Yo quiero ser Jane Fonda


Esta mañana me he desayunado el documental ‘Jane Fonda en 5 actos’,  en HBO. Una hagiografía en la que la actriz estadounidense, en primerísima persona y con los cañones de luz hacia  su planchado rostro (ella misma lo admite, no haber sido valiente como Vanessa Redgrave para convivir con sus arrugas), narra su apasionante vida cambiando de estilismo cada cinco o diez minutos. Que para eso es una diva.

Por supuesto, como ha controlado el resultado final, sale bien parada hasta cuando reconoce sus errores,  porque pide perdón y parece ser que, sobre todo su hija mayor  (a quien no trató en igualdad de condiciones ni dio el mismo cariño que a su hijo), se lo ha concedido.

Los momentos trágicos

Jane Fonda lo tuvo todo desde la cuna, pues su padre, Henry era uno de los hombres más idolatrados de su país y, por lo tanto, como dijo una vez Juan el Golosina sobre Lola Flores, «a su lado no se pasaban penas» (económicamente hablando).

Otra cosa es que el ganador de un Oscar por ‘En el estanque dorado’ (película que produjo ella y estatuilla que subió a recoger  en su nombre con un cardado de los que hacen época) fuera incapaz de verbalizar los sentimientos que no estaban escritos en un guión. De ahí los déficit de afecto que arrastró la actriz y su hermano, Peter, cuyo paso por el mundo ha sido mucho más errático por el abuso de los estupefacientes.

Que su madre sufría un trastorno bipolar y se suicidó, que Henry Fonda tuvo casi tantas mujeres como Zsa Zsa Gabor maridos y que su devenir por la vida no siempre fue agradable, pues también. Sin embargo, de este notable documental he sacado una enseñanza que nos puede ser muy útil a todos o a personas que, como yo, a punto de cumplir los 45, se están reinventando.

La gran moraleja de este cuento es que si algo no te gusta (o no te conviene) es mejor dejarlo. No siempre se tiene una situación tan acomodada como la protagonista de ‘El regreso’ y ‘Klute’ (las dos películas por las que ganó el Oscar) que te permite convertirte en activista, ser actriz, luego retirarte, después volver, vivir una temporada en una especie de comuna y después mudarte a una mansión…

La realidad y el deseo

Estamos de acuerdo, de entrada no todos podemos ser Jane Fonda ni pretenderlo. Es más, tendremos muchas cortapisas y limitaciones que nos impedirán dar el salto abismal entre la realidad y el deseo. Otros, como ella, pueden asumir riesgos temerarios, pero no se trata de compararnos con los demás o intentar emularlos.

Por eso, no hablo de cambios heroicos, porque de líderes fracasados y pendencieros están los cementerios llenos, pero sí de ir moldeando nuestro entorno a nuestras necesidades. Si no te gusta tu casa, mejor que busques la forma de encontrar otra en la que creas que vas a estar más cómodo, si tu trabajo te hace infeliz intenta encontrar una alternativa, si no quieres a tu pareja o no es lo que esperabas que fuera, déjala.

La mochila y las piedras

No voy a caer (y lo estoy haciendo al mencionarla) en la manida imagen de la mochila llena de piedras que cargamos en nuestro día a día, porque hay ocasiones en las que es imposible vaciarla ni siquiera aligerarla. Me refiero más bien a esas servidumbres que podemos ir eliminando y que hacen que nuestro devenir fluya peor que la sangre por una arteria obstruida: relaciones tóxicas, entornos desagradables, actividades que nos van minando…

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Jane Fonda ha sido una privilegiada, pero podía haberse acomodado y no dar giros tan radicales a su biografía, haberse conformado con lo que habían pensado para ella. Y no hubiera sido una mala opción, seguramente habría tenido una existencia bastante plácida hasta el final de sus días y no se habría visto en situaciones, como su denuncia del papel de Estados Unidos en la guerra de Vietnam, por las que un porcentaje importante de la población de su país la aborrecía.

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Su felicidad ha estado en el cambio, en la reinvención y otros la encontrarán en la permanencia, en la rutina, en la cotidianidad previsible. Pero tanto unos como otros tendremos que intentar quedarnos en los sitios (físicos y emocionales) por elección y no por imposición. Siempre que se pueda. No hacerlo es jugar mal nuestras cartas.