Los amigos que perdí

Como la Penélope de Serrat, sentada en el andén esperando a un amor de juventud y se acabó encontrando décadas más tarde a un señor mayor que no reconocía, algunas de nuestras amistades acaban mutando en extraños con los que hemos dejado de identificarnos. Igual que nosotros, en muchos casos, no acabamos respondiendo a lo que esperaban de nosotros. Con quince, con veinte años, he querido a gente de la que ahora saldría huyendo, y ahora me atraen unas cualidades que en esa época me habrían pasado inadvertidas.

Quizás un buen ejercicio para determinar si seguimos considerando a alguien amigo o no es si antes de levantar el teléfono o de concertar un encuentro pensamos un instante si lo estamos haciendo por inercia o porque nos apetece. Si la respuesta es la primera, se me ocurren dos opciones, dejar de hacerlo, que sería la más honesta, pero no necesariamente la más práctica, o quedar igualmente porque quizás se trate de un sentimiento pasajero de desidia o pereza. Todos tenemos esos días que no nos aguantamos a nosotros mismos, o épocas en las que estamos menos sociables y la otra parte no se merece nuestra indiferencia o desapego.

Otro escenario distinto se produce cuando uno de los dos es quien alimenta la relación y la otra se deja querer. ¿No os ha pasado que si dejáis de llamar vuestro teléfono no suena? Tengo al menos tres ejemplos en los últimos dos años, pero no deja de ser liberador cuando decides dejar que las cosas caigan por su propio peso en lugar de propiciarlas. Es entonces cuando te das cuenta de que esa persona no era en realidad tu amiga o, desde luego, no de tanta calidad como creías.

No me gusta dividir el mundo en buenos y malos, inocentes y culpables, porque las cosas se terminan. Sin más. Y es esa aceptación y no la ira lo que encuentro reconfortante. Liberadora, incluso. Porque igual que Marie Kondo pondría orden en tu armario y se desharía de casi todo hasta dejarlo convertido en un erial, tú también haces hueco para otras personas que estarían encantadas en estar ahí. Porque, ya me gustaría a mí que no fuera así, el tiempo y la capacidad de amar son limitadas. Si das tu afecto o tus horas libres a alguien que no lo merece te estás quedando sin recursos para otros que, además, los valorarían muchísimo

Yo tenía una amiga (hablo en pasado porque creo que hay situaciones de no retorno) que era casi una presencia constante en mi día a día, con la que viví momentos muy felices y otros no tanto. En mis prioridades estaba de las primeras porque ella, además, es madre separada y no tiene familia en Madrid. Cuando me presentaba a gente de su entorno era común que dijera que ‘Juanra es como familia’. Era ese ‘como’ la clave de la situación, al igual que cuando te dicen que algo es ‘como no nuevo’ no lo es en absoluto. Bien, pues ya no soy ni el ‘como’. No la culpo, faltaría más, de que haya decidido que ya no tengamos ninguna relación, y estoy convencido de que ella a mí tampoco. Simplemente, se nos rompió el amor de tanto usarlo.

La maravilla de las relaciones afectivas es que nacen, mueren y se reproducen. Nunca te quedas seco ni muerto por dentro, porque el corazón es un terreno fértil y a poco que lo cultives tendrás una mano que te ayude a levantarte si te caes, incluso hay que confiar en la bondad de los desconocidos. La vida es una puerta giratoria y, por suerte, en la mía entra gente nueva, regresan otros que por circunstancias dejé de tratar temporalmente y los retomo en el punto de partida, y otros llevan conmigo décadas. La clave está al final en no aferrarse a lo imposible, a lo que no tiene remedio, y, como la cornisa de mi edificio sobre la que oigo repiquetear la lluvia de esta mañana de enero, estar ahí para lo que quiera llegar, aguacero o sol. Un consejo: mendigar cariño te hace vulnerable y es pésimo para la autoestima.

Adiós a Dylan

Siempre he tenido mucho miedo a ser cursi o sensiblero. Por eso, suelo ser bastante aséptico en mi vida personal para expresar mis sentimientos, salvo en contadas ocasiones (y en general con un tono irónico para poner un toque de distancia), y no me gustan los esperavanes. Siempre he valorado el estoicismo y la sobriedad a la hora de despedir a un ser querido frente a las plañideras (y plañideros) que se rasgan las vestiduras y una vez fuera del tanatorio se van a ver ‘Pasapalabra’ o a ponerse finas de anís del mono. Aún así, tengo que admitirlo, llevo desde ayer llorando a mares. A ratos. Otras desconecto y mi cerebro se olvida del dolor y pienso en mis quehaceres domésticos, que son la manera más habitual de retomar la normalidad.

Ayer murió mi perro, Dylan, un nombre que le puso mi pareja de entonces, Miguel, que fue quien me lo regaló. Nunca supe muy bien por qué. Desde luego no en homenaje a Bob Dylan ni mucho menos a Dylan Thomas. Quizás por el personaje de Luke Perry en ‘Sensación de vivir’. Quién sabe. Si lee este texto seguro que me contestará a título póstumo, porque su destinatario ya no está aquí entre nosotros.

Dylan hubiera cumplido 16 años en octubre, lo que para un Yorkshire es casi alcanzar la obsolescencia programada. Y, según algunos, incluso superarla. Llevaba unas semanas mal y, como todo lo que hizo en la vida, elegimos por él hasta su forma de morir. En este caso fue mi madre, pero yo hubiera hecho lo mismo, pedir que le pusieran la inyección que acaba con el sufrimiento y un deterioro innecesario, que ojalá todos nos pudiéramos permitir llegado el momento si la ley lo estipulase y así fuera nuestra voluntad.

Dylan era un perro bueno. Era un ángel en la tierra y a mí me ayudó a salir de algunos de los baches más grandes de mi vida, porque aunque yo tuviera sobre mis espaldas el peso del dolor de la humanidad, él me hacía reír y no permitía que me derrumbara. Quizás porque como casi todos los Terriers era un poco egocéntrico e inquieto. Eso ya da igual. La cuestión es que no conoceré mejor antidrepesivo que él. Os lo puedo asegurar.

Estas palabras son, obviamente, más para mí que para él. Para fijar aún más si cabe su recuerdo. Así, dentro de unos años, cuando piense en Dylan, podré volver sobre estas líneas y saber cómo me sentía y lo agradecido que estaba. Porque las personas solemos ser olvidadizas con todo, incluso con los afectos. Es tal mi gratitud que no voy a caer en la tentación de adoptar otro perro (que es lo que hay que hacer, recurrir a las protectoras), porque no quiero reemplazarlo, aunque siempre adoraré a los que tengan mis amigos o mis familiares. Lo primero que hice al aprender a andar, con poco más de un año, fue echar a correr detrás de ellos, sin tener miedo ni a su tamaño ni a su raza. Desde que tengo uso de razón (o más bien antes) los he amado y no va a cambiar, pero en este caso un clavo no quita otro clavo. No creo que vuelva a tener otro.

Dylan fue un perro muy disciplinado. Se dejaba cortar el pelo y las uñas sin apenas moverse. Se metía en el trasportín solo y asumía mis múltiples viajes con estoicismo Además, se adaptaba muy bien a las casas de mis amigos por los que iba rotando, hasta que se lo quedó mi madre, porque consideré que era lo mejor para él. Y acabó siendo óptimo para ambos, porque ella es mucho mejor cuidadora que yo y porque cuando murió mi padre hace cinco años fue su mejor compañía.

Dylan nunca me reprochó nada con su indiferencia. Todo lo contrario, me festejó cada dos semanas, que es con la frecuencia que suelo viajar a estar con mi madre, hasta que sus fuerzas se lo permitieron. La última vez que nos vimos fue este viernes y la intuición no me falló, fue la última. Desde ayer, sin embargo, no dejo de recrearlo en todo su esplendor, brincando a mi cama para despertarme a lametazos, corriendo como un gamo cuando íbamos al parque o lleno de excitación cuando había una hembra en celo cerca. Son esas imágenes las que me vienen mientras escribo estos párrafos improvisados y son las que prevalecerán. Él era alegría infinita y no querría verme triste. Así será.

Pedro Almodóvar: nos quedamos a tu vera

Foto dolor y gloria

El viernes fui a ver ‘Dolor y gloria‘. No quise faltar a la única tradición que yo mismo he generado: ir a ver las películas de Pedro Almodóvar el día de su estreno. Otros van a ver al Cristo de Medinaceli o se visten de nazarenos en Semana Santa para purgar sus pecados. Yo soy de redimirme con el cine del hijo de doña Francisca Caballero. Aunque algunas veces me decepciona, siempre me deja algo dentro. Aunque sea exabruptos sin esputar porque a los genios siempre hay que pedirles más.

Fui solo. Casi como quien va a rezar ante la Pietá de Miguel Ángel. Con devoción y concentrado, porque sus películas son tan intensas y ricas en matices que deberíamos tener media docena de pares de ojos y otros tantos de oídos para que no se nos escape nada. Por eso dentro de unos días, cuando la haya dejado reposar, volveré para darle una nueva vuelta de tuerca.

Mi educación sentimental

Durante las casi dos horas de metraje estuve pegadísimo a la pantalla, mientras en mi interior se removían sentimientos de dolor y gloria. Nunca un título mejor elegido. Porque ante mis ojos pasaban momentos dichosos de mi propia biografía y culpas sin purgar por no haber sido mejor en ocasiones. Salí con la sensación de haber pasado por un confesionario, con las cuentas saldadas sin necesidad hacer penitencia.

Ver 'Dolor y gloria' es una experiencia religiosa, la demostración de que los genios como Pedro Almodóvar siempre vuelven.
Póster de ‘Dolor y Gloria’. (El deseo)

Cuando acabó con esa bellísima secuencia que vale por toda una película, no sabía muy bien lo que había visto ni cómo interpretarlo. Me sentía como después de haber leído una novela de José Saramago, páginas de celuloide intensas y enmarañadas, pero al mismo tiempo tan simples y tan básicas como las emociones. Cansado de tantos estímulos contrapuestos y dichoso por haber disfrutado de un puñetazo de vida y muerte. Porque a ambas nos remite la película de Pedro Almodóvar. A los momentos dichosos y luminosos en los que somos todo potencia y a las circunstancias en las que la realidad se impone al deseo. A nuestra voluntad de ser eternos y a nuestra incapacidad de sobrevivir al deterioro inexorable de nuestro cuerpo.

[LEE MÁS: Rosalía, todos nos quedamos contigo]

Ni que decir tiene que salí reconciliado con Pedro Almodóvar, como creo que nos ha pasado a muchos. Le queremos como el primer día o más. Y nos quedamos a su vera, como canta Rosalía en esa neorrealista secuencia que a mi propia madre le recuerda a su infancia y que pone sobre la mesa cómo los pequeños goces de la vida se encuentran en las rutinas más insospechadas. Por eso y por mucho más hay que ver ‘Dolor y gloria’. Después nada será lo mismo.

Hoy hablaré de mí

Hace apenas un año mi vida sufría un giro esperado: me despedían de mi anterior trabajo. Una noticia que me llenaba de alivio y me permitía emprender nuevos caminos. No siempre es fácil asimilar estos cambios, sobre todo si has superado la barrera de los 40, porque todavía hay quien piensa que la edad puede ser un obstáculo, aunque para mí siempre será una bendición. Así que yo hice frente a esa situación lleno de optimismo y, en mi caso, las plegarias sí fueron atendidas. Encontré inmediatamente un nuevo reto laboral del que estoy a punto de celebrar el primer aniversario con entusiasmo y energía. Como no puede ser de otra manera, cuando estás en la fase de enamoramiento, porque te vuelve a gustar lo que haces y retas a tu mente a dar siempre una vuelta de tuerca más.

Ayer viajaba a Torremolinos para cerrar la compra de un piso después de casi diez meses de búsqueda. Era otro deseo que quería poner en pie porque este giro de guión me había dotado de las condiciones financieras para poder hacerlo realidad. Fui y vine tantas veces que más de una ocasión estuve tentado de decir, como Rocío Jurado, «no vuelvo más nunca al AVE», pero la perseverancia, una vez más, dio sus frutos. Porque, en un momento en el que me intentaban hacer creer que los precios crecían por días y que tenía que comprar cualquier cosa antes de que fuera demasiado tarde, encontré mi oportunidad y no la dejé escapar.

Ayer, en el tren de vuelta, cansado por un día de muchas emociones y las mil gestiones, pensaba que la vida me viene tratando muy bien últimamente. Estoy fenomenal de salud, tengo una familia férrea siempre a mi lado, sigo contando con amigos que me han ayudado a levantarme cuando me he caído. Y, como Antonia Dell’ Atte, de mi vida privada no hablo.

No al pesimismo

Detesto los refranes, porque no son verdaderos. Sobre todo aquel que mantiene que «dime de lo que presumes y te diré de lo que careces». Creo que estamos tan acostumbrados a quejarnos y está tan mal visto socialmente que digas que te van bien las cosas, que nos perdemos la oportunidad de hacer partícipes a los demás de nuestra felicidad. Incluso nosotros mismos nos acostumbramos más a la queja que a pellizcarnos para darnos cuenta de que lo que nos está pasando es verdad.

Estoy contento con quien soy y con cómo estoy, así que lo único que le pido a Dios (en quien no creo) es que no me siga quitando seres queridos, de forma repentina o tras largas enfermedades. Porque en esto sí tengo queja. Y mucha. En pocos años se me ha ido demasiada gente, pero el hacer tantos duelos me ha ayudado a vivir con el pie más en el presente que en el futuro. A ser consciente de que el tiempo es tan limitado que no puedo ni perderlo ni regalarlo. A elegir con quién estoy y dónde.

El valiente gesto de Alfred García

Foto Alfred García y Miki Eurovisión

Como en ‘Melinda y Melinda’, una de las películas menos celebradas pero no por ello peor de Woody Allen, se narraban los mismos acontecimientos desde dos puntos de vista. Uno en tono de comedia y el otro de drama. Porque la realidad se puede ver desde tantos ángulos y prismas, que se puede llegar a conclusiones antagónicas desde distintos caminos. Y a planteamientos similares desde puntos de vistas contrapuestos.

Por eso, después de escribir un artículo explicando por qué me parecía bien la ausencia de Amaia Romero en la gala de la elección de nuestro representante en Eurovisión no puedo dejar cojo el relato y no contar la otra parte de la historia. El papel de Alfred García…

Un recuerdo emocionante

El exconcursante de ‘Operación Triunfo’ sí decidió acudir y rememorar su paso por Eurovisión de lo que él sí ha hablado siempre con orgullo. A mi entender se siente mucho más identificado con la canción que interpretaron y con la experiencia que vivió que la que fuera su pareja. Por eso su presencia en una gala que tanto dejó que desear y defender su fracaso eurovisivo, del que, repito una vez más, ninguno de los dos fue responsable, es un gesto valiente. Otros en su lugar hubieran evitado dar la cara, sobre todo cuando ya has echado a andar y tienes el viento a favor, como es su caso.

Alfred García ha iniciado su carrera de manera muy coherente y puede ser todo un referente para los concursantes de esta nueva hornada, que parecen mucho más perdidos y hasta desmotivados. Quizás por eso la audiencia de esta edición fue mucho más baja y la gala de ayer no fue una excepción. Su ‘share’ bajó a menos de la mitad, porque desde hace semanas se ha publicitado que los concursantes no tenían ilusión por ir a Eurovisión y porque la mayoría de las canciones no serían ni un bonus track de cantantes de medio pelo. Merche es capaz de mucho más de lo que ayer vimos en la voz de Natalia y Morat tiene acreditados un montón de títulos que hacen palidecer al que interpretó ayer Carlos Right (muy correctos los dos en su ejecución, por cierto).

Contra los prejuicios

El cantante catalán, al que todo el rato se le recuerda su procedencia geográfica para estigmatizarle, está venciendo todos los prejuicios de los ignorantes y de los que viven instalados en el conflicto. ‘1016’ es ya disco de oro y su gira un éxito. La mejor estrategia es dejar que las polémicas se apaguen solas, no contestar y seguir tu camino, no el que te marcan los demás. Ha producido y compuesto lo que canta, así que no se le puede pedir mucho más. Por eso su esfuerzo está teniendo su recompensa.

Famous se merecía algo mejor

Y para acabar completando mi crónica de la gala de ayer (la otra parte está en el artículo de Amaia), solo decir que los concursantes de ‘Operación Triunfo’ se merecían mejores composiciones, en especial el ganador, Famous, a quien le tocó una canción muy difícil de sacar adelante. 2019 va a ser una nueva oportunidad perdida y me da pena por Miki, quien parece un chico encantador y trabajador, pero va a volver a casa con un muy mal resultado. Ojalá me equivoque.

[LEE MÁS: Amaia hizo bien en no ir a la gala de Eurovisión]

Eurovisión: preparados para una decepción gigante

Eurovsión Israel

Igual que en una competición deportiva, siempre quieres que gane el tuyo, el festival de Eurovisión debería concebirse como un concurso al que acudir con la intención de quedar lo mejor posible. Ya sabemos que lograrlo es difícil, pero da la sensación de que ni siquiera se confía en quedar de los primeros.

Lo de menos es la posición sino el lugar en el que queda el artista, que es quien se la juega. Recordemos la travesía del desierto que tuvo que atravesar Remedios Amaya, a quien se linchó durante años. A Patricia Kraus, que se la tragó la tierra. También a Lucía Pérez, que tuvo que defender una infumable ‘Que me quiten lo bailao’. A Las Ketchup, que venían de un éxito mundial con su ‘Aserejé’ y nunca más se supo.

Y el paradigma del fracaso fue el pobre Manel Navarro. Podría haberse convertido en un ídolo para ‘teenagers’ si su discográfica hubiera seguido otra estrategia. Sin embargo, que su elección estuviera bajo la sombra del tongo y su gallo, le hundieron cual Titanic.

Éxitos en Eurovisión

Casos de éxito ha habido muchos. Raphael, Julio Iglesias, Karina, la injustamente olvidada Anabel Conde, Sergio Dalma, Nina, Mocedades… Todos tenían un denominador común: son grandes artistas. Además de competir con canciones con fuste. No con subproductos esclavos de modas pasajeras. Todos, además, han tenido carreras sólidas. Incluso Rosa López, a quien muchos se empeñan en defenestrar. Eurovisión no sirvió sino para darles una mayor dimensión.

Sin ilusión por ir a Eurovisión

Este año se rezuma una particular desidia. A la espera de ver las canciones terminadas y las puestas en escena, mis expectativas son nulas. El pasado, que se habían tomado medio en serio lo de Alfred García y Amaia Romero, quedamos fatal. No por culpa de ellos, sino porque no se les arropó adecuadamente.

O, para no andarnos con rodeos, las cartas sobre la mesa: porque no era esa la canción que tenía que haber competido. Las idóneas eran ‘Lo malo’ de Aitana Ocaña y Ana Guerra, o ‘Al cantar’, la delicada composición de Rozalén para Amaia.  Se desestimó porque se aplicaron los códigos de un ‘reality’ (su relación sentimental) a un concurso de canciones. Así nos fue…

Grandes artistas españoles

Salvo Pastora Soler y Ruth Lorenzo, que quedaron en décima posición, nuestra participación en los últimos años ha sido poco más que testimonial. Me pregunto que si en nuestro país surgen artistas como Pablo Alborán, Pablo López, Manuel Carrasco, Vanesa Martín, Rosalía o la misma Rozalén, no enviamos a alguien con una canción digna de ser recordada. Pues no hay forma…

Los compositores de El sueño de Morfeo

María Villar con un electro-latino que suena a viejo es la favorita para viajar a Israel. Sin embargo, la exconcursante de ‘Operación Triunfo’ no parece entusiasmada. Y la entiendo, porque es ella quien tiene que defender la canción. No los compositores, que bien se la podían haber quedado ellos y cantarla con la que fuera su compañera de El sueño de Morfeo, Raquel del Rosario, con la que perpetraron una mediocre actuación en el mismo certamen.

[LEE MÁS: María Villar, el peligro que supone para ella ir a Eurovisión]

Recomiendo a los eurofans que se lo tomen con calma. Tal vez una buena idea sería adoptar como propio a otros países como Italia, Francia o Suecia, que siempre mandan propuestas competentes, ganen o no. O asumir que somos unos perdedores congénitos. No se me ocurre otra explicación cuando, año tras año, surgen las mismas polémicas e idénticos berrinches.

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Here is the logo design for the 64th Eurovision Song Contest in Tel Aviv! The EBU and Israeli Host Broadcaster KAN are delighted to unveil the inspirational logo for the Eurovision Song Contest 2019 – three triangles which, when united, shine together to create a golden star. It accompanies the slogan Dare to Dream, which was revealed last October in Tel Aviv by Jon Ola Sand, Eurovision Song Contest Executive Supervisor for organizers the European Broadcasting Union. KAN has revealed more details about the creative theme for this year’s contest: «The triangle, one of the world’s oldest shapes, is a cornerstone symbol found universally in art, music, cosmology and nature, representing connection and creativity. As the triangles join and combine, they become a new single entity reflecting the infinite stellar sky, as the stars of the future come together in Tel Aviv for the Eurovision Song Contest 2019.” The tag line Dare to Dream symbolises inclusion, diversity and unity, which represents the core values of the Eurovision Song Contest. Tap the link on our profile to learn more on our website. #DareToDream #Eurovision #ESC2019

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A Ana Belén no le habrían hecho esto en Estados Unidos

Foto de Ana Belén polémica

La tele en mis reuniones familiares es como una banda sonora. Siempre está puesta, así que esta Nochebuena no hicimos una excepción. Ese día en especial, es como un interlocutor más al que solo hacemos caso cuando sale Anne Igartiburu, que le gusta mucho a mi madre (‘spoiler’: ya sabéis dónde vamos a ver las Campanadas). O si alguien canta rematadamente mal como es el caso de las galas de Telepasión. Se superan en cada edición, porque no tienen gracia ninguna y cada vez lo hacen peor. Aunque cosechan grandes éxitos de audiencia, si ese día pusieran un partido de pelota vasca los datos no variarían demasiado. Sin embargo, los responsables de entretenimiento de la cadena siguen considerando que ‘the show must go on’. Ellos sabrán.

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Hoy 24 de diciembre, (fun fun fun🎄) tenía que emitirse en TVE el especial “Noche de encuentros” pero sus programadores han considerado que tenía un alto contenido reivindicativo de la Mujer, y lo han relegado a la noche del miércoles a las 00.30. ¡No salgo de mi asombro! Cuando este programa ha sido diseñado y escrito por la propia TVE. Después de hacer ellos mismos promoción para esta noche. ¡¡¡Qué ceguera y qué cobardía!!! @npastorioficial @manologarciaoficialtra @ana_torroja @rozalenmusic @beatrizluengo @india_martinez_oficial @amaral.oficial @pastora_soler @_melendioficial_ @abelpintosoficial @kanygarcia @vanesssamartins #tve #nochebuena @la1tve

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Una decisión errónea

Dicho esto, sin ánimo de desmerecer a la plantilla de TVE, que hace lo que puede con este espectáculo digno de función de fin de curso, sino para evidenciar que cuando se quiere se puede. En este caso no han querido. No hay ninguna justificación para grabar un especial con una estrella del calibre de Ana Belén y relegarla a un día aleatorio en lo que antes se llamaba ‘segundo prime-time’ y que yo denomino un feo que no harían en Estados Unidos a Barbra Streisand, a Bette Midler o a la misma Céline Dion, que es canadiense y que ha sido protagonista de distintos especiales navideños en cadenas de televisión privadas de ese país, que sí sabe abrazar el talento, venga de donde venga.

Este último dato sí es relevante, porque a Ana Belén la han programado de tapadillo en una televisión pública, que sale de nuestros impuestos y que lo mismo te hace una producción costosa como ‘La república’ y la dejan en un cajón durante años porque ha cambiado el Gobierno, que pagan con ese mismo dinero público a colaboradores como Julián Contreras y Lourdes Montes, que estarían muy bien en Antena 3 o Tele 5, pero no en una emisora sufragada por todos los españoles. No tiene lógica que se pague un pastón a Carmen Martínez-Bordiú por bailar tangos y se critique porque mandaban unos y ahora pasemos esto por alto porque los que deciden son otros.

La Nochebuena de Raphael

Entonces resulta que Ana Belén graba un especial con tintes reivindicativos, feministas, que tanta falta hacen. De repente argumentan que eligen para Nochebuena otros programas y no el suyo porque cantan más. Y peor, claro. Como si incluir monólogos fuera pecado. Al final va a ser verdad que la música amansa a las fieras y la palabra las solivianta.

Me parece fenomenal que Raphael, otro de los enormes (o como diría Rosario Flores, un monstruo), haya estado no sé cuántas Nochebuenas cantando el Tamborilero, apruebo a Los Morancos, hasta el horrendo Telepasión… Ana Belén, que es un mito, señores, no merece menos que un ‘prime-time’. Si no os parece apropiada o queréis evitar críticas de sectarismo, porque lleva toda la vida cargando con la etiqueta de ‘roja’, no le ofrezcáis este programa. Que no lo necesita.

Ya demostró en su fugaz paso por ‘Operación Triunfo’ que hasta como jurado es mucho mejor que Ana Torroja, lo cual no es decir mucho. La exsolista de Mecano, quien también interviene en este especial, es otra gran cantante, pero la televisión no es lo suyo. No se trata de comparar a nadie con nadie, porque hay hueco para todas en el corazón del público, que es mucho más inteligente de lo que los programadores se creen, sino de evidenciar que España no trata bien a sus artistas. Cuánto que aprender de nuestros países vecinos, que reverencian a los suyos.

Profetas fuera de España

Se ha machacado sistemáticamente a Penélope Cruz, a Javier Bardem, a Almodóvar le han hecho homenajes en Francia que aquí serían impensables. Buñuel es más conocido en el extranjero que aquí, Rocío Dúrcal se tuvo que ir a México, Mónica Naranjo lo mismo, Sara Montiel también se hizo estrella allí. ¿Qué hacemos en España? Reivindicar a Serrat cuando manda callar a un señor del público recordándole que su espectáculo actual es en castellano y que ese día el catalán no toca. Eso sí, que se atreviera a mostrar una postura política distinta. Esos mismos que incendiaban estos días Twitter para aplaudirle se tirarían a su cuello como hienas.

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Estoy a años luz de lo que piensa Vargas Llosa, pero me parece una delicia leerle (una pena los sectarios de izquierdas, se están perdiendo a un genio). Detestaba la manera de pensar de Nati Mistral, pero declamaba como nada y era tan divertida de entrevistar que pocas veces lo he pasado tan bien ejerciendo mi profesión como con ella. Mientras no sepamos respetar a los artistas por su trabajo y los dividamos en dos bandos, seguiremos manteniendo una actitud guerracivilista que dice muy poco de nosotros como país.

Por cierto que si Vanesa Martín, Pastora Soler, Manolo García, Rozalén, India Martínez, Amaral y todos los demás miembros de este reparto coral que configuran este especial no justifican un horario de máxima audiencia, ya me dirán qué…

Yo, aunque esté muerto de sueño, no me voy a perder esa ‘Noche de encuentros’ con Ana Belén. Porque ella lo vale. Porque ellas también.

Mariah Carey, una artista infravalorada por la imagen que da de sí misma

Foto Mariah Carey

Por desgracia las apariencias importan. Y mucho.  Por eso todos intentamos proyectar éxito y dar la mejor imagen de nosotros mismos a través de las redes sociales. Sin embargo, hay gente, como Mariah Carey, que gestiona sus perfiles como si fuera su peor enemiga. Le ocurre lo mismo a Madonna, que siempre fue una experta en el marketing analógico, pero parece muy ‘lost in translation’ en los códigos en los que se manejan los millennials y las generaciones posteriores.

Voy a escribir una obviedad, pero  es necesario dejarlo negro sobre blanco una vez más, porque somos muy proclives al olvido: Mariah Carey es una gran cantante y una excelente compositora, como ha dejado de manifiesto, una vez más, con su último disco, ‘Caution’. Un batacazo comercial que no se corresponde con la calidad del producto, una colección de canciones que fluyen suaves y ligeras, sin sobresaltos ni rellenos. Podremos decir que este ‘flop’ se debe al ‘ageism’, que a partir de cierta edad ya no te ponen en las radios, pero no creo que sea el caso.

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#tbt My first Christmas with Cha Cha 🐶♥️

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Un gesto valiente

La ex de Tommy Mottola, marido a su vez de Thalía,  ha sido ridiculizada muchas veces por sus vestidos ultraceñidos, por sus salidas de tono o por sus ocurrencias de diva. Que a mí me encantan, porque considero que lo hace con humor, pero que no siempre son bien entendidas.  Considero que son estas cuestiones las que impiden que su trabajo se divulgue adecuadamente y se le trate con el crédito que merece.

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No he sido nunca fan de Mariah, pero sé valorar su talento y la admiro mucho más por haber hecho público que padece el síndrome bipolar. En un mundo que estigmatiza las enfermedades mentales, dar un paso así supone una gran ayuda para personas que están en su situación y que necesitan visibilidad. La intérprete de ‘Emotions’, con esos agudos mágicos, que tanto imita Ariana Grande, ha sido tantas veces vilipendiada que hacer un ‘outing’ de estas características es un gesto aún más heroico. 

Navidad con Mariah

Aunque me gustaba más como baladista, cuando daba los primeros pasos en su carrera y yo era un adolescente en busca de autor, Mariah siempre será para mí el espíritu bueno de la Navidad. Una época del año que no me gusta nada, porque siempre se echa de menos a los que no están, pero ella contribuye a que sea mucho más amigable y divertida. Al menos para mí, que siempre estoy esperando a tomar las uvas para pasar página.

Detrás de esa mujer de armas tomar, aparentemente excesiva, estoy seguro de que se esconde alguien muy inteligente y sensible que, lo siento por las que están llegando ahora, ya es historia de la música, cuando aún le quedan muchos capítulos gloriosos por escribir.

Roberto Leal y la estirpe de presentadores que no pasan de moda

La vida es pendular. Cuando ya creía que había dejado la televisión generalista de por vida, resulta que me aburro paseando por los menús de Netflix, HBO y Amazon Prime, y he vuelto a lo de siempre: los programas de los que la gente habla acodada en las barras de los bares o en Twitter, que viene a ser lo mismo.

Llevo ya dos o tres galas de ‘Operación Triunfo’ seguidas. No por afición, porque los concursantes no consiguen engancharme, sino porque es un formato, como ‘Tu cara me suena’, que no me hace pensar.. Es como un ansiolítico catódico. Me pongo el programa y me voy quedando acurrucado en el sillón hasta que me vuelvo a despertar porque un concursante ha soltado un gorgorito o lo que sea.

Sus trabajos anteriores

Todo esto para llegar a su presentador, Roberto Leal, a quien recuerdo de cuando yo trabajaba en una revista, con la tele puesta todo el día, y él con Sussana Griso. Ya tenía entonces ese aire campechano (esa palabra tan denostada por los republicanos que se la aplican al emérito cada vez que sale el tema) que contrasta con la actitud de Carlos Lozano cuando presentaba la primera edición, pues parecía más un ‘coleguita’ de barrio que un presentador al uso, o Pilar Rubio, que tenía aires de ‘pin-up’, pero no insuflaba vida al formato, que agonizaba en sus manos (no por su culpa, ojo, sino porque entonces no daba más de sí).

No he seguido a Roberto Leal en ‘España directo’ y me lo he reencontrado en ‘Operación Triunfo’, la última gran resurrección televisiva del nuevo milenio. Un programa en el que pocos creían, pero que se levantó por varios motivos. El primero, que lo habían dejado descansar lo suficiente, el segundo, por un ‘casting’ muy acertado de concursantes, y el tercero, por la frescura y naturalidad del presentador.

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Roberto Leal me recuerda al mejor Jesús Vázquez, que sigue tan vigente como siempre y ya tiene proyecto nuevo en Mediaset, o al Ramón García en sus años dorados en la televisión pública. Esa estirpe de presentadores que perduran, no solo porque son buenos profesionales, sino porque caen bien a las personas mayores, que son quienes más televisión consumen.

El ansia de la juventud

Los jóvenes, entre los que ya no me incluyo, son más promiscuos e infieles. Tienen, como cantaba la ex-jurado Mónica Naranjo, «el ansia de la juventud»:  las hormonas alborotadas y millones de estímulos que les distraen, no solo de la televisión sino también de lo que leen o de la música que consumen. Mientras que la denominada la tercera (y yo añadiría, la segunda) edad tiende más a rutinizar, a encontrar el placer en la repetición y en la consolidación de los hábitos.

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No estoy diciendo que Roberto Leal es un buen presentador para viejos (permitidme el guiño literario a Cormac MacCarthy), pero sí que tiene unas cualidades que le permitirá ir encadenando programas a poco bien que le vayan las cosas. Otros, que no mencionaré para no ofender a nadie, son producto de las modas, que empiezan a morir cuando empieza a asomar la siguiente tendencia.