Cómo ser bueno sin sentirte mal por ello

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¿No os ha pasado alguna vez que os hubiera gustado ser malos para conseguir algo? Estamos acostumbrados a ver cómo los perversos casi siempre ganan, pero en el fondo no es así, aunque lo parezca. Por eso no resulta fácil ser bueno sin sentirse mal por ello.

Hemos visto durante los últimos años cómo muchos corruptos escapaban a la acción de la Justicia, cómo reos que merecían más años de prisión salían por la puerta de atrás y otros por pertenecer a ciertas familias o círculos eran absueltos o  acababan con condenas ridículas en comparación con lo que había quedado probado que habían hecho.

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En estos días la Justicia española está muy en entredicho, los medios nos inundan con noticias que así lo ponen de manifiesto, pero no es de este asunto de lo que quiero hablar sino de nuestro día a día.

Una mirada al pasado

Para ello, vamos a echar la vista atrás… En mi infancia eran los malotes de la clase los más populares, los que más ligaban y, en ocasiones, los que tenían amedrentados a ciertos profesores que temían las consecuencias si les plantaban cara. Quizás porque eran los hijos de las fuerzas vivas de la ciudad o porque no estaban lo suficientemente respaldados por la dirección del colegio.

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Cuando crecí vi como gente menos preparada que yo accedía a puestos de trabajo por tener tal o cual apellido e incluso, no hace tanto, participé en una especie de oposición para el Departamento de Comunicación de un museo (el puesto acabó en manos de alguien que ya estaba vinculado al mismo). Las preguntas eran sospechosamente enrevesadas y algunas de ellas eran directamente ridículas, porque el conocimiento de su respuesta no te habilitaba para nada. Solo podías responderla si te las habían adelantado antes del examen. Otros participantes me llamaron por teléfono para proponerme que lo denunciáramos, pero nada habríamos conseguido, porque era difícil de demostrar.

El resultado del mal

Los años pasan y he visto como los malotes del colegio, la mayoría, acabaron siendo fracaso escolar, cómo los corruptos tienen que pasarse media vida intentando ocultar sus fechorías y con la espada de Damocles sobre sus cabezas. O incluso a individuos como Rodrigo Rato o Iñaki Urdangarin acabar entre rejas. He visto caer a jefes malvados, a vagos que fingían estar desbordados de trabajo, a ministros que intentaron aprovechar los agujeros de la ley para pagar menos impuestos…

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Son casos aislados, porque lo que se ha dado en llamar ‘las cloacas del Estado’ están anegadas de mierda, porque los poderosos son capaces de arruinar sociedades si no les gusta lo que se ha votado en democracia (véase el ejemplo de Grecia), y se ha protegido a pederastas para que no caiga sobre ellos el peso de la Ley.

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Dicho así es desalentador, pero sigo pensando que la bondad engendra bondad. Que si somos honrados, lograremos que los demás se contagien de nuestra honradez. Que como caigamos en la trampa de ser como los otros, estaremos igual de emponzoñados por un puñado de euros y deslegitimados para señalar con el dedo a los que se quedan con el botín.

Vivir bien en tu piel

Me da mucha paz no tener cuentas pendientes con nadie, no agachar la cabeza cuando me cruzo a alguien de mi pasado por las calles, ni estar acogotado porque vaya a venir la policía a registrar mi casa ni estoy pendiente de ninguna notificiación judicial por algún delito.

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Quizás carezca de ambición o la mía pase por construir una sociedad mejor. Y cuando una sociedad es mejor se lo exige a los que están por encima y este procedimiento se puede repetir, de escalón en escalón, hasta llegar a la cúspide. Mientras que si los cimientos están podridos, no os quiero decir cómo se encuentra el tejado…

¿Seré utópico o un ingenuo? Posiblemente, pero estoy contento en mi piel. Con eso me conformo.