Roberto Leal y la estirpe de presentadores que no pasan de moda

La vida es pendular. Cuando ya creía que había dejado la televisión generalista de por vida, resulta que me aburro paseando por los menús de Netflix, HBO y Amazon Prime, y he vuelto a lo de siempre: los programas de los que la gente habla acodada en las barras de los bares o en Twitter, que viene a ser lo mismo.

Llevo ya dos o tres galas de ‘Operación Triunfo’ seguidas. No por afición, porque los concursantes no consiguen engancharme, sino porque es un formato, como ‘Tu cara me suena’, que no me hace pensar.. Es como un ansiolítico catódico. Me pongo el programa y me voy quedando acurrucado en el sillón hasta que me vuelvo a despertar porque un concursante ha soltado un gorgorito o lo que sea.

Sus trabajos anteriores

Todo esto para llegar a su presentador, Roberto Leal, a quien recuerdo de cuando yo trabajaba en una revista, con la tele puesta todo el día, y él con Sussana Griso. Ya tenía entonces ese aire campechano (esa palabra tan denostada por los republicanos que se la aplican al emérito cada vez que sale el tema) que contrasta con la actitud de Carlos Lozano cuando presentaba la primera edición, pues parecía más un ‘coleguita’ de barrio que un presentador al uso, o Pilar Rubio, que tenía aires de ‘pin-up’, pero no insuflaba vida al formato, que agonizaba en sus manos (no por su culpa, ojo, sino porque entonces no daba más de sí).

No he seguido a Roberto Leal en ‘España directo’ y me lo he reencontrado en ‘Operación Triunfo’, la última gran resurrección televisiva del nuevo milenio. Un programa en el que pocos creían, pero que se levantó por varios motivos. El primero, que lo habían dejado descansar lo suficiente, el segundo, por un ‘casting’ muy acertado de concursantes, y el tercero, por la frescura y naturalidad del presentador.

[LEE MÁS: ‘Operación Triunfo’: este es su verdadero problema]

Roberto Leal me recuerda al mejor Jesús Vázquez, que sigue tan vigente como siempre y ya tiene proyecto nuevo en Mediaset, o al Ramón García en sus años dorados en la televisión pública. Esa estirpe de presentadores que perduran, no solo porque son buenos profesionales, sino porque caen bien a las personas mayores, que son quienes más televisión consumen.

El ansia de la juventud

Los jóvenes, entre los que ya no me incluyo, son más promiscuos e infieles. Tienen, como cantaba la ex-jurado Mónica Naranjo, «el ansia de la juventud»:  las hormonas alborotadas y millones de estímulos que les distraen, no solo de la televisión sino también de lo que leen o de la música que consumen. Mientras que la denominada la tercera (y yo añadiría, la segunda) edad tiende más a rutinizar, a encontrar el placer en la repetición y en la consolidación de los hábitos.

[LEE MÁS: Mónica Naranjo: lo que hay que dejar claro sobre ella]

No estoy diciendo que Roberto Leal es un buen presentador para viejos (permitidme el guiño literario a Cormac MacCarthy), pero sí que tiene unas cualidades que le permitirá ir encadenando programas a poco bien que le vayan las cosas. Otros, que no mencionaré para no ofender a nadie, son producto de las modas, que empiezan a morir cuando empieza a asomar la siguiente tendencia.