Adiós a Dylan


Siempre he tenido mucho miedo a ser cursi o sensiblero. Por eso, suelo ser bastante aséptico en mi vida personal para expresar mis sentimientos, salvo en contadas ocasiones (y en general con un tono irónico para poner un toque de distancia), y no me gustan los esperavanes. Siempre he valorado el estoicismo y la sobriedad a la hora de despedir a un ser querido frente a las plañideras (y plañideros) que se rasgan las vestiduras y una vez fuera del tanatorio se van a ver ‘Pasapalabra’ o a ponerse finas de anís del mono. Aún así, tengo que admitirlo, llevo desde ayer llorando a mares. A ratos. Otras desconecto y mi cerebro se olvida del dolor y pienso en mis quehaceres domésticos, que son la manera más habitual de retomar la normalidad.

Ayer murió mi perro, Dylan, un nombre que le puso mi pareja de entonces, Miguel, que fue quien me lo regaló. Nunca supe muy bien por qué. Desde luego no en homenaje a Bob Dylan ni mucho menos a Dylan Thomas. Quizás por el personaje de Luke Perry en ‘Sensación de vivir’. Quién sabe. Si lee este texto seguro que me contestará a título póstumo, porque su destinatario ya no está aquí entre nosotros.

Dylan hubiera cumplido 16 años en octubre, lo que para un Yorkshire es casi alcanzar la obsolescencia programada. Y, según algunos, incluso superarla. Llevaba unas semanas mal y, como todo lo que hizo en la vida, elegimos por él hasta su forma de morir. En este caso fue mi madre, pero yo hubiera hecho lo mismo, pedir que le pusieran la inyección que acaba con el sufrimiento y un deterioro innecesario, que ojalá todos nos pudiéramos permitir llegado el momento si la ley lo estipulase y así fuera nuestra voluntad.

Dylan era un perro bueno. Era un ángel en la tierra y a mí me ayudó a salir de algunos de los baches más grandes de mi vida, porque aunque yo tuviera sobre mis espaldas el peso del dolor de la humanidad, él me hacía reír y no permitía que me derrumbara. Quizás porque como casi todos los Terriers era un poco egocéntrico e inquieto. Eso ya da igual. La cuestión es que no conoceré mejor antidrepesivo que él. Os lo puedo asegurar.

Estas palabras son, obviamente, más para mí que para él. Para fijar aún más si cabe su recuerdo. Así, dentro de unos años, cuando piense en Dylan, podré volver sobre estas líneas y saber cómo me sentía y lo agradecido que estaba. Porque las personas solemos ser olvidadizas con todo, incluso con los afectos. Es tal mi gratitud que no voy a caer en la tentación de adoptar otro perro (que es lo que hay que hacer, recurrir a las protectoras), porque no quiero reemplazarlo, aunque siempre adoraré a los que tengan mis amigos o mis familiares. Lo primero que hice al aprender a andar, con poco más de un año, fue echar a correr detrás de ellos, sin tener miedo ni a su tamaño ni a su raza. Desde que tengo uso de razón (o más bien antes) los he amado y no va a cambiar, pero en este caso un clavo no quita otro clavo. No creo que vuelva a tener otro.

Dylan fue un perro muy disciplinado. Se dejaba cortar el pelo y las uñas sin apenas moverse. Se metía en el trasportín solo y asumía mis múltiples viajes con estoicismo Además, se adaptaba muy bien a las casas de mis amigos por los que iba rotando, hasta que se lo quedó mi madre, porque consideré que era lo mejor para él. Y acabó siendo óptimo para ambos, porque ella es mucho mejor cuidadora que yo y porque cuando murió mi padre hace cinco años fue su mejor compañía.

Dylan nunca me reprochó nada con su indiferencia. Todo lo contrario, me festejó cada dos semanas, que es con la frecuencia que suelo viajar a estar con mi madre, hasta que sus fuerzas se lo permitieron. La última vez que nos vimos fue este viernes y la intuición no me falló, fue la última. Desde ayer, sin embargo, no dejo de recrearlo en todo su esplendor, brincando a mi cama para despertarme a lametazos, corriendo como un gamo cuando íbamos al parque o lleno de excitación cuando había una hembra en celo cerca. Son esas imágenes las que me vienen mientras escribo estos párrafos improvisados y son las que prevalecerán. Él era alegría infinita y no querría verme triste. Así será.