Amaia Romero: las axilas y el problema con el sonido eclipsaron lo principal

Amaia Romero foto Goya

La gala de la última edición de los Goya fue una de las mejores que recuerdo, junto con una presentada por Rosa María Sardá hace ya unos cuantos lustros. Andreu Buenafuente y Silvia Abril fueron unos maestros de ceremonias bien compenetrados, ágiles, chispeantes y naturales dentro de un encorsetado guión. Libres y atados, un oxímoron de manual. También la música contribuyó a dar lustre a la gala gracias, sobre todo, a la impresionante deconstrucción de ‘Me quedo contigo’ de Los Chunguitos, algo que ellos aplaudieron virtualmente a Rosalía través de Twitter.

Había muchas expectativas en torno a Amaia Romero y, aunque no decepcionó, su actuación palideció frente a la intérprete de ‘Malamente’. Rosalía es una artista tan disruptiva y con un nivel de perfección en cada una de sus apariciones, que sin aparente esfuerzo consigue que sean icónicas. La exconcursnate de ‘Operación Triunfo’, por su parte, es una artista con gran talento, una voz versátil y cuenta con algo difícil de conseguir, el cariño del público, que espera impaciente de una vez que lance su disco para sacar conclusiones. Aún así, no se encuentran en momentos vitales comparables y sus trayectorias van a ser muy diferentes.

Lo que sí dio titulares

La presencia de Amaia en los Goya estuvo marcada por varias circunstancias que han evitado que se hable de lo fundamental: su música. En la que más se ha incidido en los medios es que no se depiló los axilas, lo que generó titulares minutos después de que apareciera en el photocall. Después, su encuentro fortuito con Pedro Almodóvar, que volvió a estar brillante no solo en el homenaje a ‘Mujeres al borde de un ataque de nervios’ sino también ante las preguntas de los periodistas (sobre todo evaluando a los políticos como hipotéticos protagonistas de alguna de sus películas). Y por último, su salida al escenario para avisar de que había habido un problema técnico, que después explicó su discográfica mediante un comunicado. Más que nada para aclarar que no fue un despiste, que fue la conclusión primera que se sacó. No vaya a ser que acabemos convirtiéndola en la Carmen Sevilla de la música.

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Su situación es mucho más liviana que cuando Madonna rodó por las escaleras de los Brits Awards, se levantó y continuó con la coreografía en el punto en el que se encontraba la canción. Eso se llama profesionalidad, conseguida con décadas de trabajo y no se me ocurre un ejemplo mejor para ilustrar cómo debe encararse una situación de estas características.

La actuación de Amaia

Amaia Romero no defraudó en su cometido, pero la lástima es que no se aprovechó la situación para dar un empujón más, para que los que siguen mirándola con condescendencia y paternalismo vean de una vez que es una artista muy completa, no una concursante de un ‘talent’ que intenta ser famosa. Posiblemente tendremos mil ocasiones más para comprobar lo grande que puede llegar a ser, porque aún nos encontramos en la fase de crisálida. De la información que disponemos hasta ahora es que se inclina por los festivales, como marco para desplegar sus cualidades, y que no tiene ninguna prisa por irrumpir en las listas de ventas ni en las radiofórmulas. O incluso puede que ni siquiera ese sea su objetivo.

Renovación artística

La conclusión positiva que podemos sacar de todo esto es que nuestro ‘star system’ musical está en evolución, que están emergiendo nuevas figuras destinadas a decir mucho dentro y fuera de nuestras fronteras. La gran noticia es que no son clichés, productos al uso e intercambiables, como ya he dicho aquí anteriormente («jamás duró una flor dos primaveras·, escribió Manuel Alejandro, y eso les va a ocurrir a la mayoría de artistas convencionales). Porque no es lo mismo tener éxito que ser un éxito. Lo primero te hace vulnerable, porque puede llegar un día que se desvanezca como una mariposa muerta entre los dedos, y lo segundo es lo que te garantiza que seguirás, que has llegado para quedarte. Creo que Amaia Romero está en la segunda categoría. Lo digo por intuición, es evidente, porque aún está dando sus primeros pasos y su futuro sigue siendo incierto.

Rosalía, todos nos quedamos contigo

Foto Rosalía Goya

Ayer estuve trabajando hasta las tres de la madrugada por la 33 edición de los Goya, que miraba por el rabillo del ojo mientras sacaba adelante la tarea que tenía encomendada. Por eso no pude disfrutar en todo su esplendor y como se merecía de la actuación de Rosalía hasta que llegué a casa y vi con detenimiento el vídeo en Twtter.

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La cantante fue, de lejos, lo mejor de una noche en la que se rindió homenaje a Chicho Ibáñez Serrador, gracias a quien viví los mejores momentos televisivos de mi infancia y adolescencia, y reapareció Amaia Romero, con una actuación muy por debajo de lo que hubiera esperado de ella. Quizás porque anoche la sombra de Rosalía fue demasiado alargada. La llama de su espectacular vestido rojo arrasó con todo lo demás.

Una película inolvidable

La cantante interpretó una versión hipnótica de ‘Me quedo contigo’, una delicada y al mismo tiempo muy arrebatada canción de Los Chunguitos que está muy ligada a mi memoria sentimental gracias a la película ‘Las noches salvajes’ del francés Cyril Collard, que fallecía en 1993 víctima del sida sin saber que iba a convertirse en el gran triunfador de los César ese año. Un reconocimiento póstumo que pareció una broma sarcástica como el billete de lotería premiado de Max Estrella en la obra ‘Luces de bohemia’ de Valle Inclán, que le hubiera evitado morir en la más extrema miseria.

Fui a ver ‘Las noches salvajes’ a una de las salas más emblemáticas del cine de autor de Madrid, al Alphaville, que ahora se llama Golem por aquello de la globalización., Allí fue donde se forjaron, al igual que en los Renoir, mi criterio cinematográfico y también muchos de los sueños que no acabé por cumplir. Eso sí, se me hicieron realidad otras cosas que ni me hubiera planteado, porque la vida es caprichosa como un gato con el lomo erizado. Me acompañaba mi amigo Claudio y ambos quedamos fascinados por el magnetismo de Cyril, un hombre fuerte, sensual y muy masculino, que para nada parecía herido de muerte. Ni afectado anímicamente por ser el protagonista de una historia tan autobiográfica. Para eso era actor y director.

Las palabras de Almodóvar

Solo la he visto una vez, aquella vez, porque no quiero que la realidad estropee el recuerdo. Como ayer dijo Almodóvar en la gala de los Goya, el tiempo suele ser muy cruel con el cine y muy pocas películas permanecen. Prefiero quedarme con la huella emocional que me dejó y de vez en cuando encontrarme al azar en algún cajón la cinta de cassette de la banda sonora, que me compré en Nimes cuando fui a visitar a un compañero de familia de acogida en los típicos cursos de verano en el Reino Unido para aprender inglés. Como es obvio, en aquel entonces ni teníamos Amazon ni llegaban a nuestro país ciertos discos o libros, que tenías que comprar en sus países de origen, lo que le daba un toque romántico a cada adquisición, que cuidabas como si fuera el capó de un Rolls Royce.

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El propio Cyril interpretaba algunas de las canciones, pero siempre me emocionaba al llegar a la de Los Chunguitos con la que ayer hizo magia Rosalía. Los que la acusan de absurdeces como la apropiación cultural o la definen como un producto de marketing deben de tener la sensibilidad atrofiada y la piel dormida. Los que no se emocionaron como yo, casi hasta las lágrimas. Casi, porque no es cuestión ponerse a llorar en tu puesto de trabajo.

Ni Amaia Romero, ni Aitana Ocaña, ni Alfred son el personaje de 2018

Foto Aitana Ocaña

El mundo de la música no está en crisis como nos quieren hacer creer. Ni muchísimo menos. La industria se está adaptando a nuevos hábitos de consumo, como las plataformas de ‘streaming’, que se han generalizado y ya casi nadie ve como un problema pagar por lo que se consume. Es más, las descargas ilegales se han convertido en un engorro en comparación con los servicios que ofrecen Spotify. Tidal o Apple Music.

Al igual que ha ocurrido con la televisión, que se empieza a consumir masivamente en Netflix o HBO, la música se ha adaptado a tiempo a los cambios sociales, algo que no ha ocurrido, por ejemplo, el mundo del cine, ya que el coste de las entradas sigue estando muy por encima de la capacidad adquisitiva de los españoles. Al menos en Madrid, donde por el precio de una casi puedes pagarte la cuota mensual de las mencionadas plataformas de televisión que, además, están estrenando películas de tanto calado como ‘Roma’ de Alfonso Cuarón o el último fenómeno de Sandra Bullock, ‘A ciegas’, que se ha reproducido desde más de 45 millones de cuentas en el fin de semana de su lanzamiento.

Dos fenómenos sociales

Siempre es un buen momento cuando acaba un año echar la vista atrás y evaluar quiénes han sido los protagonistas de los últimos doce meses y no podemos perder de vista que en nuestro país ha habido dos fenómenos mediáticos espectaculares. El que a mí me interesa menos, ‘GH Vip’, porque ha cosechado unas audiencias propias de los años 90, y ‘Operación Triunfo’, que estrenaba segunda temporada con muchísimo menos éxito que la anterior, pero que seguía arrasando en las redes sociales. Y precisamente de ese formato han emergido una serie de nombres propios que han arrasado en este tiempo, en especial Aitana Ocaña, que lo ha petado, Ana Guerra, Alfred García y, sin tener todavía un disco en la calle, Amaia Romero, que es uno de los personajes de los que más se sigue hablando.

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El fenómeno Rosalía

Sin embargo, yo no diría que ninguno de ellos ha sido la máxima estrella musical de este 2018 que ya agoniza. Una vez más ha sido Pablo Alborán quien más éxito ha cosechado, no solo con su último disco, ‘Prometo’, que ya ha obtenido cinco discos de platino y sigue entre los más vendidos, sino por su gira, con la que ha llenado más auditorios que nadie. No me olvido del fenómeno Rosalía y la revolución que ha formado con su nuevo disco, que es el equivalente ‘millennial’ de ‘La leyenda del tiempo’ de Camarón de la isla, u ‘Omega’ de Enrique Morente, pero para mi no deja de ser una artista emergente, con unos logros espectaculares, pero aún muy lejos del cantante malagueño.

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Una estrella sencilla

Pablo es una persona modesta, que no da un ruido, no protagoniza escándalos, no hace entrevistas grandilocuentes ni presume de sus logros, pero es la estrella más importante de nuestro país en esta última década. Su trayectoria, lejos de agotarse, va encontrando nuevos horizontes y su público crece. Ha logrado trascender el fenómeno fans, para ser alguien trasversal, que gusta a niños y ancianos. Ojalá surjan más casos como el suyo, porque, además, se aleja mucho de la vida ‘fake’ que se nos ofrece a través de Instagram, sigue redundando en la cultura del esfuerzo y el talento, y nadie puede negarle la categoría de artista. Otros, y no me refiero a los concursantes de ‘Operación Triunfo’ son poco más que cantantes de karaoke y su fama va languideciendo para dejar paso a otros sucedáneos que también estarán arriba un cuarto de hora.

Por todo lo expuesto, Pablo Alborán merece el aplauso de todos nosotros. Claro que también Rosalía, Aitana Ocaña, Amaia Romero, Rozalén, Vanesa Martín, Manolo García, Ana Belén… porque hay que tener muy claro que, como cantaba Alejandro Sanz, la música no se rtoca.

Amaia Romero, la arriesgada (y acertada) estrategia para lanzar su disco

Los fans siempre somos y hemos sido impacientes, por eso entiendo tan bien la inquietud de los de Amaia Romero porque no acaba de sacar su primer disco. Cuando eres fanático (ahora se diría ‘follower’) esperas con ansiedad cualquier noticia de tu artista favorito y vives sus éxitos y sus fracasos como si fueran tuyos. Es más, te crees incluso capacitado para ser su mánager o para tomar decisiones sobre cualquier faceta de su carrera.

En mi adolescencia me hice muy fan de Vicky Larraz en su etapa en solitario (Leticia Dolera le hacía un divertido guiño en su opera prima ‘Requisitos para ser una persona normal). Me encontraba en esa época en la que reniegas de tu educación sentimental, de cualquier cosa que pueda provenir de los gustos de tus mayores. En mi caso, trataba de huir de las ‘folkies’ que ahora tanto adoro: Lola Flores, Carmen Sevilla, Marife de Triana… Entonces eran para mí lo opuesto a la modernez. ¡Qué equivocado estaba!

Mis ídolos de adolescencia

Su lugar lo ocuparon Vicky (por supuesto, en aquel entonces odiaba a Marta Sánchez, su sustituta en Olé Olé), Kylie Minogue y todos los artistas de la factoría Scott, Aitken y Waterman (Jason Donovan, Banarama, Rick Astley…). Necesitaba la aprobación de la manada de mi colegio que, sin embargo, tenía otros referentes: Radio Futura, Hombres G, Loquillo y los Trogloditas… Y por cierto, de nada sirvió, porque seguí siendo igual de impopular.

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Décadas más tarde estoy en la posición de ver desde la nostalgia (y la envidia: la juventud está infravalorada) a los fans que anhelan un disco de Amaia de España, ahora que Rosa (también de España) ha roto su contrato con Universal.

Divas antagonistas

Las motivaciones de sus fans son las mismas que tenía yo entonces: que tu artista arrase, que machaque a su antagonista (siempre hay uno: Vicky-Marta, Paulina-Thalía, Céline-Mariah). Por lo que veo en redes, para muchos resulta incomprensible que no lleve ya meses pateándose España con sus canciones nuevas, como ya lo han hecho algunos de sus compañeros de concurso, Aitana, Ana Guerra, Cepeda, Agoney… Unos con mayor fortuna que otros, pero ya se puede decir que han dado el salto cualitativo de ser ‘triunfitos’ a convertirse en artistas discográficos.

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Amaia, por el contrario, no parece tener prisa ninguna y sigue a su ritmo sin desvelar gran cosa de qué podemos esperar de ella. Hay muchas maneras de medir el éxito: porque has ganado tres millones de euros en televisión como Rafa Mora, extronista y colaborador de ‘Sálvame’, cuyo valor intrínseco no voy a describir aquí porque no es necesario, o por realizar un trabajo con el que te identificas, te apasiona y te impele cada mañana a levantarte con ganas de más.

El peligro de un ‘talent show’

Salir de un concurso de las características de ‘Operación Triunfo’ o ‘La Voz’ ha tenido en algunos casos el mismo efecto que una cerilla: es como un fogonazo muy intenso, pero que acaba pronto.

Por eso, Amaia, tal vez por decisión propia, quizás muy bien asesorada, esté desligándose del formato que la convirtió en estrella de una manera sutil: dejando que el tiempo haga su trabajo. Para conseguir este efecto tiene como mejor arma sus cualidades artísticas, que son excepcionales, pues es capaz de reinventar un tema de Florence and the Machine o de convertirse en una mezcla perfecta de Rosalía y Ana Belén interpretando el ‘Zorongo gitano’ de Federico García Lorca.

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Quizás si hubiera publicado su primer disco en medio del fulgor mediático hubiera tenido más impacto en las listas de ventas, pero el producto hubiera sido mucho menos personal y menos cuidado en los detalles de lo que, seguramente, nos ofrecerá. Es muy probable que por las prisas se hubiera elegido peor el repertorio e incluso se hubieran tomado decisiones artísticas que hubieran podido predeterminar sus siguientes pasos en el camino equivocado.

El error de Eurovisión

En ciertas tesituras es mejor parar en seco y darse un tiempo para reposar las ideas y, en su caso, hasta la voz. También para desligarse del fracaso en Eurovisión. Algo de lo que ni Alfred ni ella son responsables, pues tanto TVE como el público, muy inducido en sus votos por la narrativa televisiva, optaron por el ruido mediático al jugar la carta de la pareja dentro y fuera de los escenarios en lugar de haber apostado por la canción ‘Al cantar’ de Roazalén, que era la más adecuada para su registro. Por cierto, que han grabado un dúo juntas que puede ser una bomba…

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Tiene a su favor un talento que le llevará muy lejos si lo encauza bien y la juventud. Todos los años del mundo por delante para acertar y equivocarse, y muy poco que perder. Al final he vuelto a caer en los tics de mi adolescencia: organizarle la carrera a Amaia. 

Ella sabrá…

 

A Pablo Alborán no le hicieron lo mismo que a Rosalía

Pablo Alborán en Latin Grammy.

Me imagino a los ‘haters’ de los artistas viviendo en pisos como el de Torrente: con envases de yogures tirados por los suelos y Superpops desvaídos en los sofás, telarañas deshabitadas, gatos amodorrados y el cadáver descompuesto de un canario en una jaula mientras en una televisión de culo gordo, con decodificador para TDT,  Eduardo Inda escupe odio a Podemos al borde de un tabardillo.

A estos especímenes, sin mayor logro en la vida que haber aprendido a tuitear con faltas de ortografía, el éxito masivo les molesta, aunque si eres hombre, como Pablo Alborán, tienes menos posibilidades de que te machaquen, como están intentando hacer con Rosalía.

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Desde hace unos años no hay rincón por el que no transite mi existencia en el que no suene una canción de Pablo Alborán, cuya figura aparece aún más agigantada en anuncios por las calles de Madrid. Sin embargo, no oigo a nadie quejarse, cosa que me alegra, de que su música o su presencia sea más ubicua que un político en campaña electoral.

Una artista mediática

Por el contrario, basta hacer una sencilla búsqueda en ‘Google’ para encontrar artículos que más que hablar del poderío de Rosalía se centran en asuntos colaterales que en nada benefician a la artista. A la hora de escribir este artículo, los dos primeros que aparecen se titulan así: «Odiar a Rosalía es vulgar», «¿Estamos a un tra tra de cogerle manía a Rosalía?».

No es mi pretensión generar un antagonismo que no existe entre Pablo Alborán y la artífice de ‘Malamente’, un adverbio que ha llevado para quedarse, pero sí evidenciar que sigue habiendo machismo musical no solo entre la gente de la calle sino en la prensa, que es mucho más severa y cruel con ellas que con ellos. Y desde estas líneas no pido indulgencia con los malos artistas sino sensatez y ecuanimidad.

Artistas longevos

¿Alguien incide alguna vez en la edad de Mick Jagger, Bruce Springsteen o Joaquín Sabina para juzgar su trabajo? En todo caso, para subrayar que están hechos unos chavales, como aquella película de Paco Martínez Soria, pero nunca para insinuar que están al borde del ridículo (y en algún caso así es). Sin embargo, los 60 de una Madonna, tan sexual como siempre, escuecen, y nos falta sacar retóricamente del sarcófago a Cher.

Si me lee Pablo Alborán, se dirá que qué pinta en este artículo, pero la respuesta es simple: es quizás el último gran fenómeno de masas masculino que ha surgido en nuestro país, con permiso de otros como Manuel Carrasco o Pablo López, que también arrasan, pero en menor escala. Y tuvo tanta exposición mediática, si no mayor, que Rosalía. Con la diferencia de que en su caso no se creó artificialmente una corriente de opinión adversa y salvo momentos puntuales en los que los medios estuvieron desafortunados, los vientos han soplado a su favor.

Pero para no dejar solo a Pablo Alborán en esta comparación, aquí tenéis otros ejemplos, el ‘late bloomer’ Luis Fonsi y su ‘Despacito’, Enrique Iglesias y su ‘Duele el corazón’ o Maluma, a quien se le ataca por su supuesto machismo, pero no por su éxito.

Tomar distancia del éxito

Pablo se tuvo que quitar una temporada de en medio, posiblemente para desintoxicarse de los efectos psicológicos perversos de la fama y de la pérdida del anonimato, y no me extrañaría que Rosalía llegue un momento que tenga que desintonizarse.  Ahora el cantante andaluz llena auditorios como si estuvieran a punto de prohibirle  y consolida una carrera que parece no tener techo, pero no todo ha sido fácil para él. Que quede claro también.

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#latingrammy

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En una tesitura similar de crecimiento está Rosalía, aunque en una fase más preliminar, pero hay que ser muy fuerte para no verse afectado por algo que está al margen de lo que hacemos. ¿Tiene que pagarlo caro por recibir los parabienes de los críticos más sesudos y de que sea tan masiva que hasta Los Morancos hayan hecho ya hace unos meses una divertida parodia de su ‘Malamente’? ¿Es culpable de haber reinventado la estética de barrio y haberla convertido en algo ‘cool’? ¿Tiene que pedir perdón por tener talento?

La respuesta es obvia.

Rosalía se ríe de todos vosotros (y con razón)

portada disco rosalía

El éxito molesta. Es así. Cuanto más arriba estás más piedras te tiran como se lanzaban claveles a las folclóricas en los programas de José Luis Moreno. Si eres Penélope Cruz o Javier Bardem, además, serás objeto de apelativos que frisan si no traspasan las fronteras del odio. Ahora le toca a Rosalía, que se ríe de todos vosotros. Y con razón.

Que no digo yo que la artista se pase las críticas por el arco del triunfo o que piense en sus detractores con desprecio, pero es un hecho contrastado que a algunos de vosotros se os hincha la vena como a María Patiño, cuando se exalta como si tuviera en sus manos en exclusiva el Watergate.

Una comparación desafortunada

He leído tantas estupideces a nivel principiante estos días en las redes que darían para un recopilatorio: que si es un producto de marketing, que si apropiación cultural, que si no canta, que necesita coreografías y bailarines como Janet Jackson. La mayor, por cierto, de un community manager que decía que Lola Flores era la Rosalía de los años 60. ¡Qué me estáis contando!

La tan traída y llevada cantante ha hecho algo que muchos de vosotros, los que la vilipendiáis, los que os da urticaria solo con verla, no habéis ni siquiera intentado: ha peleado por lo suyo. Lleva años formándose, trabajando en la sombra, diseñando su futuro. Mientras, otros de su generación estaban (y están) en los botellones castigándose el hígado y el cerebro, cazando Pokemons, inflándose a partidas en la Play hasta la tendinitis o a pastillas low cost.

La cultura del esfuerzo

Pese a que la clase política haya tirado por tierra la cultura del esfuerzo, sigo creyendo en ella. Y no considero que un ejemplo de esta actitud sea ir a ‘Operación triunfo’, formato contra el que no tengo nada, porque es un camino lícito, y asistir a clases televisadas para convertirte en artista en tres o cuatro meses. Porque eso se hace a fuego lento, a mano, es casi artesanal.

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Hablo de dedicarte horas, de dejarte las pestañas delante de las partituras, de reflexionar sobre lo que te traes entre manos, de caminar solo hacia la nada, porque son más los que se quedan en la cuneta que los que llegan si no a la cima al menos a la medianía de poder ganarse la vida con algo tan escurridizo como cantar.

Rosalía, con su estética chandalera, sus uñas como garfios, su coleta tirante y su voz aniñada no es solo un producto, que también. Todos lo somos, aunque seamos reponedores de supermercados, neurocirujanos o ferrallistas.

Estrella global

Las campañas de marketing llegan cuando la curva de la popularidad es ascendente, cuando se apuesta a caballo ganador. Así que si su disquera (adoro esta palabra) está pagando para que la anuncien en Times Square es porque creen que el retorno de la inversión va a ser infinitamente mayor. Nadie abre el monedero porque sí.

Así que desde aquí hago un llamamiento, como el que hacía días atrás, a propósito de Pepa Flores, a que la dejen en paz, que la dejen tranquila. Que la envidia no nos acompañe, que nos alegremos del bien ajeno y que dejemos que la música se fusione, como se lleva haciendo siglos.

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Ketama, Moncho, Camarón de la isla, El Pescaílla, Azúcar Moreno, La barbería del sur, Diego El Cigala, grandes artistas gitanos han metido en su coctelera todo tipo de géneros y nadie les ha acusado de apropiación cultural. Porque, como cantaba Alejandro Sanz, la música no se toca. Se siente. Es de todos y de nadie. La vida es mestiza.


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