Reconciliarse con la vida (y con uno mismo)


Ya he dejado de llorar por la muerte de mi perro. He levantado las persianas de Cantora. El luto se ha terminado. Porque ‘The Show Must Go On’. No me gusta la tristeza. Y una mente sana siempre tiene que tender a la alegría. O como mucho a una melancolía como una mariposa dando vueltas en el estómago, que te hace cosquillas, pero no te hiere. En realidad todo esto es más una declaración de intenciones que una realidad. Lo mismo acabo estas líneas y me da un berrinche, pero esperemos que no.

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Estoy en La Palma para asistir a Isla Bonita Love Festival, que es un evento LGTBI que culminará con un macroconcierto con Mónica Naranjo, Pablo López y Fangoria, entre otros, que se celebrará este sábado con el rumor del Atlántico apagado por el furor de las estrellas y la entrega de las miles de personas que desembarcarán en la isla en las próximas horas ávidos de ver, tal vez por primera vez, a sus ídolos en carne y hueso.

Escribo tumbado en mi historiada cama del hotel Hacienda de Abajo, en Tazacorte, y desde la ventana vislumbro entre visillos la espesa vegetación repleta de especies no autóctonas que se han ido aclimatando hasta convertirlo en un jardín de las delicias más suntuoso aún que hace dos años cuando vine a pasar unas vacaciones y casi me da un ‘pampurrio’ haciendo trekking. Pero esa es otra historia y los que me conocen saben que soy tan patoso que no quiero autoflagelarme.

La vida son aquellas pequeñas cosas de Serrat a las que no siempre presto atención, pero a las que acabo volviendo cuando viene una curva muy cerrada y peligrosa que hay que saber gestionar. Las emociones son la mayor bendición, pero también el reto más exigente porque tienen que irse adaptando a una realidad caprichosa y arbitraria, que lo mismo le da por otorgarte privilegios que por mandarte las diez plagas de Egipto.

Anoche cené unas arepas con una compañía inmejorable y estuvimos hablando de lo que ‘interesa Campos’, que no son los pactos del PSOE para intentar superar la investidura o los tejemanejes del CNI, ya que exceden mi capacidad de acción y hacen que germine en mí la semilla del diablo. En nuestra velada estuvimos departiendo sobre los ‘Chaneles’ que tiene María José Cantudo en su vestidor, sobre si Lady Gaga ha sido disruptiva para la música o no, de si Madonna está haciendo el ridículo con ‘Madame X’ o por el contrario es un manifiesto que canta (regular). Ya digo, cuestiones que hacen que las horas se te escapen entre los dedos y te hacen creer que un mundo mejor es posible y más sostenible anímicamente.

Dentro de un rato bajaré a desayunar bajo un sol que todavía no es abrasador y con decenas de lagartijas bajo mis pies que se escabullen entre las piedras cuando oyen el sonido de las chanclas, convertidas en el metrónomo de una mañana en la que no osaría decir una palabra más alta que la otra para no interrumpir el silencio de los demás huéspedes. Porque el silencio es como respirar. Solo lo echas de menos cuando no está.

Hoy siento que vuelvo a estar reconciliado conmigo mismo y también con la vida, porque no puedes nadar contracorriente ni enfrentarte a lo que no admite réplica. Así que lo mejor es «dejarse llevar, que el cuerpo no tiene la culpa de ná», como canta Martirio.