ‘Me quedo contigo’, una delicada y al mismo tiempo muy arrebatada canción de Los Chunguitos que está muy ligada a mi memoria sentimental gracias a la película ‘Las noches salvajes’ del francés Cyril Collard, que fallecía en 1993 víctima del sida sin saber que iba a convertirse en el gran triunfador de los César ese año. Un reconocimiento póstumo que pareció una broma sarcástica como el billete de lotería premiado de Max Estrella en la obra ‘Luces de bohemia’ de Valle Inclán, que le hubiera evitado morir en la más extrema miseria.

Fui a ver ‘Las noches salvajes’ a una de las salas más emblemáticas del cine de autor de Madrid, al Alphaville, que ahora se llama Golem por aquello de la globalización., Allí fue donde se forjaron, al igual que en los Renoir, mi criterio cinematográfico y también muchos de los sueños que no acabé por cumplir. Eso sí, se me hicieron realidad otras cosas que ni me hubiera planteado, porque la vida es caprichosa como un gato con el lomo erizado. Me acompañaba mi amigo Claudio y ambos quedamos fascinados por el magnetismo de Cyril, un hombre fuerte, sensual y muy masculino, que para nada parecía herido de muerte. Ni afectado anímicamente por ser el protagonista de una historia tan autobiográfica. Para eso era actor y director.

Las palabras de Almodóvar

Solo la he visto una vez, aquella vez, porque no quiero que la realidad estropee el recuerdo. Como ayer dijo Almodóvar en la gala de los Goya, el tiempo suele ser muy cruel con el cine y muy pocas películas permanecen. Prefiero quedarme con la huella emocional que me dejó y de vez en cuando encontrarme al azar en algún cajón la cinta de cassette de la banda sonora, que me compré en Nimes cuando fui a visitar a un compañero de familia de acogida en los típicos cursos de verano en el Reino Unido para aprender inglés. Como es obvio, en aquel entonces ni teníamos Amazon ni llegaban a nuestro país ciertos discos o libros, que tenías que comprar en sus países de origen, lo que le daba un toque romántico a cada adquisición, que cuidabas como si fuera el capó de un Rolls Royce.

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El propio Cyril interpretaba algunas de las canciones, pero siempre me emocionaba al llegar a la de Los Chunguitos con la que ayer hizo magia Rosalía. Los que la acusan de absurdeces como la apropiación cultural o la definen como un producto de marketing deben de tener la sensibilidad atrofiada y la piel dormida. Los que no se emocionaron como yo, casi hasta las lágrimas. Casi, porque no es cuestión ponerse a llorar en tu puesto de trabajo.

‘Dolor y gloria’: vamos a amar a Almodóvar de nuevo

Foto Pedro Almodóvar

Para mí Pedro Almodóvar es como Eurovisión para los eurofans. Cuento las horas para que llegue el estreno de cada una de sus películas. Y salvo cataclismo, estoy en una sala de cine el día del estreno, porque no soy de los suertudos a los que invitan a los pases de prensa previos. No me importa, porque el momento acaba por llegar y siempre lo disfruto.

Mi biografía está tan marcada por las películas de Almodóvar que no puedo sino darle las gracias por haber hecho mi vida mucho más feliz y más ancha. Porque gracias a Pedro, además, he descubierto escritores, cantantes, pintores…. Mi ansia por saber (y también la de experimentar) se la debo en parte a él. Solo voy a poner un ejemplo, cuando yo era poco más que un ‘cateto a babor’ vi ‘La ley del deseo’ y a ratos quise ser Eusebio Poncela y a ratos Antonio Banderas. En aquel entonces era un adolescente al que le aterraba salir del armario y que deseaba experimentar algún día una pasión tan arrebatada como la que se mostraba en la película, aunque con final feliz. Eso sí.

Películas inolvidables

Poco a poco fueron llegando películas que me planteaban conflictos morales, me abrían la mente, me hacían reír hasta las lágrimas y, sobre todo, me hacían creer que cualquier cosa era posible. Almodóvar es un alquimista de la realidad, escribe ciencia ficción que es neorrealismo (y viceversa) y es también un analista de la sociedad mucho más profundo que los charlatanes que proliferan en las radios o las televisiones a las que tantos años lleva parodiando. O incluso adelantándose a los tiempos, como en ‘Volver’ o ‘Kika’, donde describía situaciones tan premonitorias que ahora parecen de Walt Disney al lado de los códigos en los que ciertos medios de comunicación se manejan a la hora de narrar lo que se denomina ‘sucesos’ y para mí son tragedias humanas que se convierten en pornografía emocional.

Hoy he visto el trailer de ‘Dolor y gloria’ y muero ya de ganas por disfrutar la película en pantalla grande. Da igual que sea buena, mala o regular. Almodóvar es una experiencia religiosa. Es un sentimiento. Como el forofo de un equipo de fútbol, no puedo aplicar la racionalidad a ninguna de sus películas. Soy como la madre de un hijo echado a perder, para ella es el mejor que hubiera podido tener. Me dan igual sus detractores, los Carlos Boyero que le denostan en críticas llenas de vitriolo. Igual que Woody Allen, que Luis Buñuel, que Billy Wilder, solo por disfrutar de su trabajo ha merecido la pena vivir.

‘Roma’ de Alfonso Cuarón (y otras películas mucho mejores de 2018)

Poster de Roma de Alfonso Cuarón

Cada año hay como una especie de ola que si no te subes a ella te conviertes en una ballena varada en la arena. No sabes muy bien para dónde tirar o si debes callarte o abrir la boca y que te linchen los cinéfilos militantes. En 2018 toca ‘Roma’ de Alfonso Cuarón. Desde semanas antes de su estreno ya leía en las redes a algunos que presumían haber acudido a algún pase y disfrutado de la quinta esencia del cine. En ese momento me dieron un poco de envidia. Ahora ya no.

Ojo, que no me vais a leer en ninguna línea de este artículo decir que está mal, que no lo está. Para nada. Es una buena película que, además, se debería poner en las escuelas de cine. Para explicar lo que es un paneo, un tilt o un traveling, o cómo rodar una escena a pie de mar sin que te aparezca la cámara salpicada por el agua.

Viva el blanco y negro

También agradezco el blanco y negro, que embellece lo sórdido o lo rutinario o convierte a Madonna en una Marilyn Monroe naif en el ya vetusto videoclip de ‘Cherish’ o en diosa de la sofisticación en Vogue, o en perra en celo en ‘Justify My Love’. Porque ‘Roma’ tiene también mucho de videoclip. Pero de otra manera…

Y ahora no me saquéis de contexto mis palabras. Que no he dicho que la ambición rubia haya sido una inspiración para el cineasta mexicano. Como tampoco lo fue ‘The Artist’ o ‘Blancanieves’ de Pablo Berger. Es un ejemplo de cómo el color puede quitar vida y el blanco y negro darla. En el caso de ‘Roma’ es uno de sus grandes aciertos, como lo son los actores, la música y las localizaciones. Qué ilusión me hizo escuchar por lo bajini a Rocío Dúrcal, a quien España, país ingrato, no le ha dado todavía el homenaje que se merece.

Momentos escalofriantes

Si esto fuera una crítica cinematográfica, que no lo es, escribiría, en primera persona, como Carlos Boyero, cosas del tipo «virtuosismos técnicos para una historia costumbrista que exige todo el rato sacar pequeñas conclusiones para hacer un puzzle emocional que a mí no me acaba de encajar en ningún momento».

Eso es en esencia la película de Cuarón. Aunque no me conmueve más que en un par de escenas pensadas para que se te revuelvan las entrañas, pero tendrías que ser de cartón piedra para no experimentar esas sensaciones ante imágenes tan turbadoras.

Siempre nos quedará otra Roma…

Momentos, tengo que decir, que fueron como un puñetazo en la barriga y que me sacaron del efecto ‘dormidina’ que tuvo en mí la primera hora del metraje, que la pasé removiéndome en el sillón por si lo que debería estar viendo era ‘Roma cittá aperta’ de Roberto Rossellini. Que también se recreaba en los escombros de otra realidad.

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Sinónimos. #ROMA

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Tiene películas mejores

Que si limpia el zaguán. Que si unos niños que juegan. Que si el matrimonio que se descompone. Que el coche que entra. Que el coche que sale. Que si las cagadas de perro. Que el desnudo integral del ‘freak’ de las artes marciales. Que si ahora hago un homenaje encubierto a Fellini en un barrio marginal… Todo bien, pero no, que no acabé levitando por casa.

Por el contrario, tengo que admitir que sin ser mi cineasta favorito, prefiero otros de sus títulos como ‘Y tu mamá también’, la imperfecta ‘Hijos de los hombres’ o, incluso, sin entusiasmarme, pero también me dejó frío ‘Gravity’ y eso que sale mi idolatrada Sandra Bullock, quien también acaba de estrenar en Netflix la decepcionante ‘A ciegas’. Un título que suena ya a visto y con un look de serie b que me echó mucho para atrás.

Dos títulos de Goya

En los últimos tiempos no puedo decir que haya consumido cine español con entusiasmo, pero en 2018 he visto dos títulos que me han parecido muy superiores a ‘Roma’: ‘Quién te cantará’ de Carlos Vermut y ‘El reino’ de Rodrigo Sorogoyen’.

El primero porque me sumergí en esa atmósfera sofocante y enrarecida de esa cantante entre desfasada e hipnótica a la que interpreta con tanto ‘charm’ Najwa Nimri. La segunda porque describe mi país como si fuera el mejor de los reportajes de investigación de los que emite La Sexta. Y porque Bárbara Lennie es más Ana Pastor que la propia periodista. Que en esta edición no la hayan nominada para el Goya da para otro artículo. Pero ya se han escrito muchos sobre ello y está todo dicho.

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@apachete #lesfilmsduworso #paris#quientecantara

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La decepción de Asgher Farhadi

En el capítulo de las decepciones, con dolor, tengo que incluir ‘Todos lo saben’ de Asghar Farhadi, quien cuenta una historia con tantos personajes satélites que no sabe qué hacer para ensamblarlos. Aunque Penélope Cruz merecería una nominación al Oscar, su desarrollo dramático, a consecuencia de un guión mal hilvanado, está a años luz de su Raimunda en ‘Volver’.

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‘Todos lo saben’ es película en guerra entre las virtudes y los defectos y quedan en tablas. Lástima que se encuentre a arrobas de calidad de otros títulos del cineasta como ‘Nader y Simin, una sepración’ o El viajante’.  Así que, a la próxima será.

El año de Rosalía

Igual que este año es religión alabar o defenestrar a Rosalía, de cuyo disco ‘El mal querer’ me declaro devoto, pero a quien no aguanto en ‘Los ángeles’, porque me genera un extraño malestar cada vez que le doy una oportunidad (no paso de la canción tres), también toca encumbrar a Alfonso Cuarón. Con la diferencia que en este caso los disidentes somos muchos menos. Y a los que alzamos la voz nos miran mal.

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Lauren says this is the one of the best films she’s ever seen! Our review of @romacuaron Lauren- “We are alone. No matter what they tell you, we women are always alone.” – Sra. Sofia This piece of art beautifully told the story of Cleo (played by Yalitza Aparicio). Cuarón told her story with tremendous care and respect for the Cleo in his life, Libo. Through her story, we watch the world happen around her, but she is aware of every movement and emotion in the space she occupies in the world. She knew how to hold space when her very existence was invisible to most. Life is happening to her and around her, but there is no mistaking she is not just a bystander. Through her eyes, we see the strength of a women and how we navigate the complexities of life. Yalitza Aparacio has given voice to the millions of women that have carried the world on their backs. “Roma” is one of the best films that I have ever seen. Rating: See it 🎟 Dion- I can’t lie. Halfway through, I really was trying to figure out if I wasn’t deep enough to get the symbolism or if the film was just boring. I also thought about the black and white with subtitles… “I bet Lauren loves this”. By the end of the film, I realized that the pace of the film is what made it brilliantly human. It proved that the joy and pain of motherhood and loss are universal. Alfonso Cuarón did it again. I’m predicting oscar nominations for Best Picture, Director, Production Design and Cinematography. This one of the best films of the year. Also, I have to add as a horror junkie that I personally found the delivery room scene terrifying in this film. I know that wasn’t the intent but the black and white and the thought of natural childbirth was enough to make my heart beat real fast. Rating: See it 🎟

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No me odiéis por ser uno de ellos. Ni tú tampoco, Alfonso, queremos genios en vida, queremos que estés aquí.

Penélope Cruz, la mejor bandera de España (y muchos no lo saben)

Foto Penélope Cruz y Antonio Banderas

La envidia es uno de los sentimientos más paralizadores y aniquiladores que existen. Junto con el odio, que es un veneno que corroe al que echa espumarajos por la boca y está con un tuit a flor de piel para ver a quién ataca desde el sofá de su casa. Tiempo que se dedica a denostar a los demás, tiempo que no dedicas a mejorar tu propia circunstancia, consejo de las siete de la madrugada, que es la hora en la que escribo este artículo, todavía rezongando entre las sábanas.

Son tantos los comentarios negativos que leo contra Penélope Cruz que a veces me da por pensar que lo que molesta es su éxito. Sobre todo cuando no se alardea de él, como es el caso de la protagonista de ‘Volver’. O el de su marido, Javier Bardem, quien ha cometido el delito de verbalizar sus opiniones políticas, que no encajan con los de cierta España excluyente. Anclada en una visión anacrónica de la convivencia e incapaz de respetar a los que no piensan como tú.

Desde ayer, que leí su comunicado de agradecimiento por todos los reconocimientos que está recibiendo en las últimas semanas llevo queriendo escribir un artículo sobre el gran momento de Penélope Cruz. Aunque cualquier día sería bueno para ello. Porque no hay momento en el que no sea noticia porque tiene un nuevo proyecto o porque le han dado un premio importante. O simplemente porque protagoniza una campaña publicitaria potente, la última tomando el relevo de Shakira, en sus horas más bajas por sus problemas con Hacienda.

Los mejores directores del mundo

Son ya décadas de éxito para una mujer que no desciende precisamente de los Rothschild ni le han regalado nada. Que se ha convertido en una estrella mundial trabajando muy duro, posiblemente ni siquiera con otra intención que ganarse la vida con un oficio que le apasiona.

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Pero lo ha logrado, está en una élite a la que no acceden ni siquiera muchas actrices de Hollywood, que quedan arrinconadas en telefilmes de los que emite Antena 3 los fines de semana por la tarde o en películas intrascendentes, mientras que ella rueda con cineastas del prestigio de Asghar Farhadi, artífice de ‘Todos lo saben’, Pedro Almodóvar, que cuenta con ella de manera recurrente, el ahora tan denostado, pero genio entre los genios, Woody Allen, con quien ganó el Oscar por ‘Vicky Cristina Barcelona’, o Ridley Scott. Incluso dijo que no a Lars Von Trier, que había escrito pensando en ella el guión de ‘Melancholia’, porque le coincidía con el rodaje del ‘blockbuster’ de la saga de ‘Piratas del Caribe’.

Una gran interpretación

Penélope Cruz ha vuelto a ser nominada al Globo de Oro por cuarta ver por su sobrecogedora recreación de Donatella Versace en la serie ‘American Crime Story’. Además, este 2019 la veremos pasearse por todas las alfombrar rojas de España por la ya mencionada ‘Todos lo saben’, donde da un recital interpretativo que la emparenta con las grandes damas del neorrealismo italiano como Silvana Mangano, Anna Magnani o la mismísima Sophia Loren, con quien ya trabajó en ‘Nine’, por la que también estuvo nominada al Oscar.

Podríamos dedicar miles de palabras solo para enumerar los premios que ha ganado o a los que ha optado, que es siempre como quedarse en el segundo lugar de una competición, pero quiero incidir en sus detractores y en los que parecen los protagonistas de ‘Ensayo sobre la ceguera’, aquella escalofriante novela de José Saramago, en la que uno tras uno, todos van perdiendo la visión. Lo que ocurre es que en su caso las dioptrías de sus detractores son voluntarias, se basan en el prejuicio y la ignorancia.

 

Sus detractores

Son tantos los meritorios trabajos de Penélope Cruz que seguir insistiendo en que no es buena actriz, que es algo habitual cada vez que tengo una conversación, en general con individuos de derechas, que tampoco necesito insistir demasiado  porque lo que es evidente no necesita demostración. Los hechos son tozudos y su curriculum está ahí, para quien se quiera tomar la molestia de echarle un vistazo.

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Y todos esos que se creen que agitando banderas de tela o metafóricas contribuyen a dar una imagen mejor de nuestro país o a solucionar los problemas (más bien contribuyen a lo contrario) no son conscientes de que hay embajadores oficiosos como Penélope, Bardem, Almodóvar, Antonio Banderas y grandes nombres anónimos para el gran público, pero eminencias para la comunidad científica , que son los que representan a España, sin la necesidad de mencionar nuestro país cada tres palabras ni sacar pecho. No hay que decir, hay que hacer. Trabajar, no dividir. Ser y no simplemente estar, como las vacas que miran el paisaje.