Pedro Almodóvar: nos quedamos a tu vera


El viernes fui a ver ‘Dolor y gloria‘. No quise faltar a la única tradición que yo mismo he generado: ir a ver las películas de Pedro Almodóvar el día de su estreno. Otros van a ver al Cristo de Medinaceli o se visten de nazarenos en Semana Santa para purgar sus pecados. Yo soy de redimirme con el cine del hijo de doña Francisca Caballero. Aunque algunas veces me decepciona, siempre me deja algo dentro. Aunque sea exabruptos sin esputar porque a los genios siempre hay que pedirles más.

Fui solo. Casi como quien va a rezar ante la Pietá de Miguel Ángel. Con devoción y concentrado, porque sus películas son tan intensas y ricas en matices que deberíamos tener media docena de pares de ojos y otros tantos de oídos para que no se nos escape nada. Por eso dentro de unos días, cuando la haya dejado reposar, volveré para darle una nueva vuelta de tuerca.

Mi educación sentimental

Durante las casi dos horas de metraje estuve pegadísimo a la pantalla, mientras en mi interior se removían sentimientos de dolor y gloria. Nunca un título mejor elegido. Porque ante mis ojos pasaban momentos dichosos de mi propia biografía y culpas sin purgar por no haber sido mejor en ocasiones. Salí con la sensación de haber pasado por un confesionario, con las cuentas saldadas sin necesidad hacer penitencia.

Ver 'Dolor y gloria' es una experiencia religiosa, la demostración de que los genios como Pedro Almodóvar siempre vuelven.
Póster de ‘Dolor y Gloria’. (El deseo)

Cuando acabó con esa bellísima secuencia que vale por toda una película, no sabía muy bien lo que había visto ni cómo interpretarlo. Me sentía como después de haber leído una novela de José Saramago, páginas de celuloide intensas y enmarañadas, pero al mismo tiempo tan simples y tan básicas como las emociones. Cansado de tantos estímulos contrapuestos y dichoso por haber disfrutado de un puñetazo de vida y muerte. Porque a ambas nos remite la película de Pedro Almodóvar. A los momentos dichosos y luminosos en los que somos todo potencia y a las circunstancias en las que la realidad se impone al deseo. A nuestra voluntad de ser eternos y a nuestra incapacidad de sobrevivir al deterioro inexorable de nuestro cuerpo.

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Ni que decir tiene que salí reconciliado con Pedro Almodóvar, como creo que nos ha pasado a muchos. Le queremos como el primer día o más. Y nos quedamos a su vera, como canta Rosalía en esa neorrealista secuencia que a mi propia madre le recuerda a su infancia y que pone sobre la mesa cómo los pequeños goces de la vida se encuentran en las rutinas más insospechadas. Por eso y por mucho más hay que ver ‘Dolor y gloria’. Después nada será lo mismo.


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