Rosalía se ríe de todos vosotros (y con razón)


El éxito molesta. Es así. Cuanto más arriba estás más piedras te tiran como se lanzaban claveles a las folclóricas en los programas de José Luis Moreno. Si eres Penélope Cruz o Javier Bardem, además, serás objeto de apelativos que frisan si no traspasan las fronteras del odio. Ahora le toca a Rosalía, que se ríe de todos vosotros. Y con razón.

Que no digo yo que la artista se pase las críticas por el arco del triunfo o que piense en sus detractores con desprecio, pero es un hecho contrastado que a algunos de vosotros se os hincha la vena como a María Patiño, cuando se exalta como si tuviera en sus manos en exclusiva el Watergate.

Una comparación desafortunada

He leído tantas estupideces a nivel principiante estos días en las redes que darían para un recopilatorio: que si es un producto de marketing, que si apropiación cultural, que si no canta, que necesita coreografías y bailarines como Janet Jackson. La mayor, por cierto, de un community manager que decía que Lola Flores era la Rosalía de los años 60. ¡Qué me estáis contando!

La tan traída y llevada cantante ha hecho algo que muchos de vosotros, los que la vilipendiáis, los que os da urticaria solo con verla, no habéis ni siquiera intentado: ha peleado por lo suyo. Lleva años formándose, trabajando en la sombra, diseñando su futuro. Mientras, otros de su generación estaban (y están) en los botellones castigándose el hígado y el cerebro, cazando Pokemons, inflándose a partidas en la Play hasta la tendinitis o a pastillas low cost.

La cultura del esfuerzo

Pese a que la clase política haya tirado por tierra la cultura del esfuerzo, sigo creyendo en ella. Y no considero que un ejemplo de esta actitud sea ir a ‘Operación triunfo’, formato contra el que no tengo nada, porque es un camino lícito, y asistir a clases televisadas para convertirte en artista en tres o cuatro meses. Porque eso se hace a fuego lento, a mano, es casi artesanal.

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Hablo de dedicarte horas, de dejarte las pestañas delante de las partituras, de reflexionar sobre lo que te traes entre manos, de caminar solo hacia la nada, porque son más los que se quedan en la cuneta que los que llegan si no a la cima al menos a la medianía de poder ganarse la vida con algo tan escurridizo como cantar.

Rosalía, con su estética chandalera, sus uñas como garfios, su coleta tirante y su voz aniñada no es solo un producto, que también. Todos lo somos, aunque seamos reponedores de supermercados, neurocirujanos o ferrallistas.

Estrella global

Las campañas de marketing llegan cuando la curva de la popularidad es ascendente, cuando se apuesta a caballo ganador. Así que si su disquera (adoro esta palabra) está pagando para que la anuncien en Times Square es porque creen que el retorno de la inversión va a ser infinitamente mayor. Nadie abre el monedero porque sí.

Así que desde aquí hago un llamamiento, como el que hacía días atrás, a propósito de Pepa Flores, a que la dejen en paz, que la dejen tranquila. Que la envidia no nos acompañe, que nos alegremos del bien ajeno y que dejemos que la música se fusione, como se lleva haciendo siglos.

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Ketama, Moncho, Camarón de la isla, El Pescaílla, Azúcar Moreno, La barbería del sur, Diego El Cigala, grandes artistas gitanos han metido en su coctelera todo tipo de géneros y nadie les ha acusado de apropiación cultural. Porque, como cantaba Alejandro Sanz, la música no se toca. Se siente. Es de todos y de nadie. La vida es mestiza.


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