Rosalía, todos nos quedamos contigo


Ayer estuve trabajando hasta las tres de la madrugada por la 33 edición de los Goya, que miraba por el rabillo del ojo mientras sacaba adelante la tarea que tenía encomendada. Por eso no pude disfrutar en todo su esplendor y como se merecía de la actuación de Rosalía hasta que llegué a casa y vi con detenimiento el vídeo en Twtter.

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La cantante fue, de lejos, lo mejor de una noche en la que se rindió homenaje a Chicho Ibáñez Serrador, gracias a quien viví los mejores momentos televisivos de mi infancia y adolescencia, y reapareció Amaia Romero, con una actuación muy por debajo de lo que hubiera esperado de ella. Quizás porque anoche la sombra de Rosalía fue demasiado alargada. La llama de su espectacular vestido rojo arrasó con todo lo demás.

Una película inolvidable

La cantante interpretó una versión hipnótica de ‘Me quedo contigo’, una delicada y al mismo tiempo muy arrebatada canción de Los Chunguitos que está muy ligada a mi memoria sentimental gracias a la película ‘Las noches salvajes’ del francés Cyril Collard, que fallecía en 1993 víctima del sida sin saber que iba a convertirse en el gran triunfador de los César ese año. Un reconocimiento póstumo que pareció una broma sarcástica como el billete de lotería premiado de Max Estrella en la obra ‘Luces de bohemia’ de Valle Inclán, que le hubiera evitado morir en la más extrema miseria.

Fui a ver ‘Las noches salvajes’ a una de las salas más emblemáticas del cine de autor de Madrid, al Alphaville, que ahora se llama Golem por aquello de la globalización., Allí fue donde se forjaron, al igual que en los Renoir, mi criterio cinematográfico y también muchos de los sueños que no acabé por cumplir. Eso sí, se me hicieron realidad otras cosas que ni me hubiera planteado, porque la vida es caprichosa como un gato con el lomo erizado. Me acompañaba mi amigo Claudio y ambos quedamos fascinados por el magnetismo de Cyril, un hombre fuerte, sensual y muy masculino, que para nada parecía herido de muerte. Ni afectado anímicamente por ser el protagonista de una historia tan autobiográfica. Para eso era actor y director.

Las palabras de Almodóvar

Solo la he visto una vez, aquella vez, porque no quiero que la realidad estropee el recuerdo. Como ayer dijo Almodóvar en la gala de los Goya, el tiempo suele ser muy cruel con el cine y muy pocas películas permanecen. Prefiero quedarme con la huella emocional que me dejó y de vez en cuando encontrarme al azar en algún cajón la cinta de cassette de la banda sonora, que me compré en Nimes cuando fui a visitar a un compañero de familia de acogida en los típicos cursos de verano en el Reino Unido para aprender inglés. Como es obvio, en aquel entonces ni teníamos Amazon ni llegaban a nuestro país ciertos discos o libros, que tenías que comprar en sus países de origen, lo que le daba un toque romántico a cada adquisición, que cuidabas como si fuera el capó de un Rolls Royce.

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El propio Cyril interpretaba algunas de las canciones, pero siempre me emocionaba al llegar a la de Los Chunguitos con la que ayer hizo magia Rosalía. Los que la acusan de absurdeces como la apropiación cultural o la definen como un producto de marketing deben de tener la sensibilidad atrofiada y la piel dormida. Los que no se emocionaron como yo, casi hasta las lágrimas. Casi, porque no es cuestión ponerse a llorar en tu puesto de trabajo.


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