Sexistas, homófobos, xenófobos: hay que acabar con ellos

La tolerancia es un concepto que no me gusta, porque suele entenderse mal. Tolerar es soportar algo que no te gusta. «Respetar» es la palabra, pero no voy a enredarme en sutilezas léxicas que entonces nunca llegaría al punto que me interesa… O quizás sí debería. Lo decidiré mientras voy escribiendo este artículo, que escupo como tabaco mascado en un spagetti-western. Sus protagonistas, sexistas, homófobos y xenófobos, no merecen mi respeto ni mi consideración.

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Tengo amigos de derechas, de centro, de izquierdas… O al menos eso creen ellos, porque debajo de las etiquetas se encuentran contradicciones así que más bien diría que somos todos mestizos, porque hay ideas de personas que repudio que comparto y otras de individuos a las que admiro que me dan dentera.

Las reglas de la convivencia

Digamos que soy tolerante con formas de pensar que no comparto, porque si no estaría en guerra mental y casi física. Y la vida es convivir, tender puentes, abrir puertas y cerrar heridas, como cantaba Gloria Estefan una mujer que, a mi entender, no ha predicado con el ejemplo.

Sin embargo, con los años he ido tomando conciencia de que si no atajo ciertas afirmaciones, si dejo que barbaridades que se ponen sobre la mesa se den por válidas con mi silencio estoy siendo cómplice de que echen raíces pensamientos sexistas, homófobos y xenófobos.

No es lo mismo ser políticamente incorrecto que políticamente inmoral o amoral, que es aún peor. Con el ascenso de los extremismos se está intentando construir cárceles sociales y mentales, territorios de exclusión, y se está procediendo a un exterminio larvado (en ocasiones también muy explícito) de los diferentes, los que no tienen, los que no son porque las fronteras les dejan fuera.

Podemos hacer más de lo que parece

Más allá de nuestro voto, que es la manera de otorgar poder a seres sin escrúpulos, debemos tener una actitud más combativa en nuestro día a día, porque de ello depende la gestación de buenos valores. No podemos permitir que se sientan ufanos los sinvergüenzas, que campen a sus anchas vanagloriándose de sus ideas infectadas por el odio, que saquen pecho mientras desprecian a los demás y fomentan comportamientos agresivos contra los que no son como ellos.

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Yo mismo he sido muy permisivo en muchas ocasiones y me tendría que haber marchado de sitios donde escuchaba atrocidades que intoxican, pero me educaron para ser diplomático, para no buscar el conflicto, pero sin él la humanidad no habría avanzado, no tendríamos derechos laborales, no se habría abolido la esclavitud.

El poder de la empatía

No estoy apelando desde estas líneas a que arranquemos adoquines y se los arrojemos al prójimo, pero sí a que no contemporicemos con los miserables. Si los aislamos encogerán como la ropa lavada a temperaturas elevadas, como los erizos que siestean y su margen de acción será menor. Si no lo hacemos seguirán esgrimiendo banderas como puñales, se irán organizando, inflamarán su pensamiento único y estaremos perdidos.

Además, reprimir lo que pensamos es nocivo para nuestra salud mental. También nosotros tenemos derecho a ser personas de bien y a verbalizarlo, no en un sentido religioso ni unívoco. Ser empáticos nos humaniza, ponernos en la piel de los que sufren nos fortalece, arrinconar a los dañinos es el futuro.

El peligro de los extremismos

Hace mucho tiempo decidí que no iba ni  a hablar ni a escribir de política, pero es una promesa muy difícil de cumplir, habida cuenta del peligro de los extremismos, que ya campan a sus anchas. Te pongas como te pongas, cada paso que damos lleva una ideología detrás. Las acciones no están exentas de valores ni tampoco las palabras.

De hecho, las hay tan dañinas que se te clavan como aguijones o emponzoñan sociedades como enfermedades insidiosas y silenciosas que te llevan al otro barrio antes de que tiempo a ir al médico.

El auge de los partidos xenófobos

Leo con estupor estos días noticias que me inquietan, que me hacen creer que una vida peor está al doblar la esquina. En un mundo en el que los recursos se concentran cada vez en menos manos, los que van bajando peldaños en la escalera social comienzan a ver a los que están en una peor situación que la suya como un peligro, cuando la amenaza real viene de arriba.

Esa es la explicación del auge de los extremismos, que buscan en lo peor de la naturaleza humana para echar raíces. Es entonces, cuando las cosas no van de cara, cuando se empieza a buscar chivos expiatorios y se apela a las esencias nacionales para excluir a los demás del pastel que queda, cada vez más pequeño.

El enemigo equivocado

De lo que no se dan cuenta los votantes irritados, desmoralizados y furiosos que acaban optando por estos partidos envenenados, es que son esos mismos líderes los que van a seguir apretándoles las clavijas y privándoles de derechos, no los inmigrantes que sí, en ocasiones causan problemas, como los causa también el producto interior bruto, perdonadme esta metáfora tan facilona.

Las sociedades siempre serán mestizas (afortunadamente), le pese a quien le pese, y la pureza racial es una quimera tan absurda como pretender que todos tengamos un pensamiento único, nos vistamos igual y nos comportemos de igual manera, según las normas que nos dicta alguien que se erige en portador de las esencias, del bien y del mal.

Aprender de los errores del pasado

Siempre espera uno que se imponga la cordura y que los tejidos sociales enfermos acaben por sanar, pero la historia es cíclica y los errores se repiten, una y otra vez. Lo que ocurrió con Hitler está regresando de una manera más larvada y, por lo tanto, más peligrosa.

Y tal vez llegue el día, ojalá no, en el que nos llevemos las manos a la cabeza y no la encontremos porque la habremos perdido.

Aún estamos a tiempo de no caer en tentaciones que no son otra cosa que lanzarse al abismo.