Lo que le debo a Lola Flores


No hay día que no encuentre ocasión para mencionar a Lola Flores por algo. En general repito alguna de sus frases como sentencias. O recreo alguna ocurrencia que se hizo viral antes de que existieran las redes sociales. Porque al igual que le ocurre a Madonna, que casi todo lo que hacen las cantantes ahora, ella ya lo había ideado décadas antes y sin adulterar por lo políticamente correcto, la Faraona fue pionera en tantas materias que es complicado que el molde se vuelva a romper.

Le debo muchas cosas a Lola, la más importante que ha hecho que mi vida sea más feliz. Y es algo que no puedo decir de mucha gente con la que he compartido miles de vivencias. Por desgracia, a la intérprete de ‘La Zarzamora’ solo la vi una vez y fue metida en su ataúd, envuelta en una mantilla blanca y descansando después de una titánica lucha contra la enfermedad que hasta a ella, que era invencible, se la llevó por delante.

Adiós a La Faraona

En aquel entonces estaba estudiando Periodismo y vivía en un Colegio Mayor, en el que se cenaba sobre las ocho, así que mi amigo Claudio y yo, tras engullir un filete empanado como perros ansiosos, enfilamos para el ahora teatro Fernán Gomez. Una cola inmensa daba la vuelta al edificio y tuvimos que esperar unas dos horas para ver durante unos segundos a una artista a la que seguimos venerando con igual intensidad. O más. Con ella moría una parte de mi infancia, en la que el torbellino de colores y las rancheras de Rocío Dúrcal ya me marcaban un camino, que ha tenido sus rosas con sus pertinentes espinas. Así que tenía que estar en ese adiós, que era mi última oportunidad de encontrarnos cara a cara.

En el caso de la que fue ‘más bonita que ninguna’ no pude hacer lo mismo, pero sigo guardando en mi corazón aquella tarde que pasamos charlando entre cervezas sobre sus obras y sus milagros (artísticos), que fueron muchos, en su chalet de Torrelodones. Pero esta es otra historia que otro día contaré, porque a Marieta también le debo un artículo en condiciones…

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Viva la Madre q me parió❤️❤️❤️❤️❤️❤️

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Los vídeos de Lola Flores

No soy dado a la nostalgia, un sentimiento que te desvía de lo que te queda por vivir, pero sí atesoro los recuerdos como esos antiguos álbumes de fotos en los que antes de la revolución digital tratábamos de mantener organizada nuestra biografía entre papeles de seda, que servían de pantalla para que el tiempo no erosionara tan deprisa esas instantáneas. De igual forma, no necesito recurrir a Youtube para recordar las actuaciones de Lola Flores en televisión, aunque sí lo suelo hacer porque verla es como un chute de endorfinas, te vienes arriba. Y cuando haces pop, ya no hay stop. Empiezas a ver vídeos y te pueden dar las cuatro de la mañana.

Ya no quedan casi artistas genuinos, que verbalicen evidencias como que el brillo de los ojos no se puede operar. Un fulgor que no se apaga, porque sus mariquitas, como se refirió a nosotros en una entrevista con Lauren Postigo, vamos a ella como las polillas a la luz. Aún así, sigo pensando que aún no se ha cumplido aquella delirante pero certera petición que hizo Rocío Jurado en una gala para honrar a la madre de Lolita, Rosario y Antonio Flores: “Yo no sé si esto servirá de algo, pero esto tiene que ser el comienzo de todo el homenaje que te tiene que dar España, porque España entera te debe la gloria del arte de España”.

[LEE MÁS: Lolita Flores, el triunfo de la verdad, su verdad]

Memoria histórica y afectiva

La mejor manera de rendir pleitesía a los que ya no están es recordarlos, hablar de ellos, pensar que harían si estuvieran en tu lugar, si te pudieran aconsejar. Los seres queridos no se van hasta que nosotros deseamos que así sea. La memoria es uno de los grandes dones que nos han concedido la evolución y la genética. Gracias a ella, Lola Flores no ha muerto y es esta capacidad la que nos hace más humanos, menos raros. Si atesoramos lo bueno y desechamos lo malo, eso sí.


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