‘El blues de Beale Street’, la mejor película para San Valentín (o cualquier otro día)


Me gustan los dramones. No lo puedo evitar. Solo en la ficción, eso sí. Que para la vida solo quiero comedias entretenidas. No solo por eso me ha entusiasmado ‘El blues de Beale Street’, lo nuevo de Barry Jenkins, quien, con toda justicia, arrebató con ‘Moonlight’ el Oscar a la mejor película a la mediocre ‘La La Land’, una triste fotocopia desvaída de los musicales de la era dorada de Hollywood. Tiene tantas virtudes y tan pocos defectos (quizás alguna secuencia alargada innecesariamente), que 24 horas después de haberla visto sigo pensándola.

Entiendo que Pedro Almodóvar se resista a rodar para plataformas en ‘streaming’ como ha hecho Alfonso Cuarón, cuya ‘Roma’ solo ha tenido un estreno técnico en los cines, por lo que la hemos tenido que visionar en nuestras casas con lo que eso supone: déficit de atención, menor concentración, pantalla más pequeña… De hecho, creo que debería darle una segunda oportunidad porque la primera la vi tumbado en mi sofá y estuve a punto de quedarme dormido varias veces.

Por eso ‘El blues de Beale Street’ es para pantallón. Cada plano está pensado como los impresionistas concebían sus cuadros, estampas minuciosas y exquisitas para degustar de a poquitos, sin prisa, con las pestañas fijas y apuntando al Norte. Por eso, limitarla a un formato menor, aunque no va a aniquilar su magia, sí proporciona un recorrido mucho menor como experiencia.

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Como los melodramas de Douglas Sirk

La historia, una yuxtaposición de tiempos narrativos, es suave como la voz de Nina Simone, delicada como alas de mariposa, y se desliza como la prosa escrita por un calígrafo, sin que te des cuenta de que estás subido a una montaña rusa emocional. Sientes la piel joven y refulgente de los personajes, las miradas penetrantes de los enamorados, sus miedos, su dolor, su esperanza, su arrebato. Es una historia de amor como las de Douglas Sirk con una fotografía y una música atmosférica que irremediablemente me transportó a ‘In the Mood For Love’ de Wong Kar Wai. Por eso es idónea para un día como en el que estoy escribiendo, 14 de febrero. Y para otro cualquiera.

El estoicismo, una magnífica opción

El 14 de febrero es una fecha muy marcada en mi calendario no solo porque es el día de la celebración del amor, que no se me ocurre una excusa mejor, sino también porque fue el día de un cambio laboral radical que ha redundado en una vida mejor, más feliz, sana y en paz, igual que esa tranquilidad interior que emanan los protagonistas de ‘El blues de Beale Street’, que son la encarnación del estoicismo, no exento de espíritu de lucha, la mejor manera de encarar las puñaladas traperas del día a día y la injusticia sin caretas. Y las clara demostración de que las rejas físicas son siempre una menor barrera frente a nuestras metas que las mentales.


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