La crueldad hacia los ancianos: un día lo seremos nosotros

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Ahora que tan en debate está la sostenibilidad de las pensiones y se cuestiona hasta el último euro que reciben del Estado los jubilados (a excepción de los ejecutivos de las grandes empresas o los politicos), es más relevante que nunca que nos planteemos cuáles son nuestros valores. También si nos estamos alejando de lo que en esencia debería ser una persona. Una de las manifestaciones más elocuentes de ese fenómeno es la crueldad hacia los ancianos.

Estos días he estado reflexionando sobre un caso que me han contado de un hombre de 80 años muy cercano a mí. Su hijo le ha convertido la existencia en un nido de avispas porque rehizo su vida con otra mujer al quedarse viudo hace tres décadas. Pero, sobre todo, porque quiere que reparta ya sus propiedades no vaya a ser que haga uso de lo que se ha ganado con su trabajo y al fallecer no vaya a quedar nada.

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Me han descrito situaciones de maltrato que frisan el delito que ni el afectado ni las personas de su entorno, conscientes de lo que está ocurriendo, van a llevar a los tribunales. Quizás para evitar un mal mayor o una tragedia como las que cada día llenan las parrillas de los programas matinales de televisión y los informativos. Aunque bajo la dictadura del miedo y sin arriesgarse a denunciarlo se puede seguir maltratándole ad infinitum…

El fracaso de la sociedad

Como sociedad estamos fracasando al no proteger a los más vulnerables, que un día fueron fuertes y construyeron lo que nosotros disfrutamos hoy día. Olvidamos que fueron ellos quienes entregaron los mejores años de su vida para que ahora podamos vivir en una sociedad de bonanza que los más poderosos están desmantelando en beneficio propio desde que surgió la crisis de laboratorio que todavía seguimos pagando. Y les escamoteamos unas ayudas que no solo necesitan sino que también merecen mientras destinamos grandes partidas de dinero para rescatar bancos o salvar de desastres financieros a algunas empresas privadas, que se dicen neoliberales pero se convierten en comunistas cuando se trata de recuperar las pérdidas.

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La tercera edad o la cuarta, porque cada vez vivimos más (no mejor), está siendo desechada como los perros que se abandonan cuando comienzan las vacaciones de verano o los electrodomésticos que se han quedado obsoletos. Además, vemos como una carga dedicarles tiempo cuando ellos ya renunciaron al suyo para entregárnoslo a nosotros mientras éramos bebés o estábamos en edad escolar, cuando aún dependíamos económicamente de ellos porque no ganábamos lo suficiente o nos iban mal dadas y tenían que repartir sus ingresos con nosotros.

Cuidar de nuestro entorno afectivo

Son muchos ejemplos los que podría poner de gente de mi entorno que ha percibido a sus padres como una carga cuando han necesitado ayuda porque el físico o el psíquico no les ha dado más de sí. Hermanos que se han peleado por cuestiones tan ridículas como quién debería acompañar a sus padres más tiempo cuando han estado hospitalizados o por llevarles al médico. Personas, a su vez, que tienen hijos, quienes están interiorizando casi desde la cuna unos valores que apestan a individualismo, egoísmo e insolidaridad.

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Por eso es fundamental que no solo cuidemos de nuestros mayores sino de nuestro entorno afectivo contemporáneo, porque serán ellos, los de nuestra generación, los que más probablemente estén a nuestro lado cuando alcancemos edades delicadas.

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Poco probable parece que los más jóvenes se ocupen de nosotros, si la sociedad sigue evolucionando de esta manera, y mucho menos podremos esperar del Estado, al que habremos apuntalado con nuestro trabajo y nuestros impuestos durante nuestra vida laboral. Si las tornas no cambian, no les temblará el pulso para dejarnos en la cuneta. De hecho, ya llevan mucho tiempo haciéndolo. Ahora lo que habría que intentar es revertir la tendencia…