A Pablo Alborán no le hicieron lo mismo que a Rosalía


Me imagino a los ‘haters’ de los artistas viviendo en pisos como el de Torrente: con envases de yogures tirados por los suelos y Superpops desvaídos en los sofás, telarañas deshabitadas, gatos amodorrados y el cadáver descompuesto de un canario en una jaula mientras en una televisión de culo gordo, con decodificador para TDT,  Eduardo Inda escupe odio a Podemos al borde de un tabardillo.

A estos especímenes, sin mayor logro en la vida que haber aprendido a tuitear con faltas de ortografía, el éxito masivo les molesta, aunque si eres hombre, como Pablo Alborán, tienes menos posibilidades de que te machaquen, como están intentando hacer con Rosalía.

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Desde hace unos años no hay rincón por el que no transite mi existencia en el que no suene una canción de Pablo Alborán, cuya figura aparece aún más agigantada en anuncios por las calles de Madrid. Sin embargo, no oigo a nadie quejarse, cosa que me alegra, de que su música o su presencia sea más ubicua que un político en campaña electoral.

Una artista mediática

Por el contrario, basta hacer una sencilla búsqueda en ‘Google’ para encontrar artículos que más que hablar del poderío de Rosalía se centran en asuntos colaterales que en nada benefician a la artista. A la hora de escribir este artículo, los dos primeros que aparecen se titulan así: “Odiar a Rosalía es vulgar”, “¿Estamos a un tra tra de cogerle manía a Rosalía?”.

No es mi pretensión generar un antagonismo que no existe entre Pablo Alborán y la artífice de ‘Malamente’, un adverbio que ha llevado para quedarse, pero sí evidenciar que sigue habiendo machismo musical no solo entre la gente de la calle sino en la prensa, que es mucho más severa y cruel con ellas que con ellos. Y desde estas líneas no pido indulgencia con los malos artistas sino sensatez y ecuanimidad.

Artistas longevos

¿Alguien incide alguna vez en la edad de Mick Jagger, Bruce Springsteen o Joaquín Sabina para juzgar su trabajo? En todo caso, para subrayar que están hechos unos chavales, como aquella película de Paco Martínez Soria, pero nunca para insinuar que están al borde del ridículo (y en algún caso así es). Sin embargo, los 60 de una Madonna, tan sexual como siempre, escuecen, y nos falta sacar retóricamente del sarcófago a Cher.

Si me lee Pablo Alborán, se dirá que qué pinta en este artículo, pero la respuesta es simple: es quizás el último gran fenómeno de masas masculino que ha surgido en nuestro país, con permiso de otros como Manuel Carrasco o Pablo López, que también arrasan, pero en menor escala. Y tuvo tanta exposición mediática, si no mayor, que Rosalía. Con la diferencia de que en su caso no se creó artificialmente una corriente de opinión adversa y salvo momentos puntuales en los que los medios estuvieron desafortunados, los vientos han soplado a su favor.

Pero para no dejar solo a Pablo Alborán en esta comparación, aquí tenéis otros ejemplos, el ‘late bloomer’ Luis Fonsi y su ‘Despacito’, Enrique Iglesias y su ‘Duele el corazón’ o Maluma, a quien se le ataca por su supuesto machismo, pero no por su éxito.

Tomar distancia del éxito

Pablo se tuvo que quitar una temporada de en medio, posiblemente para desintoxicarse de los efectos psicológicos perversos de la fama y de la pérdida del anonimato, y no me extrañaría que Rosalía llegue un momento que tenga que desintonizarse.  Ahora el cantante andaluz llena auditorios como si estuvieran a punto de prohibirle  y consolida una carrera que parece no tener techo, pero no todo ha sido fácil para él. Que quede claro también.

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En una tesitura similar de crecimiento está Rosalía, aunque en una fase más preliminar, pero hay que ser muy fuerte para no verse afectado por algo que está al margen de lo que hacemos. ¿Tiene que pagarlo caro por recibir los parabienes de los críticos más sesudos y de que sea tan masiva que hasta Los Morancos hayan hecho ya hace unos meses una divertida parodia de su ‘Malamente’? ¿Es culpable de haber reinventado la estética de barrio y haberla convertido en algo ‘cool’? ¿Tiene que pedir perdón por tener talento?

La respuesta es obvia.


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