Woody Allen: el linchamiento a un anciano de 82 años


Que nuestra esperanza de vida es cada vez mayor es un hecho. Que los 80 pueden ser los nuevos 60, gracias a los avances médicos, también. Pero que a esa edad uno es un anciano, no se puede negar, por muy en forma que parezca uno. Woody Allen tiene 82 y está sometido a un ostracismo y a un escarnio que convierte a la opinión pública en juez y verdugo.

[LEE MÁS: La crueldad hacia los ancianos: un día lo seremos nosotros]

Desde que su hija adoptiva volviera  a decir que había sido víctima de abusos sexuales por parte del director de ‘Annie Hall’ se sucedieron los gestos de repudio de: los actores que habían trabajado con él, muchos devolvieron su sueldo (pero ninguno sus Oscar) y lo donaron al movimiento #metoo, casi nadie se atrevería a rodar a sus órdenes, por el miedo a represalias de los estudios o de las marcas que promocionan, y Amazon Prime parece que no va a estrenar su última película, ‘A Rainy Day In New York’. Hasta uno de sus protagonistas, Jude Law, ha dicho que es una vergüenza, y nosotros como espectadores nos lo vamos a perder también.

Un mundo maniqueo

El auge actual de los extremismos no es sino una muestra más en que vivimos en un mundo de blancos y negros. Ya no sirven de nada el intercambio racional de ideas, el diálogo, la argumentación. Ahora prima tocar la tecla emocional para instar a la gente a tomar decisiones desde las vísceras, no desde el intelecto y la ponderación. De ahí el linchamiento contra Allen, aunque no veo a ninguno de sus verdugos poner el mismo esfuerzo para denunciar los abusos cometidos, de manera continuada, en el seno de la iglesia católica, por ejemplo.

[LEE MÁS: El peligro de los extremismos]

Yo siempre estaré del lado de las víctimas, pero Woody Allen ya fue absuelto en 1993. Lo que cabe preguntarse ahora qué falló en el sistema judicial entonces, por qué los forenses que estudiaron el caso no vieron caso, por qué, como en ‘Los miserables’, van a perseguir al artífice de ‘Balas sobre Broadway’ hasta el final de sus días por algo que ya fue desestimado en su momento.

Nunca he sido partidario de la pena de muerte ni de las cadenas perpetuas, porque no son sino la manifestación de la venganza en estado puro y un síntoma de nuestro fracaso como sociedad, porque, recordemos, la pena está pensada para rehabilitar al delincuente, no para destruirlo.

Por eso es incomprensible que ahora Woody Allen esté pagando un precio mucho más caro que si hubiera sido condenado hace un cuarto de siglo por algo que es posible que no haya hecho.

La justicia por su mano

A estas alturas, el cineasta ya estaría rehabilitado y, aunque no hubiera podido volver a rodar, seguramente llevaría una vida tranquila, alejado de los focos y sin el riesgo de que le increpen cada vez que sale a la calle. Hay que pensar que, en su caso, fue mala suerte que dictaminaran que era inocente, porque nada hay que guste más a las masas que una jauría de perros persiguiendo una presa.

Me gustaría saber si a Dylan Farrow reabrir estas heridas le beneficia en algo, porque, aunque fuera verdad lo que afirma, se está impidiendo a sí misma pasar página. Han pasado 25 años y, si su entorno la hubiera querido de verdad, el dolor emocional ya habría prescrito.. La habrían ayudado a que así fuera, no la hubieran azuzado para que saliera de nuevo a los medios a abrirse en canal.

Todos debemos sobreponernos a dramas cotidianos, a tragedias familiares y experiencias traumáticas. Y para ella esta sobreexposición es infligirse un castigo, porque también es probable que esos abusos no existieran.

Un caso mediático

Vivir instalado en el dolor, en el recuerdo de lo doloroso y en la sed de venganza es aniquilador. Por supuesto que debe hacerse justicia, que los culpables deben pagar y que hay que denunciar para que no se vuelva a repetir, pero en el caso de Woody Allen nos encontramos ante un escándalo mediático que es una condena para ambas partes. De momento, nadie ha podido acreditar lo que dice su hija Dylan Farrow, ni ella misma. Son sus palabras contra el silencio del director, que va a pasar sus últimos años acosado y acorralado.

Un principio básico de la justicia es que es el acusador quien tiene que demostrar la culpabilidad de la persona a la que acusa. Por eso es vital encontrar el equilibrio entre la presunción de inocencia y la reparación de daños. Y, por supuesto, hay que seguir luchando sin cuartel contra los abusos. Si lo que dice Dylan Farrow fuera cierto le corresponde a los tribunales dictar sentencia no a nosotros, ni a los estudios de cine, ni a los actores. Pero, por desgracia, eso es lo que está sucediendo.